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Caras y Caretas

           

Presidente Mujica, el guerrillero de las palabras

Ilustración: Gabriel Hernán Martínez

El gobierno de Pepe Mujica mejoró la economía uruguaya, bajó la pobreza y casi eliminó la indigencia a la vez que se mostraba como un presidente austero.

Expresidente, exguerrillero tupamaro, preso político durante la dictadura militar y senador tras el retorno democrático, José “Pepe” Mujica encarnó un arco singular de la historia uruguaya: de la lucha revolucionaria al reencuentro con la democracia. Pero también representó una figura propia dentro del giro a la izquierda que vivió América latina a comienzos del siglo XXI, con un estilo personal distintivo y un discurso tan directo como incómodo a la hora de cantar sus verdades.

Su figura alcanzó notoriedad global por intervenciones de fuerte contenido ético y filosófico, como en la Cumbre de Río+20 o la Asamblea General de la ONU, donde criticó duramente el modelo de consumo y defendió la vida sencilla como una forma de libertad. Pero también ponderó el cuidado ambiental en sintonía con la mirada de otros líderes de su tiempo, como el papa Francisco con su “casa común”, dando lugar a una voz creciente pero huérfana de instituciones en las nuevas generaciones.

Mujica atribuía al sistema político y económico una cuota importante de responsabilidad en las crisis ambientales, más allá de la degradación de los ecosistemas: “La gran crisis no es ecológica, es política. Tenemos que darnos cuenta de que la crisis del agua y de la agresión al medio ambiente no es la causa. La causa es el modelo de civilización que hemos montado. Y lo que tenemos que revisar es nuestra forma de vivir”.

Como advirtió el politólogo Camilo López Burian, al describir su modo de conexión directa con la ciudadanía por encima de las estructuras partidarias tradicionales, “el liderazgo de Mujica tiene un costado antipolítico”. Un perfil que construyó de la mano de su ejemplo y también la acción.

Le tocó suceder a Tabaré Vázquez, el primer presidente de izquierda en la historia del país, en tiempos de reacomodamientos regionales. Pero si el contexto suele marcar los márgenes de acción, Mujica desbordó esos límites con reformas sociales de alto impacto y una narrativa que lo consolidó como símbolo de honestidad, sobriedad y coherencia.

“Pepe fue un guerrillero de las palabras, que trató de poner en evidencia situaciones muy embromadas de nuestro país, de la región y del mundo”, resume el senador del MPP Daniel Caggiani, referente de la renovación del Frente Amplio, en diálogo con Caras y Caretas. “Se convirtió también en un símbolo de la lucha por consagrar a la política como herramienta de transformación profunda de la sociedad”.

Desde el inicio de su presidencia (2010-2015), Mujica rompió con las convenciones del poder. Rechazó la residencia presidencial de Suárez y Reyes y optó por no alejarse de su modesta chacra en Rincón del Cerro, junto a su esposa, la entonces senadora Lucía Topolansky, y sus perros. Donaba cerca del 90% de su salario y evitaba protocolos innecesarios. Ese modo de vida contribuyó a construir la imagen de un dirigente austero, honesto y próximo a los sectores populares.

Pero más allá de su simbología, su presidencia fue escenario de transformaciones estructurales. Gobernó en un contexto económico favorable, con crecimiento sostenido y baja inflación, herencia del primer mandato de Vázquez. Su administración combinó continuidad macroeconómica con audacia política y social.

Durante su quinquenio, Uruguay avanzó en la legalización del aborto, mediante una ley que permite la interrupción voluntaria del embara-zo hasta la semana 12. Aunque Mujica era personalmente contrario a esta práctica sanitaria, defendió la importancia de legislar para reducir los riesgos relacionados a la salud y evitar la criminalización de las mujeres.

En 2013 se aprobó el matrimonio igualitario, que equiparó derechos entre parejas del mismo sexo y heterosexuales. Y también una de las medidas más innovadoras de su mandato: la regulación estatal del mercado de cannabis. Por primera vez, un país legalizaba de forma integral la producción, distribución y consumo de marihuana bajo control público, en un giro desde el paradigma punitivo hacia un enfoque sanitarista.

Aunque su implementación fue gradual y enfrentó resistencias, convirtió a Uruguay en referencia global.

LUCES Y SOMBRAS

La educación fue uno de los frentes más desafiantes. Pese al aumento de la inversión pública y la continuidad del Plan Ceibal –que distribuyó computadoras en escuelas y liceos–, no se logró una reforma estructural del sistema educativo. Hubo intentos de modificar la gobernanza y la formación docente, pero las resistencias gremiales y la falta de consensos impidieron avances sustantivos.

Si bien se mejoraron indicadores de acceso y permanencia, impulsados por la reducción de la pobreza y la vulnerabilidad social, persistieron desigualdades educativas y bajos niveles de aprendizaje, reflejo de problemas estructurales más profundos. Mujica señaló en múltiples discursos que la educación seguía siendo una gran deuda nacional.

La seguridad también fue un punto crítico. Durante su mandato, la percepción de inseguridad se mantuvo alta y los delitos violentos –en especial robos y homicidios– mostraron aumentos preocupantes. El gobierno reconoció falencias estructurales en el sistema penal y carcelario, e impulsó la construcción de nuevos centros de reclusión y medidas de reinserción. Sin embargo, los resultados fueron limitados y el tema continuó dominando la agenda pública.

En lo económico, el gobierno de Mujica mantuvo la disciplina fiscal, estimuló la inversión extranjera, consolidó la estabilidad monetaria y fortaleció el mercado interno. Aunque hacia el final de su mandato el crecimiento se desaceleró por el contexto regional, logró reducir la pobreza del 18% al 11% y la indigencia a niveles inferiores al 1%, según datos oficiales.

Se promovió además la diversificación productiva, con incentivos a sectores como la forestación, la energía eólica y la tecnología. Al mismo tiempo, se intensificaron los vínculos comerciales con China y Asia, sin descuidar la alianza estratégica con Brasil y Argentina. Con Cristina Kirchner le tocó cerrar uno de los episodios más tensos en las dos orillas del Río de la Plata, a raíz de la instalación de las papeleras.

En política exterior, Mujica impulsó una estrategia de integración regional y apertura multilateral, con protagonismo en espacios como Unasur y Celac, pero también con mirada crítica sobre las rigideces del Mercosur. Acorde a los investigadores Gerardo Caetano, Carlos Luján y López Burian, “la política exterior de Mujica conjugó integración regional con apertura al mundo, especialmente hacia los BRICS”.

UN LEGADO VIVO

Según Ernesto Tulbovitz, autor del libro Una oveja negra al poder –de próxima reedición ampliada en Argentina–, hay dos promesas que definen el legado de Mujica como líder del Frente Amplio. De algún modo se vinculan entre sí, describe desde el otro lado del charco en diálogo con Caras y Caretas. La primera fue la construcción de una nueva generación de dirigentes: “Pepe decía que un buen dirigente
es aquel que deja una barra preparada que lo supere. Esa barra existe, con Yamandú Orsi en la presidencia y Alejandro Sánchez secretario general y principal referente del MPP, el sector más grande del Frente Amplio, incluso por encima del histórico Partido Colorado en número de bancas”. La segunda promesa fue la profecía sobre su propio final. “Mujica anticipó que el último acto político que iba a protagonizar era su muerte, y así fue”, cuenta Tulbovitz desde Montevideo.

Su despedida, que reunió a referentes de dos generaciones de líderes de la izquierda latinoamericana, marcó un cierre simbólico de época, pero también abrió la puerta a un legado de ideas que trascienden su tiempo y perfilan el futuro de Uruguay más allá de las utopías y la amenaza de la nueva derecha que se cierne sobre América latina.

Escrito por
Mariano Beldyk
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