• Buscar

Caras y Caretas

           

Los changos del Pepe

En diciembre de 2008, Mujica vino a la Argentina a hacer campaña entre los cien mil uruguayos que residían en el país. El autor pudo entrevistarlo y dar cuenta de ese momento inicial en su carrera electoral.

La primera sorpresa en la pequeña rueda de prensa fue que comenzara con un mea culpa.

Eran las 9 de la mañana de un sábado de diciembre de 2008 y José “Pepe” Mujica comenzaba oficialmente su campaña en la Argentina para ser electo presidente de Uruguay. En cuanto comenzamos a conversar explicó que debió hacer algo más para evitar el conflicto político que atravesaba su país y el propio Frente Amplio en su interior. El presidente Tabaré Vázquez, el primero de izquierda luego de un siglo de hegemonía de blancos y colorados, acababa de vetar la legalización del aborto. Su posición se conocía desde hacía años y los legisladores de su propio partido habían forzado ese veto. “Como legislador más viejo tendría que haber evitado exponer a nuestro presidente a pagar el costo político. Entiendo lo que significa para las compañeras que tanto lucharon para llegar a la aprobación, pero no era el momento. Siento que no fui capaz de evitar el conflicto al interior de nuestro frente.”

Cara a cara alrededor de una mesa, Mujica hablaba sobre el hecho que por esos días era central en la política uruguaya. Tras manifestar la sensación de haber sido traicionado, Vázquez renunció a su afiliación al Partido Socialista, que había impulsado el proyecto aun conociendo su oposición al aborto. La tensión política llevó la popularidad de Vázquez, y del propio Frente Amplio, a los niveles más bajos de los últimos diez años. A pesar de eso, Uruguay fue el primer país de la región en contar con el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo, pues en 2012, ya bajo el mandato de Mujica, se promulgó la Ley 18.987.

Cien mil uruguayos, el 3 tres por ciento de la población del país, vivían en nuestro país. El 70 por ciento de ellos en la provincia de Buenos Aires. En un sábado extremadamente caluroso, la primera actividad de campaña fue una conferencia de prensa convocada en Villa Domínico, partido de Avellaneda. Apenas un puñado de periodistas participamos de ese encuentro en la sede de la Universidad Tecnológica Nacional. Un año después sería el presidente electo de Uruguay y ahora, cuando acababa de pedir tranquilidad para transitar su último tiempo, era casi un rockstar.

La elección del punto de partida de las recorridas bonaerenses, como parte de su camino hacia la presidencia de Uruguay, tenía dos motivos: primero, el 10 por ciento de los uruguayos en la Argentina residían en Avellaneda y sus partidos aledaños, y segundo, en la radio de la UTN de Avellaneda, los sábados por la mañana se emitía uno de los programas más escuchados por la población oriental. En esa radio era columnista de temas internacionales, por lo que luego de la rueda de prensa fui invitado a sumarme a la entrevista de dos horas que salió al aire en vivo.

El estudio del segundo piso de la sede universitaria fue el más hermoso en el que me tocó trabajar. Espacioso y con un generoso ventanal que se abría a varias hectáreas verdes y arboladas. El productor me ubicó entre el jefe de prensa del candidato y el propio Mujica, que estaba a mi derecha. Así no solo compartí el mate cebado por el futuro presidente, sino que pude apreciar cada uno de sus gestos, sus ojos claros de mirada acuosa, la textura de su piel, ajada después de los años que había vivido en un pozo húmedo y casi sin luz en las catacumbas de la dictadura.

OTRO PUNTO DE VISTA

Mientras escuchaba el recorrido por un anecdotario de los militantes uruguayos que conducían el programa, me dediqué a observar a Mujica. De su vestimenta me llamó la atención la sencillez de unos mocasines bastante gastados, sin medias, y un leve pantalón gris de vestir, levantado casi hasta las rodillas, como hacía mi padre cuando ponía los pies en una palangana de agua con sal para calmar dolores.

Mujica hablaba francamente. Bajaba la mirada unos instantes para pensar las respuestas y luego la levantaba para mirar a los ojos al interlocutor, contestando con el gesto calmo y pausado de quien dice lo que piensa y sabe que la respuesta es precisa, e incluso categórica.

La sede de la UTN marcaba entonces una frontera entre una zona en la que Avellaneda estiraba su centro urbano y un conurbano de humildes casas bajas, donde muchos peleaban por recuperarse después del desastre social de comienzos del siglo.

Mientras conversábamos en el estudio, en el pla- yón de estacionamiento se instalaba la combi que llevaría a Mujica junto a decenas de autos que conformarían la caravana de frenteamplistas.

A mi turno le pregunté cuál fue el principal problema que enfrentó el Frente Amplio al asumir por primera vez el gobierno. Me miró, cebó el mate, me lo entregó, y la pausa para la respuesta se hizo más larga que en otros casos. Si bien había sido ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, no eligió cuestiones de la gestión cotidiana o de las tensiones políticas con el ejército o los actores económicos. “El principal problema fue que tuvimos que llevar a la mayoría de militantes para ocupar cargos en el Estado; se necesitaba mucha gente. Eso los sacó de nuestros locales y nos perdimos el estar todos los días cerca de nuestros vecinos, pudiendo escucharlos y explicarles hacia dónde íbamos y por qué”. El FA había llegado a ganar los gobiernos municipales y luego la presidencia gracias a una fuerte política territorial, con mucha participación en la vida comunitaria. El ejercicio del poder había interrumpido gran parte de esa dinámica de construcción política.

EL CONTEXTO LATINOAMERICANO

En diciembre de 2008, además de Tabaré Vázquez en Uruguay, en la Argentina gobernaba Cristina Fernández; en Brasil, Lula da Silva; en Chile, Ricardo Lagos; en Bolivia, Evo Morales; en Ecuador, Rafael Correa; y en Venezuela, Hugo Chávez. El proceso de integración regional atravesaba su momento más potente. Ese año se firmó el tratado constitutivo de la Unasur, que se conformaría en 2011. Para Mujica la cuestión se trataba de no firmar acuerdos basados en lo comercial, como el que originó al Mercosur. “Tenemos que dejar de hacer acuerdos puramente fenicios. Si no se integra la inteligencia no se integra nada”, sentenció. Mientras un producto comercial era nacional para cualquiera de los países, un médico estaba años esperando para ejercer su conocimiento en cualquiera de ellos.

    Luego del mediodía, cuando el aire acondicionado casi no daba abasto para someter al calor extremo del exterior y el mate estaba terminado, el encargado de prensa me pasó una pequeña petaca, que luego de beber le pasé al Pepe. Del mate pasamos a un whisky ciertamente rasposo, como los que suelen tomarse en los bares de cientos de pueblos en Uruguay, sellando entre los tres un gesto de íntima camaradería.

    Mujica encontró la forma de concluir con esas horas de conversación y dejó en claro que, más que las medidas de gobierno, importa la convicción política como guía para la acción. “El mejor político no es necesariamente el que hace las mejores cosas. El mejor político es el que deja una banda de changos que entran a la política por lo que uno entró cuando era un chango.”

    José Mujica tuvo siempre en claro que la tarea política es sembrar, como hacía cada día en su chacra. Subido a su tractor pudo ver a una nueva generación de militantes asumiendo el poder: Yamandú Orsi es desde el 1 de marzo el presidente de Uruguay. Uno de sus tantos changos a los que hoy le toca seguir los pasos del Pepe.

    Escrito por
    Daniel Cholakian
    Ver todos los artículos
    Escrito por Daniel Cholakian

    Descubre más desde Caras y Caretas

    Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

    Seguir leyendo