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Caras y Caretas

           

El héroe colectivo y el animal político

La exitosa adaptación de El Eternatura que, con dirección de Bruno Stagnaro estrenó Netflix, pone en primer plano la centralidad del bien común en momentos de crisis. Una reflexión desde la filosofía.

Concidendia divina, si existe tal cosa como “lo divino” fue que pocos días después de la muerte del papa Francisco se estrenara en Netflix la serie argentina El Eternauta, basada en la histórica y genial novela gráfica de Germán Oesterheld ilustrada por Francisco Solano López, de finales de la década de 1950. La coincidencia radica en el hecho de que la serie se estuvo promoviendo con la misma frase que popularizó el antiguo y ya sucedido Papa en una de sus encíclicas y luego repitieron dirigentes y políticos, sobre todo de la Argentina, pero también de otras latitudes: “Nadie se salva solo”.

Pero, ¿por qué nadie se salva solo? En El Eternauta hay un protagonista, es cierto, Juan Salvo (interpretado en la serie por Ricardo Darín), pero no es el héroe, o al menos no es “el único héroe en ese lío”. Salvo es uno de tantos héroes que en forma mancomunada se reúnen para dejar de lado sus diferencias, no solo personales, sino políticas, sociales, de enfoque de toda naturaleza, y sumar desde lo que en definitiva los reúne: el enemigo en común. No los une el amor, sino el espanto, diría Borges, y ese espanto viene materializado por la nevada mortal, primero, que aísla, debilita el ánimo y siembra incertidumbre y terror, los gigantes cascarudos (“bichos”, los llaman en la serie), que arrasan con todo a su paso, el ejército “traidor” de amigos y conocidos que por razones que aún no se explican se pasan al bando enemigo, y los enigmáticos “manos”, de los que en esta temporada de seis capítulos apenas vemos un esbozo, que nos deja a la espera de una nueva ya confirmada.

El Eternauta representa al “héroe colectivo”. Y eso que hoy suena a cliché y forma parte desde hace décadas de discursos varios, fue expresado por el propio Oesterheld a partir de –y en– su propia obra. Es decir, salió del cuño del mismo autor. Y así lo reflejan las geniales viñetas de tinta negra que ilustran originalmente la historieta, muy bien recreadas en la serie, acaso con un despliegue técnico nunca antes visto en una producción argentina. Ahora desde la pantalla vemos la transformación de lo individual a lo grupal en el interés de personajes como Omar, un resentido y ventajero pasajero ocasional que rápidamente descubre que la situación le exige un cambio de estructura mental. En el ingeniero Favalli, que entiende que sus saberes solo son útiles al servicio de la causa común. En el propio Salvo, que se ve obligado a enfrentarse a su interés personal de rescatar a su hija o seguir en la dirección del grupo (donde circunstancialmente gana lo personal), y luego combatirá mano a mano con militares que hablan en tono marcial, aunque ello le devuelva en parte el trauma de haber combatido en Malvinas, otra muy buena adaptación de la obra a los tiempos actuales.

El bien común

El mensaje es claro. El ser humano buscará siempre adaptarse a la convivencia por el bien común, que es el bien propio en sintonía y conjunción con cada uno de los otros. Rousseau lo llamaba “volundad popular”. Cuando la situación es límite, el ser humano redescubre su naturaleza. Comprende que está en ella sociabilizar y hacer causa común, porque solo así podrá llevar adelante cualquier empresa y prosperar, o al menos intentarlo. Y en la dificultad mucho más. Es el ser social que Aristóteles definió como lo que se tradujo como el “animal político”, expresión aún más gastada que la de nadie se salva solo.

El politikón zoon que Aristóteles menciona en sus obras Política y Ética a Nicómaco, describe al “hombre” (ánthropos comprende a la especie, lo cual indicaría hombre y mujer, aunque esto aun se discute) como un ser destinado a vivir en sociedad. “El hombre es, por naturaleza, un animal político”, dice Aristóteles, y con ello se ha pretendido atribuir al ser humano una condición innata de hacer y participar en política en los términos modernos, como si una naturaleza “animal” lo impulsara a ser una persona de acción política más allá de sus intenciones, cultura, formación, experiencias, etcétera. 

Germán Oesterheld, auto de El Eternauta.

En la Argentina es habitual. Hace poco alguien dijo de alguien en una entrevista que era un “animal político” y que por eso debía presentar una candidatura. La cuestión primera es analizar brevemente desde el punto de vista lingüístico, histórico y filosófico si lo de Aristóteles está más cerca de El Eternauta que de la rosca conurbana. En principio, la palabra politikón es un adjetivo que deriva de un sustantivo, polis, como si dijéramos “ciudad” y “ciudadano”. Solo que polis no es exactamente o solamente “ciudad”. Las polis de la Grecia clásica nacieron como ciudades-Estado, con una forma de gobierno, de constitución y organización específica, con una historia de relaciones y evolución propias de una nación soberana, con la particularidad de contar con la participación activa de los ciudadanos (polítes) en los asuntos públicos. Con lo cual, el ser relativo a la polis, el politikón, era estar vinculado a aquellas características. Y como para Aristóteles la ciudad (polis) también existe por naturaleza, ya que la comunidad organizada comienza con la familia, el hombre es también por naturaleza un ser destinado a adaptarse a esa comunidad, a vivir conforme a ella, a depender de ella y ser parte activa, le guste o no, pero consciente de su condición. El ser viviente que no es politikón no es humano, está por encima o por debajo del hombre: es animal o dios.

Aquí corresponde aclarar que la palabra zoon más que animal significa “ser vivo” en toda su extensión. Por lo que el animal político aristotélico no es tanto el ser impulsivo y sanguíneo de la rosca cuasi irracional subterránea, sino un ser vivo que por condición propia está signado a vivir en sociedad, que cuando no está matando o intentando destruir al prójimo, aventajarse, poseer bienes ajenos, explotar o pisotear al otro, comprende que la vida en sociedad y el proyecto común constituyen una parte sustancial de la condición humana. Como nos muestra El Eternauta

Escrito por
Boyanovsky Bazán
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