El porvenir así como el pasado es común en el aparato pigliano: siempre existe un mañana pero no muy claro, casi siempre es un futuro gris, una incertidumbre continua. Tal vez se deba a la influencia que tuvo Piglia de Philip D. Dick o Ray Bradbury, autores de ciencia ficción. El escritor argentino en su literatura veía en la narración una actividad política de poder que puede transformar a la sociedad para bien o para mal, en la incertidumbre es donde crece la ficción pigliana y la distopía encaja perfecto en esa forma planificada por el autor.
En La ciudad ausente (LCA) lo distópico está presente. El personaje de Junior recibe la llamada de una extraña mujer. Entonces arranca el deambular del periodista del diario El Mundo; el protagonista asocia y compara durante la investigación sobre la máquina. Ahí este tópico surge no solo por el lenguaje sino por las representaciones de personajes de Junior, de paisajes o de figuras que vienen de la imaginación y de esa idea central de Piglia de construir una sociedad en base a narraciones enfrentadas y a la circulación clandestina de esos relatos en esa urbe.
Se podría decir que esta novela de Piglia es un mecanismo de posibles formas de contar una historia, un río narrativo que muestra varios mundos posibles ya que cada personaje que también podría ser tomado como un elenco de esta ciudad particular, todos ellos y ellas tienen su propia versión de los hechos y es ahí donde ingresan los conceptos de lo distópico o utópico, a través de ese tipo de vigilancia orwelliana.
¿Qué pasaría si X o Y?
En su artículo “La narración alivia la pesadilla de la historia. La ciudad ausente de Ricardo Piglia y la periferia de la distopía”, el ensayista colombiano Efrén Giraldo explica: “Con la distopía, se vuelve sociológica la famosa pregunta asociada a la ciencia ficción: ‘¿Qué pasaría si X o Y?'”.
Después de visitar el Museo, Junior ingresaba y salía de los relatos, estaba procesando la información. Ese deambular del protagonista de LCA es el procedimiento de la novela de Piglia, cruzar géneros y tiempos, la realidad con la ficción, el pasado con el futuro. La intención del autor es que Junior se encuentre siempre en una especie de laberinto y descifre el secreto de la máquina para cuestionar al aparato del Estado: “Era difícil creer lo que estaba viendo, pero encontraba los efectos de la realidad. Parecía una red, como el mapa del subte. Viajó de un lado, cruzando las historias y se movió en varios registros a la vez”.
El investigador uruguayo Sebastián Moreno Barraneche, en su ensayo “La construcción de futuros plausibles en la literatura distópica: una aproximación teórica desde la semiótica social y de la cultura”, explica que la literatura distópica está constituida por la producción cultural de una sociedad determinada –películas, textos literarios, obras de teatro, series de televisión, canciones– y que la intención de una novela o ficción distópica gracias a esa estructura de productos culturales tiende a la crítica sociopolítica y a una narrativa de la anticipación.
Efrén Giraldo también destaca que en la novela de Piglia se encuentra la imaginación distópica de dos productos literarios –la literatura y el cine– para reflejar la relación entre poder y ficción. Tal vez se refiera a un imaginario popular que casi siempre, sobre todo en América latina, está alejado del imaginario del poder estatal: “La ciudad ausente elabora motivos de la narrativa de anticipación, no porque presente desarrollos tecnológicos innovadores –los artefactos se limitan a unos autómatas y a una máquina en la que está confinado un mecanismo que narra–, sino por el tipo de estructura social que fabula”.
En el capítulo “Pájaros mecánicos”, Junior se encuentra con la mujer que lo llamaba que ya estaba rehabilitada y se llamaba Julia. Esa mujer le comenta que la máquina incorporaba materiales de la realidad y sobre el Ingeniero (Russo), que era un tipo inteligente y que vivía en una fortaleza subterránea, que no dormía y que solo vivía para sus experimentos: “Junior quería saber qué eran los experimentos. –Verbales –dijo ella–. Pruebas con relatos de vida, versiones y documentos que le lleva la gente para que él los lea y los estudie”.
El inventor de la máquina
Entonces Junior, cuando se cuestiona quién fue el Ingeniero o Russo (Ritcher, él que estafó a Perón), se da cuenta de que era el inventor de la máquina, el que hizo visible lo invisible; había encontrado el origen del mito, y ese artefacto era capaz de transformar lo real por lo posible. Entonces se prepara para visitar la estancia en Monte Grande, donde había residido el Ingeniero; revisa una vez más toda la serie de relatos que produjo la máquina desde el principio con el relato de Stephen Stevensen: “Investigar lo que se repetía. Fabrica réplicas microscópicas, dobles virtuales, William Wilson, Stephen Stevensen. Era otra vez el punto de partida, un anillo en el centro del relato. El Museo era circular, como el tiempo en la llanura”.
En LCA los conceptos ficción y simulacro de la realidad van de la mano, por no decir que se cruzan para edificar un cosmos virtual. Se podría decir que esa Buenos Aires distópica o imaginada por Piglia es un tipo de red, como la internet actual: un relato lleva a otro, un personaje narra una historia del pasado que afecta el hoy y tienen consecuencias futuras, es un caos ordenado que reina; sí, es paradójico, pero para la historia de esa ciudad de la novela encaja perfectamente porque todo fue generado por una máquina. Por ejemplo, Junior habla con esa mujer que le cuenta sobre el aparato reproductor de relatos; el investigador sigue las pistas que le brinda y se encuentra con otros personajes, como Fuyita, que le cuenta de nuevo y a su manera las historias de la máquina y sus relatos, pero al mismo tiempo la novela pigliana se desplaza por otros personajes con idea fija, como Elena Obieta, Macedonio, Russo, Nolan, Lazlo Malamud, La nena, la suicida del hotel, el gaucho invisible, entre otros, que están incrustados en la peripecia principal del protagonista Junior.

En su ensayo “De la ciudad ausente a la ciudad virtual. Una indagación sobre La ciudad ausente, de Ricardo Piglia”, Roberto Durán Martínez define esa urbe: “Esta ciudad distópica representa un mundo irreal y fantasmal donde sus ciudadanos parecen vivir en ‘mundos paralelos’, totalmente desconectados de la realidad y aislados de los demás. Situado en una red virtual de historias infinitas que configura la ciudad misma, cada habitante intenta vivir su propio simulacro, una ficción desarrollada por la maquinaria del poder o un relato liberador creado por la máquina de Macedonio”.
El personaje Russo que construye Piglia es una alegoría de un perseguido político, o de un científico o filósofo incomprendido. Russo, ese ingeniero húngaro coleccionista de autómatas que había trabajado con el pintor y artista plástico húngaro Moholy-Nagy (1895-1946), vivió en un pueblo de Bolívar y trabajó en el Tiro Federal de la región. Este personaje ayudó a Piglia a ir al mito de origen de su trama, o sea, de la máquina, y qué mejor que un científico especialista en autómatas o un filósofo obcecado por el lenguaje, parecido a Ludwig Wittgenstein (1889-1951), que en una época se dedicó a ser jardinero: “Le dieron trabajo en el Tiro Federal y residió ahí en una piecita al fondo, cerca de la batea donde se cocina el engrudo para empapelar los blancos; cortaba el pasto y abría los fines de semana cuando los imbéciles iban a hacer puntería”.
El Dr. Ríos, que había sido campeón de tiro en Helsinki y conoce a Russo, un buen día lleva al ingeniero al museo pampeano de ese pueblo y aparece Carola Lugo, personaje fundamental para conocer al inventor de la máquina y la relación con Macedonio Fernández: “Macedonio vino a esta casa huyendo del dolor que le produjo la pérdida de su mujer. Elena murió y Macedonio abandonó todo y se encontró con Russo y pasó un tiempo aquí. Russo tenía muchas dificultades con el idioma y su ilusión era volver a Europa. Macedonio era el único que lo entendía y hablaba con él”.
Carola en LCA explica que Russo era una especie de animal exótico en esas regiones, como un bicho raro: “Uno puede imaginarse al paisano, que nunca ha visto una ballena en su vida, que llega a caballo hasta el borde del mar y encuentra esa mole tirada en la arena, y piensa que es un pez del infierno”.
Después de escuchar la historia de Macedonio sobre Elena, Russo quiso construir, a partir de los recuerdos del escritor, una ilusión a la altura para que el pasado perdure y la historia o las historias se repitan una y otra vez; porque la máquina sería la eterna, “el río del relato, la voz interminable que mantenía vivo el recuerdo”.
