¿Cómo es el ADN argentino? ¿Qué hechos, voces y procesos de nuestras raíces quedan por revelarse? El escritor, historiador y psicoanalista Pacho O’Donnell encaró el desafío, justamente, en su nuevo libro, El ADN argentino. Las raíces de nuestra identidad nacional. La historia que no nos contaron (Sudamericana), fiel a su mirada revisionista más allá del relato oficial. Es un volumen de 414 páginas con hechos poco recordados, y otros dilucidados, desde la invasión de América, la colonia, la revolución independentista, las guerras entre unitarios y federales hasta la batalla de Caseros: las partes omitidas de nuestra historia.
¿Cómo lo ve Pacho O’Donnell? ¿Cuál es la idea fuerza que recorre El ADN argentino? “Que solamente nos podemos pensar a partir de una historia verdadera”, le responde a Caras y Caretas. Porque “el relato que conocemos fue escrito al final de las guerras civiles, y, como siempre pasa, los vencedores escriben una historia propicia para sus intereses y propósitos”. Hace mucho tiempo que una serie de pensadores nacionales, “de los cuales me considero discípulo, se propusieron cuestionar y revisar la historia desde la visión del pueblo, no de la élite. Es un enfoque federal e iberoamericano, porque pone a la Argentina en un destino común con el resto de los países de Latinoamérica”.

Dice Pacho O’Donnell, a los 83 años, que la historia oficial “está contaminada del liberalismo extranjerizante de quienes la escribieron. Esta dependencia de intereses ajenos floreció y echó raíces profundas en nuestra identidad. No solo en la percepción que tiene de sí misma la dirigencia política y económica, que es su principal beneficiaria, sino también en la cultura de nuestra sociedad”. Y sabe que “cuando se desarma algún principio de la historia liberal, la reacción suele ser muy fuerte. Eso confirma que la historia es un fundamento ideológico muy importante”.
Las y los relegados de la historia
En El ADN argentino, a la vez que O’Donnell repasa los procesos económicos e históricos que fundamentaron el saqueo de los pueblos americanos a manos de los diversos imperios, rescata a figuras olvidadas y reivindica la labor, de la colonia en adelante, “de las mujeres, los sectores populares, los cabecitas negras, los afrodescendientes y los pueblos originarios. Es un proceso lento y aún incompleto: hay que iluminar su participación real en nuestro pasado”.
¿Qué significación les da a todos ellos, antes y después de las guerras civiles y fratricidas? Responde O’Donnell: “Es necesaria la reinstalación en la historia de aquellos sectores que fueron inicialmente excluidos. Últimamente la historia oficial ha ido incorporándolos, aunque de mala gana, pero siempre desde una perspectiva ideológica”. ¿Por qué el rol de las mujeres? “En la escuela nos enseñaban que ellas habían tenido un rol muy pasivo durante la guerra de independencia: que bordaban banderas o prestaban el piano para que alguien tocara un himno. En 1995 escribí la biografía de Juana Azurduy y pude descubrir que hubo muchas como ella: muchas mujeres se comprometieron con la guerra independentista con armas, peleando al lado de los hombres.”

Los sectores populares son otro actor muy postergado, según O’Donnell, por la historia oficial, que no analiza los procesos en términos de lucha de clases, sino de hombres ilustres y de élites que motorizaron la independencia: “Es como si la historia transcurriera solamente en función de los grandes hombres, entre comillas. Como si un día se hubieran despertado Moreno, Belgrano, Paso y Castelli; se juntaron en la jabonería de Vieytes y decidieron destituir al virrey español. Eso es lo que nos contaron”.
La independencia, que fue apoyada por Inglaterra, por intereses económicos, “fue un proceso mucho más complejo –prosigue O’Donnell–. Y no hubiera sido posible sin una activa participación de la chusma del pueblo en acciones concretas, con ‘los infernales’ que conducían French y Beruti. Sin su rol no se entiende el 25 de mayo de 1810”. Por eso es que “en todos los temas de nuestra revolución americana la participación popular fue siempre muy importante”.
O’Donnell también registra en El ADN argentino cómo líderes liberales como Bernardino Rivadavia o Manuel del Carril se negaron, durante la primera guerra con los federales del interior, a negociar con esos caudillos populares. “Es una grieta entre los que mandan y los que tienen que obedecer –señala–; una división entre los interesados en el rol portuario porteño para la extracción de las materias primas y los defensores de las economías del interior”. Para el historiador, “Rivadavia y Del Carril representan el poder, y los caudillos son la reacción de los sectores populares provinciales contra el despotismo de la élite porteña”.
Buenos Aires y el 25 de mayo
El escritor e historiador, que fue secretario de Cultura de la Nación entre 1993 y 1997, durante la presidencia de Carlos Menem, desmenuza los procesos económicos y sociales por los cuales Buenos Aires se erigió como un puerto de contrabando, en tensión con los intereses de las distintas potencias imperiales por dominarlo. “Buenos Aires fue en su principio un puerto clandestino fundado para el contrabando de la plata potosina. De Potosí a Buenos Aires la vía era más directa y más redituable que por Lima, con salida al Pacífico. También nuestra ciudad fue un mercado esclavista muy importante. Tal es así que, luego de alguna de las guerras, Inglaterra reclamó el derecho de la administración de los mercados esclavistas americanos, con una especial atención a Buenos Aires. No hay que olvidarlo.”
En el libro, O’Donnell reconstruye los hechos previos y los distintos actores que confluyeron en el 25 de mayo de 1810. Y da cuenta de cómo los miembros de la Primera Junta, con intereses económicos y políticos contrapuestos, lidiaron con conspiraciones y con voces disímiles en las ciudades pujantes del interior. ¿Cuál sería el sentido de la independencia? ¿Quiénes la legitimarían? ¿Qué rol jugó Gran Bretaña? ¿Cómo se comportaron los que no tenían voz ni voto en el Cabildo porteño? ¿Cómo actuaron las milicias populares? Todo ello está en El ADN argentino.
Para O’Donnell, “Cornelio Saavedra es un tipo injustamente tratado en nuestra historia. Se sobrepone siempre la figura de Mariano Moreno, que era supuestamente el más revolucionario. Pero fue Saavedra el que dijo que no iba a reprimir a la plebe, y eso quiere decir que había un movimiento en la calle. Como decíamos antes, había un sector movilizado en torno a French y Beruti, que eran los chisperos: los llamaban así porque usaban armas de fuego de chispa. No podemos reducir la labor de French y Beruti a haber repartido las escarapelas. Hay muchos datos que demuestran el rol que jugaron antes y después del 25 de mayo”.
En torno a ese momento nodal de la historia argentina, el libro describe “cómo actuaron los sectores eclesiásticos, los militares, los abogados, los comerciantes, y el peso que tuvo Juan José Castelli como orador de la revolución”. También dice O’Donnell: “Hay que entender que los criollos negociaron la posibilidad del acceso a los cargos importantes en la Iglesia, en el sector militar, en la administración pública, que estaban reservados para españoles. Hay una historia mucho más compleja y más interesante que la que nos enseñaron, porque se repiten muchas de las cosas que suceden en todas las revoluciones. Están los prudentes, que dicen ‘hasta acá llegamos’, los que tienen miedo de que las revoluciones avancen demasiado y pongan en peligro sus privilegios, y los que se juegan el todo por el todo”.
Caseros y la Argentina polarizada
¿Por qué el autor decidió finalizar el recorte temporal de El ADN argentino tras la batalla de Caseros, de 1852, en la que Juan Manuel de Rosas fue derrotado por Justo José de Urquiza? Luego Rosas marchó al exilio inglés y se firmó el Acuerdo de San Nicolás, que al año siguiente llevó a la sanción de la Constitución argentina de 1853. Responde O’Donnell: “Porque entonces se consolida cómo va a ser el país en el futuro, quedan definidos los ejes vertebrales de la Argentina”.
Y la identidad de nuestro país, siempre cambiante, seguirá siendo un enigma. Ese es un vector que también explora el autor en su libro. ¿Cuáles son las luces y sombras de la conformación nacional? “Nuestra identidad está constituida, desde su ADN, por un proyecto de un país monoproductor, dependiente de la potencia del momento, con la idea argentina de que la civilización es lo ajeno, lo europeo, y que la barbarie es lo propio, lo nacional, lo criollo, lo gauchesco, lo hispánico. Esa polarización nos marca muy radicalmente hasta nuestros días.”
Si O’Donnell tuviera que aplicar su método revisionista a analizar las realidades negadas en la actual coyuntura política, podría ver “una identidad que no cesa de buscarse a sí misma por caminos que siempre parecerían fracasados”. ¿En qué sentido? “En el ADN argentino hay un débil patriotismo: somos un país con un escaso orgullo nacional. Por ahí aparece cuando juega la Selección argentina. Ahí da la impresión de que tenemos un proyecto común, pero veo en la clase dirigente una irresponsabilidad muy grande en torno al daño que produce con sus medidas a sus compatriotas. Aún tenemos que luchar para esclarecer nuestra identidad.”
