“Un ovni como la Casa de la Cultura forma parte de un largo camino: ese horizonte que son los derechos culturales, la posibilidad de crear ficciones propias y, así, llegar a mundos que disputen las desigualdades de una realidad que es injusta siempre con los mismos.” Aimé Pansera y Lionel Steinberg son los autores del libro ¿Un ovni en la villa?, donde reconstruyen la historia de este proyecto cultural sostenido por la Secretaría de Cultura de la Nación durante diez años en la Villa 21-24, cómo impactó en la comunidad y lo que representó en sus habitantes.
En una de las presentaciones participaron la doctora en Antropología Mónica Lacarrieu, el referente barrial Mario Gómez y el productor musical y gestor cultural Gustavo Ameri, ambos exdirectores de la Casa. Caras y Caretas conversó con Aimé Pansera.


–¿Que es Un ovni en la villa?
–Es un libro sobre el único centro cultural dependiente de la Secretaría de Cultura de la Nación construido en una villa en nuestro país. En él, se cuenta la historia de su creación, los antecedentes de la organización popular en el barrio que encontró interlocutores en el campo político para hacerlo realidad. También relata las diferentes etapas que transitó y profundiza en la oferta de programación de talleres artísticos, en las vivencias de un grupo de madres migrantes que aprende baile latino y costura. Por otra parte, da cuenta de las expresiones de artes visuales locales que fueron exhibidas en la Casa y del taller de vitraux que allí funcionaba, reflexiona sobre las distintas concepciones de lo que es cultura, desde el Estado y en el barrio, y debate sobre los desafíos y límites de esta política cultural.
–¿Por qué el libro está abordado desde la sociología de la cultura?
–La sociología de la cultura es un campo de estudio que analiza la cultura atravesada por relaciones de poder. El libro se apoya en esta disciplina para entender cómo se producen, circulan y se disputan los significados de algunas de las expresiones culturales de las que participan las y los habitantes de un barrio popular, en este caso, la Villa 21-24 Zavaleta. En ese sentido, se enfoca en la cultura como espacio de disputa: la cultura no es solo una expresión artística o un conjunto de prácticas, sino un terreno de lucha por los sentidos de la misma y su legitimidad. ¿Qué es cultura en un territorio como la Villa 21-24 Zavaleta? También se enfoca en el rol del Estado en la producción cultural: las políticas culturales no son neutrales, y menos en un contexto como el que describimos. Cada proyecto político tuvo sus concepciones sobre la cultura. Esto se reflejó, por ejemplo, en los cambios de nombre del centro cultural. Por otro lado, ¿cuál es el rol del Estado frente a la cultura? ¿”Democratizar” las expresiones culturales legitimadas? ¿O fomentar la producción local? El territorio y apropiación del espacio: la Casa de la Cultura no es solo un edificio, sino un espacio simbólico que puede generar inclusión, pero también marcar diferencias y conflictos, en un barrio en el que las relaciones de los habitantes con el Estado son principalmente hostiles, por las múltiples deudas que este tiene con ellos. En el período que analizamos, el centro cultural nunca dejó de ser un híbrido, como una embajada del “afuera” “adentro”. Culturas populares y agencia: el libro presenta diversas facetas de lo popular, mostrando que los actores sociales barriales son productores activos de cultura, que negocian y transforman significados de lo que brinda el Estado como oferta cultural.
–¿Cuales son los desafíos de las políticas de cultura para los sectores populares?
–La continuidad y el sostenimiento de un plan. Y sobre todo generar apropiación, que las personas sientan propio el proyecto, el espacio. Construirle una identidad. Esto implica planificar y trabajar junto a los habitantes del barrio para evitar los preconceptos en cuanto a qué es lo que necesitan. Hay que encontrar maneras de que, dentro de cierto marco, los propios beneficiarios den forma a la política.
–¿Como fueron esos primeros diez años de la Casa de la Cultura popular?
–En lo personal, me gusta pensar la Casa como una especie de ojo de cerradura por la cual mirar el devenir del país, casi diría que es una metáfora del país en el plazo analizado. De 2013, año en que se inaugura, a fines de 2015, desbordaba de actividades. El auditorio exhibía contenidos que llevaba una productora. Si bien la dirección estaba a cargo de una vecina, luego de un vecino del barrio y muchos trabajadores del centro cultural también vivían allí, las decisiones de programación se tomaban, como en los años posteriores, afuera. En 2014, estallan los conflictos al interior del Frente para la Victoria. Durante 2015, se trató de darles un carácter más local a los espectáculos. De 2016 a 2019, durante el macrismo, puede describirse como una etapa de errancia y paulatino vaciamiento. La oferta de programación de espectáculos y muestras desaparece casi por completo y solo permanecen como actividades regulares los talleres de formación. Y puntualmente actividades autogestionadas por sus trabajadores, como la proyección de películas o el encuentro de murgas de la ciudad y el conurbano La Misa de Momo. En 2018, la dirección del turno mañana pasa al Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y en 2019 el comodato que cedía el espacio a la Nación se termina. Las esperanzas puestas en el nuevo gobierno peronista rápidamente se disipan. Primero porque no se vislumbra ninguna iniciativa para con la Casa, segundo porque comienza la pandemia y el espacio cultural se convierte en un centro de testeo. Luego, perduraron la desidia y la absoluta falta de recursos. La Casa de la Cultura reflejó las tensiones al interior del Estado y las de las políticas culturales con los sectores populares, que negociaron, resistieron, resignificaron o abandonaron el espacio a lo largo del tiempo.
–¿Y sobre los artistas publicados por el Grupo Editorial Sur?
–El Grupo publica autores nacionales que escriben ensayos sobre derechos humanos, historia política reciente, culturas populares y deporte. También tiene un sello de poesía, Lamás Médula.
–¿En la actualidad la Casa sigue con las mismas actividades?
–Continúan los talleres de formación artística y el uso por parte del Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad. No hay programación de espectáculos o exposiciones y un tercio de sus trabajadores fue despedido en 2024.


–¿Cómo fue la presentación del libro, quiénes participaron?
–Presentamos el libro a mediados de diciembre de 2024 en el Centro de Innovación y Desarrollo para Acción Comunitaria (Cidac) de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en Barracas y en marzo de este año en Librería Ciccus. Ambas presentaciones contaron con invitados que son protagonistas de la historia que cuenta el libro, como sus exdirectores, referentes barriales y miembros de la comunidad educativa. También con investigadores sobre políticas culturales. Volveremos a presentarlo este año en la Feria del Libro y en la Universidad Nacional de San Martín.
–¿Qué visión tenes del futuro de la Casa?
–Continúa una cogestión entre Educación de Ciudad y Cultura de Nación. Pero sus usuarios dicen “mitad y mitad quiere decir que no es de nadie”. Hoy por hoy, el futuro es incierto. Pienso que hace falta voluntad política y, sobre todo, una idea clara de qué hacer con un espacio con tanta potencialidad. En el propio barrio hay instituciones que pueden dar cuenta de lo que se puede lograr cuando se trabaja en red, como las instituciones educativas, la parroquia, involucrando a los actores barriales principales y sosteniendo los esfuerzos con miras a una visión de colaboración, resistencia y crecimiento para el barrio.
–¿Podrás citar algún fragmento del libro?
–Sí, de las páginas 21 y 22: “Una cosa nunca es solo una cosa y las formas de definirla son distintas según las épocas y las personas. Las metáforas sirven para ampliar los sentidos y multiplicarlos. La película argentina El nexo (2014), dirigida por Sebastián Antico, está protagonizada por Julio Arrieta, quien da nombre al auditorio de la Casa. Allí se cuenta la historia de una invasión extraterrestre en la ciudad de Buenos Aires, combatida por un grupo de villeros. Arrieta es conocido por su lucha: que los y las habitantes de las villas y los sectores populares en general puedan tener representaciones audiovisuales de sí distintas a las que les otorga habitualmente la industria cultural: adictos, delincuentes, borrachos, pobres. Él metaforizó esta idea diciendo que los villeros tenían derecho a tener sus propios extraterrestres. Un ovni como la Casa de la Cultura forma parte de un largo camino: ese horizonte que son los derechos culturales, la posibilidad de crear ficciones propias y, así, llegar a mundos que disputen las desigualdades de una realidad que es injusta siempre con los mismos”.
El libro cuenta en la retiración de tapa y las páginas de título de cada capítulo con la reproducción de fragmentos del vitral “La fuente de inspiración”, de Héctor Chianetta, que deslumbra al entrar al centro cultural.


Aimé Pansera trabaja como mediadora cultural y docente. Es licenciada en Estudios Teatrales por la Sorbonne Nouvelle (París 3, Francia) y magíster en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural (Unsam). Estudió artes escénicas en Francia y en Cataluña gracias a una beca para estudiantes extranjeros, trabajó en colaboración y creó obras allí, en Canadá y en Brasil. En la Argentina, se dedica al desarrollo y la gestión de públicos culturales y la formación de espectadores para las artes escénicas, en proyectos independientes y en el ámbito público. Su relación con la Villa 21 remonta a la militancia de sus padres, que en la década de 1980, desde el Cine Club Buenos Aires, proyectaban películas en el barrio y colaboraban con proyectos socioculturales, como la radio comunitaria FM Sapukay.
Lionel Steinberg es licenciado y profesor en Ciencias de la Comunicación (UBA) y magíster en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural (Unsam). En paralelo a su trabajo como consultor, sus áreas de interés giran en torno a los estudios sobre cultura popular y políticas culturales en barrios populares. Su interés por la Casa de la Cultura de la Villa 21-24 surge a partir del trabajo de campo para su tesis de grado, en la que investigó sobre el grupo de actores villeros dirigido por Julio Arrieta (escrito junto a Natalia Gentile y publicado en 2017 por La Crujía bajo el título Algo en tu cara me fascina. Actores villeros en el cine y la TV). Luego, al indagar cómo seguían los hijos y nietos de Arrieta, se sintió embelesado al encontrarlos en el auditorio del imponente centro cultural.
