Hacia finales de febrero de 1983, Carlos Alberto Martínez ocupaba la jefatura de la Secretaría de Inteligencia de Estado (SIDE). En su rol de “Señor Cinco”, había mandado a confeccionar un informe especial sobre un tema que preocupaba a la dictadura: las Madres de Plaza de Mayo. Esas mujeres que todos los jueves rondaban las inmediaciones de la Casa de Gobierno. Martínez tomó el documento y leyó sus conclusiones. Allí afirmaban que eran consideradas la entidad más influyente y conocida de las que denunciaban los crímenes de aquellos años. “Han tenido la constancia de hacer acto de presencia semanalmente en Plaza de Mayo durante un período prolongado, 1977-1983, demostrando cohesión interna, logrando interesar a públicos indiferentes, sensibilizándolos en apoyo a sus reclamos”, leyó, y sintió cómo la rabia caminaba por su cuerpo.
Mirta Acuña de Baravalle buscaba a su hija embarazada y a su yerno. Había recorrido cuanto lugar le habían sugerido. Había llegado en busca de respuestas al Ministerio del Interior, donde siempre recibía las mismas groserías. Una vez, encontró una mirada cómplice. Una señora, que también buscaba, salió con ella caminando de la Casa Rosada hacia la Plaza de Mayo. Las dos se sentaron en un banco. “Ahí vienen”, le susurró al oído mientras sacaba unas agujas de tejer para simular que estaba ocupada en otros menesteres. La señora en cuestión era Azucena Villaflor de De Vincenti, que quería saber qué había pasado con su hijo Néstor. Azucena estaba convencida de que la búsqueda no podía ser en solitario.
–Si somos muchos, (Jorge Rafael) Videla nos va a tener que dar una respuesta –insistió mientras miraba de reojo el tejido.
JUEVES CIRCULARES
Así, empezaron a convocar a otros familiares de desaparecidos para el 30 de abril. A la convocatoria llegaron todas mujeres. La Plaza de Mayo estaba vacía porque era sábado. Videla tampoco estaba en su oficina. Haydée Gastelú de García Buela había llegado apretando en sus manos un monedero, el documento y las llaves. Tenía miedo, pero después sonreía al contar que en ese primer encuentro solo estuvieron ellas y las palomas que iban en busca de alguna miguita a la Plaza de Mayo. Sin embargo, ese día nació un movimiento y una forma de resistencia, como remarca Ulises Gorini en La rebelión de las Madres.
Para intentar mejorar la convocatoria, las reuniones pasaron a los viernes. En uno de esos encuentros, Dora Penelas expresó su desazón: los viernes eran días de brujas. No era cuestión de seguir tentando a la desgracia. Se decidió que se reunirían los jueves. Durante unas cuantas semanas, lograron esquivar a la policía hasta que finalmente un agente se les acercó y les gritó: “Circulen”. En pleno estado de sitio no estaban permitidas las concentraciones de personas. Y ellas no dudaron en circular. De a dos caminaron entre los bancos, dieron vueltas alrededor del monumento a Manuel Belgrano hasta que se inclinaron por la Pirámide de Mayo.
Al principio, para identificarse, se colocaban un clavo en la solapa del saco. En octubre de 1977 decidieron participar de la peregrinación a la Basílica de Nuestra Señora de Luján. Se preguntaron cómo identificarse entre la multitud. Y una sugirió ponerse en las cabezas los pañales blancos de sus hijos. Con el tiempo, el pañuelo sería el emblema de su lucha.
Para el 10 de diciembre de 1977, las Madres habían decidido publicar una solicitada. “Por una Navidad en paz, solo pedimos la verdad”, decía el texto. Para financiar la publicación en el diario La Nación, debieron juntar plata. Se dividieron en distintos grupos que se encontraron en distintas iglesias. El 8 de diciembre de 1977, Gustavo Niño –un muchacho rubio que buscaba a su hermano desaparecido– apareció en la Iglesia de la Santa Cruz. Dejó su firma y un aporte bastante modesto. A la salida de la misa, una patota secuestró a dos de las Madres, Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco, junto a otros militantes que solían reunirse en esa parroquia.
Después de los secuestros, Azucena trataba de ocultar su conmoción. El 10 de diciembre de 1977, hojeó el diario, pero la solicitada estaba borroneada. Le preguntó a su hija qué quería comer, y salió a comprar. Era una buena excusa para hacerse de otro ejemplar de La Nación. Pero un grupo de tareas la emboscó. Como sus compañeras, fue llevada al campo de concentración que funcionaba en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Sobrevivientes contaron que preguntó por el muchachito rubio. No sabía que era Alfredo Astiz, un oficial de la Marina que se había infiltrado entre los familiares de desaparecidos.
LA FUERZA DE LA ORGANIZACIÓN
La desaparición de las tres Madres fue un golpe tremendo para un movimiento que estaba dando sus primeros pasos. Hizo falta coraje para volver a la Plaza, pero lo encontraron. Hebe Pastor de Bonafini asumió un rol de líder, que terminó convalidado el 22 de agosto de 1979 cuando las Madres se constituyeron como asociación civil y la eligieron como presidenta. La vice era María Adela Gard de Antokoletz; la secretaria, María del Rosario Carballeda de Cerruti. “Somos madres de detenidos desaparecidos y representamos a muchos millares de mujeres argentinas en igual situación. No nos mueve ningún objetivo polí- tico. Nadie nos ha convocado ni nos impulsa o instrumenta”, escribieron en su estatuto.
En 1981, las Madres inauguraron una práctica que continúa hasta el presente: la Marcha de la Resistencia. El fin de la dictadura las encontró reclamando aparición con vida y castigo a los culpables. Pretendían que se constituyera una comisión bicameral para investigar el destino de sus hijas e hijos desaparecidos, pero no lo lograron. Aun así, muchas de ellas fueron a testimoniar a la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep).
Estuvieron en el Juicio a las Juntas, donde la fiscalía en pleno tuvo que acercarse a tratar de convencer a Hebe de que se retirara el pañuelo de la cabeza por las quejas de las defensas. Un mes después de la sentencia, las Madres se dividieron. En enero de 1986, se conformó la Línea Fundadora, que tuvo como principales dirigentes a Gard de Antokoletz, Marta Ocampo de Vásquez, Nora Morales de Cortiñas y Taty Almeida.
En agosto de 1999, las Madres Línea Fundadora difundieron una carta abierta en la que enumeraban las divergencias con la Asociación Madres de Plaza de Mayo que dirigía Hebe de Bonafini: las identificaciones de los restos, los homenajes a los desaparecidos, la figura de ausente por desaparición forzada y las reparaciones económicas.
Con sus diferencias, esas mujeres que desafiaron a la dictadura siguieron abriendo el camino. La Plaza las siguió reuniendo, donde los restos de algunas de ellas –como Azucena, Hebe y Norita– fueron sembrados como abono para la lucha por la memoria, la verdad y la justicia.
