“Circulen, señoras, circulen”, dijo un oficial de policía que “custodiaba” la Plaza de Mayo y nunca imaginó que estaba inaugurando una heroica tradición en medio de la dictadura más siniestra de la historia argentina: la ronda de las Madres, un grupo de mujeres que se fueron conociendo y hermanando recorriendo comisarías, cárceles, hospitales y cuarteles en busca de sus hijos desaparecidos. Y circularon tanto que su imagen circuló por todo el mundo. Y la inconmovible dictadura de Videla y Martínez de Hoz comenzó a preocuparse. Todo el mundo hablaba de esas mujeres de pañuelo blanco y de los crímenes de los usurpadores del poder. Decidieron infiltrarlas a través de un muchachito rubio que decía tener un hermano desaparecido y se ofrecía solícito para todas las tareas. Ese joven no era otro que Alfredo Astiz, esbirro de los grupos de tareas de la ESMA que llevó adelante el secuestro de la primera conducción de las Madres, Azucena Villaflor de De Vincenti, Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce, las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet y la militante Ángela Aguad.
Pero las Madres volverían a la Plaza a hacer historia y allí tomará la posta Hebe de Bonafini, un ama de casa bonaerense nacida en El Dique, un barrio popular de Ensenada, el 4 de diciembre de 1928. Su padre fue obrero sombrerero y Hebe empezó a estudiar corte y confección. Se enamoró del Toto Bonafini, un vecino que trabajaba en Vialidad Nacional, con quien se casó en La Plata, en la misma iglesia donde cuatro años antes lo habían hecho Perón y Evita, la de San Francisco, en 1949. Al poco tiempo vendría el primer hijo, Jorge Omar, y tiempo después, Raúl. La familia crecía, Toto quería “progresar” y pudo conseguir un trabajo en la prestigiosa YPF. Se mudaron a La Plata, donde en 1965 nacería Alejandra.
En aquellos años de movilidad ascendente no era raro que los hijos de trabajadores accedieran a la universidad pública. Jorge ingresó en Ciencias Exactas, a la carrera de Física, y Raúl a Ciencias Naturales, donde estudió Zoología. La militancia era moneda corriente entre la gente sensible y los dos se incorporaron a una fracción disidente por izquierda del PC, el Partido Comunista Marxista Leninista.
Ambos fueron secuestrados por la dictadura cívico-militar y pasaron a engrosar la larga lista de los desaparecidos. Hebe comenzó por su cuenta a mover cielo y tierra para encontrarlos, para saber algo de ellos. Sufrió el desprecio y la indiferencia de una sociedad que por terror, complicidad o afinidad ideológica oscilaba entre tratarla de terrorista y mirar para otro lado frente a su contundente presencia.
Hebe protagonizó la lucha de las Madres, sufrió aprietes de todo tipo, se opuso a las leyes de impunidad de Alfonsín y Menem. Ha quedado registrado en imágenes su coraje a toda prueba enfrentando a la policía montada en las dramáticas jornadas del 2001 y apoyó decididamente las políticas de derechos humanos impulsadas por los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Hebe ya es leyenda y por eso este número de Caras y Caretas narra su historia y analiza su trayectoria desde distintos ángulos, para que no olvidemos a esta mujer baluarte de la lucha contra la impunidad, por la memoria y la justicia, contra el olvido.
