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Caras y Caretas

           

El camino de la vida de Kika

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En el invierno de 2017, el 20 de julio a las 19, el auditorio Juana Azurduy de la Asociación Madres de Plaza de Mayo se llenó de una energía indescriptible. Allí, en Hipólito Yrigoyen 1584, CABA, Hebe de Bonafini, con su presencia imponente y corazón generoso, me otorgó el más sagrado de los símbolos: un pañuelo blanco. Lo recibí con humildad, en mi rol de secretario general del Suterh y director del Grupo Octubre.

Este gesto tuvo lugar en un período particularmente difícil de mi vida. Bajo el gobierno de Mauricio Macri, enfrentábamos una persecución política y judicial constante, con amenazas latentes de encarcelamiento dirigidas hacia quienes alzábamos la voz en oposición. En medio de esa adversidad, el abrazo y reconocimiento de Hebe y las Madres se convirtió en un faro de esperanza y resistencia. Las Madres, nuestras queridas Locas de la Plaza, me rodeaban, creando un círculo casi mágico. Cada jueves, sus pasos firmes en la Plaza buscaban a esos hijos e hijas que, en las fotos de las pancartas, permanecen eternamente jóvenes.

Ese día, mi corazón latía con fuerza. Hebe me abrazó como si fuera uno de sus propios hijos. En el escenario, María Seoane, otra alma única y eterna, recordó que en 2017 se cumplían cuarenta años desde que las Madres adoptaron el pañuelo como emblema.

Hebe, sin soltar mi brazo, compartió que, en sus primeras peregrinaciones, un pañal de tela se convirtió en el primer pañuelo, un símbolo íntimo y cercano a sus hijos. “Un pañal de tela fue el primero, y para nosotras, el abrazo de los hijos”, enfatizó.

Con voz firme, añadió: “Elegimos a las personas que nos cambian la cabeza, que nos muestran que las cosas se pueden transformar”. Y, como una plegaria, clamó: “Aparición con vida de los desaparecidos”. La emoción me embargó en ese instante, y hoy, desde lo más profundo de mi ser, rendimos homenaje a Hebe de Bonafini desde Caras y Caretas, en estos tiempos cargados de desazón y horror.

“Es difícil expresar con palabras”, dije en aquella ocasión. “Este reconocimiento quizás no lo merezca. Estoy profundamente agradecido a Hebe y a todas las Madres. Seguramente tendré que esforzarme mucho más para ser digno de tan inmenso honor.”

Desde niña, Hebe fue conocida como Kika por sus seres queridos. Madre de Alejandra, Jorge y Raúl, sus hijos varones desaparecidos. Siguió al pie de la letra los mandatos de una sociedad patriarcal hasta que, impulsada por el dolor, se transformó en una de las figuras políticas más complejas y fotografiadas de nuestra historia.

Nuestra eterna Kika nos enseñó, hasta su último suspiro, que tenemos la obligación de no renunciar a ninguno de nuestros derechos. Y estas palabras suyas resuenan como su mejor legado: “El camino de la vida, como dice la canción, no fue el que yo pensaba. Kika nunca lo imaginó; no podía imaginarlo. Me vi obligada a recorrerlo. Y al final, no me arrepiento de nada”.

Hebe, nuestra eterna Kika, vivirás por siempre en mi alma. No tenés de qué arrepentirte. Porque cuando estamos confundidos, cuando no sabemos cómo seguir, tenemos una certeza: sigamos a los pañuelos blancos, sigamos a las Madres.

Escrito por
Víctor Santa María
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