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Caras y Caretas

           

El día después de la fiesta 

En Villa Ani Mi, en las Sierras Chicas cordobesas, los vecinos organizan un carnaval que rescata la diversidad y sostiene el ancestral espíritu de celebración como espacio de resistencia.

Amanece el silencio en Villa Ani Mi. Camino por la cancha. Solo han quedado siete palos que sostenían las carpas. Y los restos de ceniza del Momo. Acaso algunas hojas. Más lejos una botella de fernet vacía. Nadie podría imaginarse ahora, cuando son las siete de la mañana del día después de la fiesta, que hace unas pocas horas Mery Murúa abría su show con “Repechos del Guadal”, y entonces la nube de polvo empezaba a subir, hasta confundir a un desprevenido turista que pensaba en un efecto especial más.  

“Del puro guadal yo vengo, apenitas un sueño de barro y de sal”, dice la canción de José Luis Aguirre. Y habla del paisaje de acá. De Córdoba al norte, más allá. Y resuena en los cauces secos, cerca de La Granja, en las Sierras Chicas cordobesas. Es que, en este paisaje atravesado por la ruta E-53 que lleva el nombre de un viejo cacique de los pueblos de la serranía, hace 18 años un grupo de vecinos trabaja durante todo el año para festejar un carnaval diverso, diferente, inclusivo. 

Un tesoro para compartir

“Esto es un tesoro, un tesoro, nuestro”, dice emocionada Mery Murúa desde el escenario. Y habla del disfrute de quienes llegan con su reposera y sus heladeras, pero también del significado único para muchos artistas. Es que en La Tricota Cultural, todos los artistas cobran un viático idéntico y la comida. Sin embargo, buscan compartir ese escenario artistas consagrados con bandas que apenas dan sus primeros pasos. Y el público no sabe con quién se encontrará cada noche. Ni en qué orden. Así se mezclan el ska, la murga, el tango, el cuarteto y la música indie en una perfecta diversidad. Y también hay espectáculos para chiques. Y cada organización social de la zona tiene su puesto, para acercarse. Para compatir. Charlas. Y acaso vender. Todo junto. Todos juntos. Entre esa tierra que flota y a su vez se mete entre las patas. 

Y eso fue así hasta hace unas horas, nomás. Cientos de personas bailaron hasta que la ceremonia de quemar el Momo llameaba en los cuerpos y avisaba, con las cenizas encendidas subiendo al cielo de verano, que era el momento de emprender la retirada, hasta el próximo carnaval.  

Ahora, de mañana temprano, en la canchita, La Tricota número 18 ha sido. Y como el calor agobiará, después de tres días de fiesta y trabajo, los organizadores (vecines, comunes y corrientes), todes, se quedaron hasta que los cuerpos ya no pudieron. Porque la organización puede mucho más de lo que el alma y el corazón sienten. Entonces, el día después de la fiesta sucede, como si nada. Y amanece. Y cantan las charatas. Y vuela una paloma. Y todo parece como si nada por aquí hubiera pasado. 

Pero claro que pasó. Hubo un momo. Maravilloso. Colorido. Desde lejos, se adivinaba felino. Hubo quienes lo creyeron un león. Otros un gato de monte, de esos que resisten a los fuegos, a los incendios intencionados del monte. De esos que son capaces de sobrevivir en las cenizas, pese a la tristeza, a los momentos en que se pierde todo. Hubo años que el Momo fue mujer o quizás un cuerpo con sexualidades múltiples, diversas. En 2025 mutó a animal. De mirada penetrante, la figura estuvo, como siempre, a un costado del escenario, durante los tres días. 

“Escabeches, Mujerío, Wanda Jael”, dice la hoja el rider del sonido, que vuela como otra memoria. Una hoja de ruta de otra noche que ya fue. De alegría de viernes, que se transformó en sábado y en domingo, para quemarse después en los sueños que cada une depositó en el buzón de ese momo gato, ese momo felino, ese momo león. 

Entre los restos de cenizas encuentro dos hojas de diccionario de bolsillo. Las páginas 75, 76, 77 y 78. Los números me resuenan demasiado y es imposible no recordar el puesto que, entre decenas de artesanos y organizaciones sociales, traía a la memoria la Masacre de Tres Cascadas, en Ascochinga, donde ocho militantes fueron fusilados el 1 de junio de 1976. “Desaparecer: desvanecerse, evaporarse, esfumarse. 2. Ocultar, esconderse, taparse. 3. Escamotear, esconder. 4. Cesar. Acabar. Detenerse. Morir”, dice la hoja del diccionario aún mojada y cenicienta. 

“Desatado; desamarrado, desanudado, suelto”, leo. Eso ha sucedido otra vez. Porque a pesar de todo, la “diversión es un derecho”, decían Alejandro y Candelaria desde el escenario leyendo una especie de manifiesto renovado, que se eleva antes de la música y del fuego. Después, la nube –ese repecho del guadal– ya no baja. Se convierte en una especie de invocación terrosa, para recordarnos que ese polvo que somos, ese que se eleva con el baile, no pertenece a nadie. Mucho menos a los que se empeñan en desatender cada una de las necesidades que se esconden tierra adentro y piel afuera. “Desatender: descuidar, olvidar”, dice la hoja húmeda del diccionario. 

Todo fuego es político

Entonces recuerdo el cierre del sábado con La Pata de la Tuerta. Y a Pablo resignándose a gritar la vergüenza de la quema de bosques en el Bolsón y la inacción convenida y pensada de quienes deberían trabajar para prevenirlo y apagarlo. Las brigadas de aquí están presentes. Son parte. Ahora, respiran. Pero saben que el olvido y la desaprensión volverán. Y que volverá el invierno. Y que todo fuego seguirá siendo político. 

Acaso cientos le pidieron entre sus deseos al Momo que, el próximo año, los montes no se incendien. Que las flores de asfixia no nos asfixien definitivamente. Entonces, mientras camino en la canchita vacía, ahora que amanece, recuerdo las llamas y los tambores.  

Mi memoria recorre las imágenes de hace apenas un par de horas. El momo gato montés. O el momo león, quemándose. Pidiendo a los dioses que no nos desatiendan, que no nos desbaraten los sueños, que nos desborden de abundancias y de alegrías. Eso piden las palabras del diccionario que han quedado sin quemar. “Desatornillar, desatrancar, desbaratar, desbancar.”  

En mi memoria reciente ese león se quema. Se convierte en su propia llama. Y vuelan cenizas. Y todos cantan. Son los repechos de guadal, capaces de revertir cualquier pesadilla. Y suenan tambores. Y los ojos sorprendidos de los niños se iluminan. E iluminan un futuro otro. Es que en la canchita de Villa Ani Mi, otro dios momo se ha vuelto cenizas. Lo certifican estos restos que rodeo, mientras camino en soledad. 

El día después de la fiesta, todo sigue. Y todo se reconstruye y vuelven las aguas a sus cauces. Porque hubo organización. Gente en comunidad. Trabajando. Para que el llanto mute siempre en alegría. Para eso, decenas de manos se quedaron de madrugada juntando los restos y barriendo la mugre. Siempre cantando. Organizados, vuelvo a decir. Aunque nadie los viera.  

La alegría ha sido. Otra vez. Antes, durante y después de la fiesta. A pesar de todo.   

El Momo volverá en otro carnaval. Quizá convertido en eso que todos soñamos. (Ya no león). En la mañana recién nacida de este paisaje escondido de las Sierras Chicas cordobesas, solo queda agradecer a cada une de los que se empeñan durante todo un año para que esa pequeña utopía del fuego y su magia suceda. Aún el día después de la fiesta. Cuando, desde las cenizas, la esperanza renace. “Apenitas un sueño de barro y de sal.” 

Escrito por
Roy Rodríguez Nazer
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