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Caras y Caretas

           

Cortázar crítico: la razón del deseo

En los años 60 y 70, influidos por la Revolución cubana, numerosos autores latinoamericanos escribieron, paralelamente a su obra literaria, ensayos, poemas y críticas. El creador de “Casa tomada” asumió el rol de intelectual comprometido, y buena parte de su producción tiene ese sesgo.

La conjunción de “instinto” y “razón” es particularmente afortunada para leer la obra crítica de Julio Cortázar que articula, al igual que su narrativa, las múltiples dimensiones que constituyen lo que se suele definir como “hombre occidental”. La “ló(gi)ca” ya no como único y privilegiado modo de posesión de la realidad, sino como un instrumento entre varios para emprender la aventura de lo perdido a lo largo de varios siglos. La empresa es suma de razón y magia, de instinto y logos.

Varios de los más renombrados autores latinoamericanos ejercían, precisamente, tareas paralelas en tanto narradores, ensayistas, poetas y críticos. Eran las exigencias de la hora, las jornadas del boom latinoamericano y de sus secuelas más próximas. Se yuxtaponían los diferentes modos de narrar, de leer y de distribuir libros con la Revolución cubana y otras movilizaciones (armadas o no) en varias regiones del continente, y hasta de luchas contra el colonialismo en Asia y África.

El “compromiso” atraviesa la narrativa de Cortázar, particularmente a partir de “El perseguidor”, y, en lo propiamente personal, desde su adhesión a los principios de la Revolución cubana. La relación entre sus textos críticos y los ecos que se dejan oír en su narrativa (o viceversa) no es casual. Él mismo así lo entendió y la prueba más fehaciente es la incorporación de textos críticos y ensayos, junto a poemas y textos de varia invención, en La vuelta al día en ochenta mundos (1968) y Último round (1969), así como, sumando a la ficción la categoría “realidad”, de recortes de periódicos en Libro de Manuel (1973).

En más de un caso, la relación crítica-narrativa ha respondido, salvando las distancias y los mecanismos propios de cada texto y de cada autor, a lo planteado por Borges en “Kafka y sus precursores”. En el caso de Cortázar se dio una variante: fue su propio precursor durante los años en que se dedicó a la docencia y se centró en la crítica literaria. La suma de ensayos y notas de variado tenor devendría, junto a sus cuentos y novelas, en un diálogo armónico, en la cercanía de discursos, en el entrelazado de metas compartidas.

Por eso mismo, y por la coherencia de los puentes que diseñó y cruzó a lo largo de su vida, merece una atención especial el texto emblemático que planteó algunas de las opciones medulares que enfrentarían tantos de sus personajes: se trata de Teoría del túnel. Notas para una ubicación del surrealismo y el existencialismo (1947). En sus páginas se dirime, junto a opciones filosófico-literarias, la búsqueda de una zona de coexistencia para las diferentes expresiones del ser. Su redacción coincide con la época en que Cortázar escribía los cuentos de Bestiario. Puestos los textos en posiciones refractarias, y para subrayar el sentido de lecturas simultáneas, cabe señalar, por ejemplo, que el análisis de “Casa tomada” como alegoría del peronismo es correcta y a la vez limitada. De este túnel surgen apuestas a un humanismo integral, responsable.

Con un entusiasmo mayor ante las apuestas iniciales del surrealismo como “concepción del universo” que ante sus eventuales reducciones, Cortázar señaló la que sería una de sus propias marcas literarias y motivo de más de una morelliana: la “liquidación del distingo genérico Novela-Poema”, la aceptación de la novela como “monstruo”, como “mezcla de heterogeneidades, grifo convertido en animal doméstico”, y el surgimiento de los “poetistas”. Como aclara en una nota al pie, “Poetista mentaría al escritor contemporáneo que se vuelca en la expresión poética pero persiste en sostener una literatura”. En ese sentido, por la fusión de lo poético y lo existencial, para Cortázar perduran Los cantos de Maldoror, de Lautréamont, y Una temporada en el infierno, de Rimbaud. A partir de la inseparable conjunción que respiran esos textos, se siente que la literatura es clave de acceso a la realidad.

El “aquí abajo” lo dibujará con tiza y tendrá forma de rayuela; será letra de molde y convocará a miles dispuestos a jugar(se). Rechazar la fuga es comprometerse; persistir en el compromiso es lanzarse a búsquedas desesperadas por los ascensores del tiempo, por los sueños que se deshilachan en la vigilia del terror que aún no cabía anticipar en la Argentina que ya se descolgaba por el lado peronista de la historia.

Lo que le interesa es el “poetismo”: esa “corriente común de liberación humana” que detectó en Europa al finalizar la primera guerra en “verso, música, novela, pintura, conducta, ciencia”, coincidencia y suma de la poética del jazz y del surrealismo.

En Cortázar lo ontológico no quita lo social; de este modo, abogar por más “ser” se traduce en otro plano en sed de justicia social. Este fue un interés constante en la reflexión crítica de Cortázar, como lo sería también en su práctica narrativa.

EL CUESTIONAMIENTO COMO MÉTODO

Entre las pulsiones constantes en la obra de Cortázar están el cuestionamiento y el rechazo de imposiciones normativas, el combate contra órdenes y puertas cerradas, contra todo lo que tienda a recortar la máxima exploración de las dimensiones del hombre, incluido el hombre de letras. No siempre fue fácil instalarse en zonas que otros consideraban intermedias, en condiciones en que se exigía acatamiento y ciega obediencia, cuando la consigna de la revolución venía empacada con recetas y códigos de buena conducta.

Cortázar no se enfrentó solamente a la rigidez literaria; también condenó sistemáticamente la represión de las fuerzas que construyen al ser. Denunció todo lo que inhibe la máxima expresión de los impulsos vitales y las coartadas del sistema. Desafió las negaciones en el cotidiano de la lengua, en lo erótico, en la sujeción del individuo y en la censura de la comunidad.

La singular “dialéctica de vida” cortazariana se sostuvo oscilando entre la necesaria inscripción en las pulsiones mayores del universo y la participación directa en la historia latinoamericana. Si los cuentos solían descolgársele como monos de un árbol, o eran escritos bajo condiciones de médium, hubo momentos en que la sintonía con lo que ocurría aquí abajo impuso relatos memorables como “Pesadillas”, y antes, “Recortes de prensa” y, aun antes, “Apocalipsis de Solentiname”, crónica que sumó una dosis de terror al diálogo de las cámaras en la acotada intervención ética de “Las babas del diablo”. Además de esos relatos mayores publicados en formato tradicional, para realzar la puesta en escena del escritor comprometido con su lugar en el mundo, también apareció Fantomas contra los vampiros multinacionales. Ese artefacto híbrido de ensayo, relato y tira cómica se propuso difundir, con el subtítulo de “Una utopía realizable narrada por Julio Cortázar”, las actividades y conclusiones del Tribunal Russell II sobre los crímenes perpetrados por las dictaduras latinoamericanas. Fantomas… fue concebido como un proyecto didáctico que, al margen de sus logros, representó un balance entre compromiso con la historia e independencia literaria; balance, este, que demostró de otro modo en torno a la publicación de Libro de Manuel (1973) y que hizo público en el mensaje leído a la CGT de los Argentinos.

Son numerosos los textos y conferencias en torno a su derecho a escribir sin recetas o prescripciones, particularmente durante los primeros años de la Revolución cubana. Se trataba siempre de esa libertad, del derecho a la heterodoxia, sobre la cual Cortázar insistió en múltiples ocasiones.

Durante la época de las dictaduras, y junto a su otra obra de creación, los ensayos críticos de Cortázar y su participación en congresos y foros locales e internacionales, se centraron en las condiciones que regían en el Cono Sur y en Centroamérica. Demostrando en carne propia que el exilio podía hacer que los argentinos fuéramos más abiertos al mundo, escribió sobre la Argentina y sobre Chile, sobre Nicaragua y sobre la situación general del continente.

Afortunadamente, Cortázar no fue un “crítico literario”; tampoco fue un revolucionario de sillón. Supo leer como pocos; emitió juicios de valor cuando otros se ceñían a asepsias descriptivas, a conveniencias ideológicas, a frecuentar y a imponer el aburrimiento. Al igual que Borges, el escritor que transformó la institución literaria occidental, y que “por azar” publicó el primer cuento de Cortázar, este también ejerció la dimensión imaginaria y la crítica; intervino en el diseño del mapa literario argentino, en su configuración latinoamericana, en la resignificación de la literatura y de su lugar en el sistema.

Escrito por
Saul Sosnowski
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