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Caras y Caretas

           

Facundo, ¿qué Facundo?

Nuestro país fue testigo en repetidas ocasiones de severos destratos hacia los restos de múltiples figuras de su historia. El caso del caudillo federal es uno de los más emblemáticos, tanto que no se sabe a ciencia cierta qué hay en el cementerio de la Recoleta.

Quien está interesado en nuestra historia, o en la de Quiroga, conoce su tumba en el cementerio de la Recoleta. Allí están sus restos, o eso debemos suponer, desde el año 1869. Y ahí se le hacen los homenajes, los visitantes miran y los guías explican. Aunque nadie ha mirado qué hay abajo: en la bóveda.

Es muy probable que lo que hay allí adentro sí sean sus restos, pero las dudas son demasiadas, más cuando vivimos en un país que se caracterizó por el maltrato a los restos de figuras importantes de su historia: desde San Martín hasta Urquiza, desde Eva y Juan Domingo Perón hasta Aramburu. Tumbas violadas, cadáveres que eran vestidos y desvestidos, fotografiados, revisados una y otra vez, durante un siglo o mucho más, reducidos al mínimo posible una y otra vez, revisados por médicos y burócratas para escribir informes, enterrados y desenterrados, cuando no eran trasladados distancias enormes en carros en que los ataúdes se sacudían por las piedras durante semanas y al sol.

De Belgrano hay en su mausoleo una única vértebra que no se sabe de quién era, San Martín quedó inclinado porque no entraba en el espacio requerido, a Urquiza funcionarios públicos lo abrieron cinco veces sin explicación alguna, el ataúd de Udaondo fue usado como mesa para comer durante treinta años, Alberdi sirvió de estante de expedientes, y la lista es interminable. De Juan Manuel de Rosas, tras desenterrar el ataúd, los miembros de la comisión oficial –embajador mediante– se repartieron lo que había adentro del cajón, hasta la dentadura postiza. Nadie se extrañe: con Urquiza hicieron lo mismo y hoy los dientes se exhiben en su necrófilo museo.

EL CASO QUIROGA

Quiroga fue enterrado y desenterrado cuatro veces y expuesto en ocho sitios. Y de casi nada de eso hay una imagen, un documento creíble o un registro. Era alguien más que importante incluso muerto, pero nadie miraba lo que se hacía con sus restos. Tan absurdas fueron algunas situaciones que su tumba actual, construida en 1869, con escultura y mármoles, figura como comprada por el propio Quiroga 36 años después de haber fallecido. El documento original se perdió misteriosamente y lo que tenemos es una copia hecha en 1925, en la que siguió figurando como comprada por el muerto.

¿Dónde estuvo los 34 años en que permaneció en la Recoleta antes de que le construyeran esa tumba? Nadie lo sabe. El cadáver fue reducido en Córdoba –es decir, puestos los huesos en una urna pequeña, de eso sí hay documentos–, entonces ¿por qué hay en su tumba un gran ataúd de zinc estañado antiguo, considerado original? Cuando se limpió la bóveda en el año 2004 de los ataúdes destruidos que había adentro, varias urnas y huesos sueltos flotando en agua estanca- da, ¿alguien controló algo? No, soy testigo de que todo fue a la basura.

La secuencia fue la siguiente: asesinato en Barranca Yaco, donde quedó un día expuesto al sol del verano. Al día siguiente fue llevado a Sinsacate, desde donde se avisó a Córdoba, y se envió a un médico a hacer la autopsia; habían pasado otros dos días de verano. El médico después de la autopsia lavó el cuerpo con vinagre y lo cubrió con cal, y se lo colocó en un cajón hecho en el sitio, suponemos que no era muy sólido. ¿Pusieron su sable, uniforme, algo de él adentro? Lo dudo. Lo primero que le deben haber robado –porque sabemos por el parte policial que se robaron hasta la ropa de todos–, era su sable, aunque leyendas posteriores dijeran que aún sigue en su tumba. De inmediato la caravana partió hacia Córdoba, donde fue recibido con honores. Al parecer se cambió el féretro –no hay registro exacto–, lo que implicaría una nueva manipulación del cadáver, y se lo enterró por casi un año en el Cementerio de los Canónigos. Esa es la historia aceptada, aunque en el juicio por el asesinato hay una contundente declaración de que previamente fue enterrado en una casa particular de una familia reconocida de la ciudad. La comitiva mandada por Rosas procedió a exhumar el ataúd, abrirlo, limpiar los restos con alcohol, desinfectarlo y perfumarlo. Lo concreto es que el cadáver fue reducido y puesto en una urna forrada de plomo. Así, lo que quedara emprendió el viaje de 700 kilómetros en carro a Buenos Aires, bajo
el calor de otro verano. Seguramente la falta de amortiguación hizo su trabajo. ¿Qué llegaría a Buenos Aires? ¿A alguien le importaba o todo era política? A la esposa le avisaron tres días después de que comenzara el viaje.

El paso siguiente fue Flores, donde quedó expuesto en la iglesia, para desde allí ser nuevamente trasladado hasta la iglesia de San Francisco en Buenos Aires, sitio que se suponía definitivo. Allí estuvo diez meses, no se sabe si enterrado, ya que todo el archivo se perdió con el saqueo de 1955. Pero, sin entender bien el porqué, la familia decidió volverlo a enterrar esta vez en la Recoleta, en una gran fracción de tierra que no se ha podido identificar. De todas formas eso no fue todo: en 1863 se compró un lote en la entrada misma del cementerio, se hizo la bóveda bajo tierra, se trajo una escultura desde Italia similar a las que ya estaban allí, y se lo exhumó de nuevo para depositarlo en su nuevo lugar. Era el séptimo sitio donde estuvo su cadáver y el cuarto entierro, pero aún faltaba.

EN PLENO SIGLO XX

Ya en el siglo XX, posiblemente en la década de 1950, se decidió esconderlo. Ya había una leyenda de que había sido enterrado de pie con el sable en la mano, lo que es absurdo: un esqueleto se aplasta desintegrado, no puede quedar en pie. Y ya sabemos que estaba en una pequeña urna descarnado y el sable nunca estuvo con él: tampoco entraba. Alguien aprovechó, con la posible excusa del peronismo-antiperonismo mediante, para poner un cajón metálico antiguo dentro de la pared haciendo realidad la fábula. Se arregló la bóveda, se la pintó, se hizo todo a nuevo –había muchos entierros, la mayoría sin nombre, incluyendo urnas–, y se procedió a olvidar y que la leyenda se difundiera. Pero, antes de cerrar el nicho, cometieron errores de principiante ante un estudio futuro. Dejaron evidencias materiales: ladrillos modernos, cruces niqueladas, hierros del siglo XX y solo dos objetos antiguos. Había un par de hierros que debieron ser parte de un “corralito” de los que se ponían alrededor de los entierros hechos en la tierra, valga la redundancia, pero que eran de varillas de perfil circular, es decir del siglo XX, por lo que es difícil que fuese algo de la primera tumba, aunque lo pareciera. Y una chapa en forma de corazón puesta encima para evitar una gotera que siguió hasta hace poco. La placa tenía una inscripción, pero lo legible, tecnología mediante, era de un tal señor Arturo. Si hubiese sido verdadera, no la hubieran usado para tapar una entrada de agua. ¿Y qué hubiera pasado con su tumba si en el año 2003 Menem lo hubiera enviado a La Rioja? Lo que está en la bóveda considerado como el ataúd original, ¿es el que encontramos detrás de la pared, o es otra superchería?

Finalmente se construyó el mito, alguien emparedó un ataúd sin nombre. ¿La urna verdadera era una de las que aún estaban en el piso bajo el agua? ¿El ataúd es el de la esposa o de cualquier otro familiar? Por algo no se autorizó hacer estudios de ADN para conocer la verdad, ni que se continuaran las investigaciones. Quiroga, vivo o muerto, sigue haciendo historia.

Escrito por
Daniel Schavelzon
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