Como ensayista Ricardo Forster atraviesa cuestiones bien diversas, adoptando estilos y lógicas de escritura con las que logra poner al lector en sintonía con el tema de cada libro. Con cerca de treinta títulos, propios o en colaboración, abordó las filosofías críticas del siglo XX, con especial atención a los trabajos de Walter Benjamin, el judaísmo y su tradición intelectual, la política argentina contemporánea –donde interviene activamente– y distintas tradiciones literarias y sus imaginarios.
Su último libro, La biblioteca infinita, lleva como subtítulo “Leer y desleer a Borges”, que refleja la operación que hace un lector fascinado con el saber erudito de un académico. Esos dos son el propio Forster. El resultado de ese trabajo es un texto que atrapa a cualquiera que haya leído a Borges, porque lo vuelve a llevar a esos lugares y misterios inacabables que construye su literatura. Genial, a veces insondable y muchas veces contradictorio, el Borges que nos trae Forster es aquel que siempre abre más caminos por recorrer. Y de esa forma nos invita a volver a leerlo, como si nunca hubiéramos sabido nada.
En diálogo con Caras y Caretas, Forster habló de los caminos que llevan del Borges lector al Borges escritor, de su búsqueda constante de Dios como el misterio y no como el hacedor y de su relación con la política, especialmente con el peronismo.

–Este libro es el texto de un lector, lo que reivindica el placer y las digresiones personales que tiene todo tu recorrido.
–Creo que todos, de un modo u otro, en tanto lectores argentinos, tenemos una deuda confesada o inconfesable con Borges. Es inimaginable nuestra relación con la literatura, con la lectura, con nuestra lengua, con nuestra historia, sin la mediación de Borges, hayamos sido lectores de su obra o con Borges como mitología. Se convirtió en uno de los grandes mitos nacionales, y probablemente el mito cultural por excelencia de la Argentina. Hace treinta años sentí que tenía ganas de escribir sobre Borges, así que la primera parte del libro es producto de un texto que escribí en los 90 y retomé en pandemia. Era un buen momento para volver sobre Borges, para salir un poco de la brutalización de la vida cultural argentina, esta suerte de lógica binaria, dogmática, lineal. Su obra es antagónica a todo dogmatismo y es una invitación a la diversidad, las genealogías, los senderos que se bifurcan. Me parecía que eso era interesante para este tiempo. Por otra parte, Borges se ve a sí mismo como un lector, alguien que no salió de la biblioteca de la casa paterna. Él escribe dando cuenta de esa lógica del lector. En ese sentido leer a Borges es retomar esa cofradía del lector, es la construcción de una fraternidad.
–Escribís en varios pasajes sobre la relación de Borges y Dios. Entre su declarado agnosticismo y la búsqueda sistemática de algo infinito que explique todo.

–Toda la obra de Borges está ligada a su inquietud frente a Dios. Nace entre la herencia familiar, del agnosticismo de su padre y la visión cuasi atea de la tradición ilustrada liberal, conviviendo con la fascinación por Dios como ficción, como el gran titiritero de un mundo ficticio. Suele aparecer la idea de que no somos más que el sueño de otro. En “Las ruinas circulares”, el sacerdote está imaginando un hijo, y cuando termina el cuento se da cuenta de que él también es el sueño de otro. Borges estaría en el río continuo del sueño, y Dios sería el soñador de todos los soñadores. En ese punto él ve que la teología y la metafísica son ramas de la literatura. No habla de Dios como el creador ex nihilo, sino como el demiurgo, el mago, como alguien que se mete en los sueños durante las noches. En Borges Dios es una incógnita, no es una verdad revelada. Uno de los textos que más lo influyen, al que vuelve una y otra vez, es Las mil y una noches, el texto emblemático de la tradición islámica, donde hay una figura distinta de Dios. No es el Corán, es una literatura donde lo sagrado está cargado de erotismo. Y Dios es un artilugio. Dios en su literatura es la barbarie y la civilización, es lo secular, lo profano, lo agnóstico y el absoluto y la creencia. Eso es fascinante.
–En el caso de Borges la lectura no parece acabarse. ¿Cuál es la literatura que fundó esa autotradición borgiana?
–Borges dijo alguna vez que hay pocos libros felices. Pero cita como libro feliz, La tierra púrpura de Hudson, una novela que transcurre durante las guerras civiles en el Uruguay. Fui a leerlo y entendí eso que quiere decir Borges. Es la historia de Richard Lamb, un inglés que vive en Buenos Aires en la época cercana al rosismo, se va a la Banda Oriental y tiene una serie de aventuras de todo tipo, amorosas, guerreras. Para Borges es la consumación de lo que él hubiera deseado ser. A través de la lectura eso que está en el libro lo incorporó a su vida. En él se muestra de qué manera en la vida de uno la literatura se convierte en un don. El libro que leíste en la infancia te habita toda la vida. Te otorga mitos interiores, formas de ver las cosas. Para Borges eso es la quintaesencia, ahí está la verdad de la literatura. Lo demás viene después.
–Hay dos temas que recorrés en el libro, que van de la mano: el deseo de la muerte y la tragedia, que en Borges tiene diferencias con la tragedia clásica.
–Al mismo tiempo la tragedia aparece bajo la forma de la ironía. Porque la diferencia entre el ideal trágico de los griegos o el ideal trágico del romanticismo es que el destino constituía el fundamento de la tragedia. Diría que había una especie de seriedad metafísica. La tragedia es una consumación en la que el sujeto queda absorbido por fuerzas que no controla. El giro irónico en Borges es que ese destino que se consuma, lejos de ser aquello que termina destrozando el héroe, es un ir sin querer hacia la muerte como forma de realizar un alivio. Trato jugar con eso en los capítulos donde Borges está frente a su propia muerte.
–Esa operación literaria entrama perfectamente con lo ensayístico, lo completa. ¿Cómo se te ocurrió introducir esa ficción?
–Como te decía, había empezado a escribir una primera versión que tenía unas sesenta páginas allá por los años 90. Estaba escribiendo, y me pregunté: “¿Qué pasa si voy intercalando un capítulo ensayístico con uno de ficción donde me lo imagino a Borges en Ginebra, regresando a su ciudad mítica sabiendo que va a morir?”. Eso me permite decir algunas cosas de otro modo, porque en una elucubración ficcional podés usar reglas distintas. Decir “Borges está caminando por las calles de Ginebra imaginando que se encuentra con sus amigos de la adolescencia” me permitía más usar el lenguaje borgiano que en el texto ensayístico. Salió espontáneamente. Pensé en sacarlo, pero finalmente me decidí a dejarlo, porque al final allí aparecen palabras que son muy borgianas. El inconsciente me traicionó.
–Ahí está el lector escribiendo.
–También es un homenaje a una tradición que yo cultivé. Defiendo que en el ensayo siempre se juega la literatura. El ensayo es lo antagónico al paper académico, a la monografía ordenada de acuerdo a una serie de variables y como se hace una tesis de doctorado. El ensayo es una experimentación, es un juego con el lenguaje hecho con una materia prima que tiene que ver con lo erudito del texto. Si vas a escribir sobre Borges, tenés que construir todo el aparato previo que te permite escribir sobre él y su obra. En el momento que pasás a escribir sobre el tema que se te ocurra, pero en tono ensayístico, el ensayo supone un estilo. Una de las características del ensayo es que es literatura y que se preocupa básicamente por la literaturalización de lo que está diciendo. Eso también está puesto en el libro.
–En el libro abordás desde distintos ángulos al Borges político. ¿Cómo lo sintetizarías?
–Hay muchas cosas alrededor de este tema. Borges ve a Perón con los ojos de su madre, y los ojos de su madre son los ojos de su abuela y de su abuelo, que vieron a Rosas. Ahí hay una mitologización: a través de sus ojos se vincula la primera tiranía con la segunda tiranía. Hay un instinto de clase, de pertenencia. Los Borges y los Acevedo eran segundones dentro del mundo de las familias tradicionales, pero Borges se preocupa por mostrar el legado criollo del coronel Borges, y de esa manera su historia tiene que ver con una determinada idea de nación. Al mismo tiempo está el otro Borges, el fascinado por el mundo medio marginal del Palermo de su infancia, el de los orilleros, de las milongas, el que juega con la dualidad entre barbarie y civilización. El Borges que sale a caminar por las noches de Buenos Aires y termina en Puente Alsina. Es un Borges al que le interesa meterse, siempre desde la distancia, en esa zona de lo popular. Pero una cosa es lo popular mitologizado bajo la forma de la gauchesca y otra cosa es lo popular como masa política. Siente frente a la plebe peronista, a la masa desarrapada, rechazo de clase. El Borges que sigue la pista de los cuchilleros de Palermo no tiene nada que ver con la transformación de lo popular en acción política, en movimiento de masas, en Perón. El Borges que se enfrenta a la figura del peronismo es el que regresa a su clase y tiene una visión liberal aristocrática de la política. Igualmente tuvo distintas travesías políticas. En su primera juventud tuvo una cercanía al yrigoyenismo; viviendo en Ginebra, frente al impacto de la Revolución Rusa y las vanguardias estéticas escribió algo agradable sobre la revolución; un rato después estuvo con los ultraístas españoles. Vuelve a la Argentina imbuido de ser un poeta de lo nacional. Publica en revistas de nacionalismo católico, hasta que vuelve a lo que tiene que ver con su padre, la tradición anglosajona, liberal, agnóstica y cosmopolita. Pero su forma de leer la literatura, Las mil y una noches, Shakespeare, Quevedo, Dante, José Hernández, es antagónica a cualquier nacionalismo. Si el nacionalismo es una lógica de la esencialización de la patria, es el final de una cultura capaz de entrelazar una cantidad de tradiciones y de lenguas. El problema es cuando Borges traslada esa tensión entre lo nacional y su visión cosmopolita identificando al peronismo bajo la forma del fascismo. Frente al subsuelo de la patria sublevado, él ve a la turba peronista como una masa desarrapada de bárbaros. Ese Borges se pierde algo. De todos modos, creo que su visión política no impregna en su literatura.
–¿Por qué entonces está tan presente el Borges conservador que apoya dictaduras?
–Hay un Borges, que no es menor para nada, sobre todo a partir de los 60, que se convierte en personaje que recorre el mundo y da miles de entrevistas, que aparece como constructor de frases, algunas de ellas espantosas. Ese Borges oral está casi a la altura del que escribe. Ahí encontrás más al Borges reaccionario, y podés entrever que su antiperonismo es más bien una forma de racismo social, una alergia ante la irrupción de las masas como sujeto político. Mientras las masas están difuminadas en lo popular mítico, no hay problema. Pero cuando las masas salen del olvido, del barro y de las orillas y van al centro y van a la Plaza de Mayo, eso ya es otra historia.
