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Caras y Caretas

           

Monzón y el camino de la gloria

Ilustración: Martín Fleischer

El empresario y promotor de boxeo llevó al púgil a convertirse en campeón mundial, título que defendió bajo su auspicio en trece oportunidades.

Las luces del Luna Park encandilan a cualquiera. Sobre todo a los que desde las tribunas más altas intentan seguir el conteo del réferi. El que está en la lona es Jorge “El Torito de Pompeya” Fernández, campeón argentino de los medianos. Parado, con pantaloncitos negros, Carlos “Escopeta” Monzón busca el rincón neutral y espera. Uno. Dos. Tres… el Torito busca aire, intenta levantarse, todavía siente el mazazo. La derecha cruzada, esperando de contra: una pared que se le fue encima y lo tiene, ahora, ahí tratando de recuperarse. Y se recupera. Es el cuarto round de una pelea a doce. La primera que el retador enfrenta a tantas vueltas. Amílcar Brusa se preocupa, sabe que su pupilo no está para bancar tanto. La anemia que arrastra por falta de olla, la bronquitis que lo dejó de cama, la fístula perianal que lo desangra y esa lesión de mierda en la mano derecha son un combo demasiado complicado para alguien que intenta arrebatarle la corona al mítico Fernández. Por eso Brusa fue claro:

–No me vaya a meter ritmo… no tenemos energías para una pelea a todo tren. Usted trabaje tranquilo… Espérelo de contra hasta que se le venga confiado y cuando lo vea venir cruce la derecha.

Y Monzón le viene haciendo caso. Por eso lo tumbó en el cuarto, pero el Torito ya está de pie y vuelve a defender lo que es suyo. Los doce rounds pasan sin sobresaltos, las tarjetas anuncian que hay un nuevo campeón argentino, oriundo de Santa Fe, Carlos “Escopeta” Monzón.

En el ringside, además de Ángel Clemente Rojas, estrella de Boca Juniors, está el dueño del circo. Juan Carlos “Tito” Lectoure sigue la coronación del nuevo campeón. No es la primera vez que lo ve, por eso no le sorprende la potencia de esa derecha. Así y todo hay algo que no lo convence. No es un vistoso, no es de esos que prometen show, y para el negocio, sin esa chispa, no sirve…

–Mírelo, Tito, este muchacho es cosa seria… muy trabajador, siempre bien entrenado y tiene un espíritu asesino: no sube a boxear, sube a pelear.

El que habla y pide que lo tenga en cuenta es Manuel Hermida, programador de peleas en el interior, representante de Brusa en Buenos Aires; el que escucha es el zar del boxeo argentino, uno de los mejores del mundo junto a Don King y Bob Arum.

Es sábado 3 de septiembre 1966 y Monzón festeja más por los 300 mil pesos que le permitirán construir la casa a sus padres que por la corona. Un mes después, el combate tiene revancha. Esta vez, Fernández pone en juego el título sudamericano. Monzón también se lo arrebata. Lectoure se resigna ante los hechos y decide apostar.

Los primeros combates que le organiza son en Estados Unidos. Lectoure está convencido de que Monzón necesita foguearse, tener el roce que tienen los grandes, antes de tener una pelea importante.

DE LA ARGENTINA AL  MUNDO

En 1967 se sube al ring catorce veces y ocho en 1968. Ese año, en la inauguración del Madison Square Garden, el título mundial de los medianos tenía un nuevo rey: el italiano Nino Benvenuti se consagraba campeón mundial al vencer a Griffith. No mucho después, Lectoure recibe una llamada:

–Tito, hoy Monzón le gana a Benvenuti, acordate lo que te digo, si tenés la suerte de armar esa pelea gana Monzón.

Lectoure recoge el guante. Consigue la filmación de la pelea y se encierra a verla. Una. Dos. Tres veces. El humo del cigarrillo vela la imagen en blanco y negro. Los ojos clavados en Benvenuti. Lectoure ve en los movimientos del tano una oportunidad para Monzón.

En un viaje a Nueva York, se encuentra con el mánager de Benvenuti, que le comenta que no consigue rivales para Nino. Lectoure le ofrece pelear en el Luna con Monzón, a diez rounds. Para convencerlo pone sobre la mesa 30 mil dólares, el doble de lo que pagaba por rivales para boxeadores más taquilleros. La respuesta fue negativa.

Mientras, Monzón se queda en Buenos Aires, en el hotel Plaza Roma, frente al Luna. Entrena desaforado en el gimnasio, es el primero en llegar cuando las luces de la mañana todavía no alcanzan claridad. Hermida trabaja con él la técnica. Le enseña a caminar el ring, siembre bajo la mirada de Brusa.

En 1969 Monzón llega al primer lugar en el ranking de la Asociación. Ya no pueden negarle la pelea por el título. Y es Lectoure el que se asegura de que suceda. Él se hace cargo de la rosca y cuando ya tiene todo ajustado levanta el teléfono y llama:

–Hola, Brusa, dígame una cosa: ¿usted está sentado?

A partir de ese momento Lectoure le pide a Monzón que no pelee más. Pero él se niega, necesita el dinero de las bolsas para mantenerse y mantener a su familia.

–Cuánto necesita por mes para vivir…

–80 mil pesos.

Lectoure cumple. Monzón se enfoca en un único objetivo: Benvenuti.

El 7 de noviembre de 1970 en Roma, Carlos “Escopeta” Monzón se alza con el título del mundo. A la vuelta, en Ezeiza lo esperan unas 20 mil personas. 

Detrás de él, entre su gente, se asoma Tito Lectoure. Trece defensas del título del mundo vivieron juntos. Pasó la revancha con Benvenuti, Emile Griffith, Denny Moyer, Jean-Claude Bouttier, Bennie Briscoe, otra vez Griffith y Bouttier, Mantequilla Nápoles, Tony Mundine, Tony Licata, Gratien Tonna. La última, el 26 de junio de 1977 en Montecarlo contra Rodrigo “Rocky” Valdez. Las versiones cruzadas siempre tienen al dinero en el centro de la pelea entre el boxeador que ya empezaba a cegarse con las luces del jet set y el empresario que lo hizo grande. Algunos dirán que esa pelea solo fue posible porque los “amigos del campeón” supieron hacer sus negocios y para eso necesitaban que Lectoure saliera de escena.

Escrito por
Juan Carrá
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