Si el indomable periodista deportivo Dante Panzeri, quien calificaba al boxeo como “homicidio legalizado”, hubiese elegido un lugar para el resumen de la carrera boxística de Carlos Monzón, sin duda su destino sería las páginas policiales o judiciales de cualquier medio.
Pero los insistentes cronistas del boxeo batallan por elaborar estadísticas que se renuevan cada año. Monzón tiene las suyas. La más simple: como profesional 87 victorias, nueve empates, tres derrotas y un combate sin decisión.
Se vengó de los tres boxeadores que le ganaron y de ocho de quienes habían empatado con él. El único rival al que nunca derrotó fue Ubaldo Marcos Bustos. El orgulloso Bustos se retiró en 1968 sin darle a Monzón una revancha.
Su debut amateur fue el viernes 2 de octubre de 1959, a los 17 años, un mes y 25 días. Primer viático de 50 pesos.
Su debut profesional, el miércoles 6 de febrero de 1963. A cuatro rounds en el Club Ben Hur de Rafaela. Monzón tenía 20 años, cinco meses y treinta días y noqueó en el segundo al entrerriano Ramón Montenegro.
El 28 de agosto de 1963, en el Luna Park, sufrió su primera derrota. Por puntos, frente al platense Antonio Aguilar. En una de las tantas entrevistas que Aguilar dio bajo el título “El hombre que le ganó a Monzón” contaba que no lo conocía. “Me dijeron que Carlos pegaba fuerte y que había que cuidarse de él. Vinimos desde La Plata en tren un día antes de la pelea, que iba a ser un miércoles, y fuimos al hotel Splendid Bouchard, frente al Luna. No tengo ningún recuerdo de Monzón… Me pareció un muchacho fuerte, pero desmañado, muy rudimentario. Moviéndome constantemente para no ofrecerle un blanco fijo y tratando de anular sus brazos largos, logré ir sacando ventajas. No me colocó ningún golpe fuerte, y hasta me dio la sensación, en su delgadez, de que era algo débil… Eran otros años. Cuando terminó la pelea solamente pensaba en volver a mi barrio Los Hornos, de La Plata. Mi única ambición era pelear y ganar, sin descuidar mi empleo en el Jockey Club. ¿Cómo iba a preocuparme por un tal Carlos Monzón?”.
Monzón peleaba a razón de once combates por año y en cualquier lugar del país.
El 1° de febrero de 1966 se coronó campeón mediano de Santa Fe y el 3 de septiembre del mismo año ganó el título argentino mediano en el Luna Park ante Jorge Fernández, El Torito de Pompeya. Fue con el dinero de esa pelea que levantó su casa ladrillo por ladrillo y una foto que lo muestra de albañil, orgulloso y sonriente, se multiplicó en cuanto documental se lanza sobre su campaña. Con otra victoria ante Fernández ganaría el cinturón sudamericano mediano.
CAMPEÓN DEL MUNDO
Para el manejador del Luna, Juan Carlos Tito Lectoure, estos dos triunfos merecían conseguirle rivales internacionales para foguearlo. Estadounidenses, panameños, peruanos, brasileños y dominicanos llegaban a Buenos Aires para probar al hombre de la cautela agresiva.
El 7 de noviembre de 1970, Monzón buscaba en Italia el título del mundo en su primera salida fuera de Sudamérica. Monzón, que no era favorito por 3-1, tiró a Nino Benvenuti en el round 12.
Giovanni “Nino” Benvenuti era ídolo de los italianos, medio galán y actor en películas de bajo nivel. Había ganado la medalla de oro en la categoría welter en los Juegos Olímpicos de Tokio. Hasta que llegó la noche lluviosa de su derrota en el Palazzo dello Sport. A Monzón le infiltraron las manos gracias a una gestión del técnico de fútbol argentino, Juan Carlos “Toto” Lorenzo, que vivía en Italia. Las 16 mil personas que esperaban la victoria del local tapaban el grito de doscientos argentinos. Los expertos calificaron su desempeño como un trabajo de demolición y el desplome de Benvenuti en su propio rincón selló un nocaut que empujó el voto de la Pelea del Año para la revista estadounidense The Ring. A Monzón le quedaron 7.855 dólares netos de la bolsa. Pero a partir de allí sus ingresos por publicidad elevarían su nueva fortuna. Sus apariciones con una camiseta con marca de Fernet hablaban de ello.
Las defensas fueron ante Benvenuti, Emile Griffith (dos veces), Denny Moyer, Jean-Claude Bouttier (dos veces), Tom Bogs, Bennie Briscoe y José “Mantequilla” Nápoles (cubano, pero que pelaba bajo la nacionalidad mexicana).
Para los argentinos sería inolvidable la noche de la séptima defensa en el Luna Park. Su rival era el estadounidense Bennie Briscoe, y Monzón estuvo al borde del nocaut. Todo el drama quedó patentado en aquella foto en la que Monzón abraza a Briscoe y mira el reloj para ver cuánto tiempo de pelea resta.
La segunda ante Griffith (2 de junio de 1973 en Mónaco) fue otro sufrimiento de su recorrido como campeón. Después del décimo round y al llegar al rincón, Brusa le escuchó decir a Monzon: “Don Amílcar, tíreme la toalla, no puedo más, estoy muerto”. Brusa le dio ánimo con el viejo recurso de nombrar a la familia que lo estaba viendo por televisión en la Argentina. Monzón reaccionó. El fallo fue unánime pero bastante ajustado: Piero Branbilla (italiano): 147-145; Raymond Beldeyrou (francés): 147-143, y Karl Bertest (alemán): 147-144.
El Consejo Mundial de Boxeo le sacó el título mediano en 1974 por negarse a pelear con el primer retador del CMB, el colombiano Rodrigo Valdez. También lo acusaban de haberse ido de París sin haberse presentado al control antidoping después de su segunda pelea contra Bouttier.
La lista de éxitos como campeón mundial siguió con sus victorias contra Tony Mundine, Tony Licata y Gratien Tonna.
Su única pelea en los Estados Unidos fue en el histórico Madison Square Garden ante Licata.
Como Rodrigo Valdez le había ganado el título vacante de peso mediano de la CMB a Bennie Briscoe, la unificación de los títulos (AMB y CMB) era el gran premio para ambos en 1976. Quien manejaba los destinos de Monzón en sociedad con Lectoure era el italiano Rodolfo Sabbatini, quien les ofreció 250 mil dólares a Monzón y 200 mil a Valdez. Monzón y Brusa sabían que el colombiano era muy ordenado y compacto y que golpeaba fuerte abajo. De los dos campamentos se alimentaba la publicidad. A Valdez le decían Rocky y declaró antes del combate: “Monzón está enojado conmigo porque dije que lo mejor que tiene es Susana Giménez, pero sabemos que será el rival más difícil de mi carrera”. Monzón copiaba el estilo de Ringo Bonavena: “Él empezó primero, porque habló de Susana. ¿Así que caza tiburones con dinamita? Entonces lo voy a cagar a trompadas a él y a los tiburones”.
Valdez llegó con exceso de peso y subió a la balanza varias veces. Después de un trámite parejo en el penúltimo asalto (14), el colombiano recibió un derechazo y cayó apoyando sus guantes en la lona. Era lo que necesitaba Monzón y así ganó por puntos 73-69, 74-72 y 73-71, unánime.
El 30 de julio de 1977 llegó la revancha contra Valdez en Montecarlo. Monzón fue a la lona en el segundo round por una precisa derecha del colombiano, tocó el piso con su rodilla, se levantó inmediatamente y alzó sus brazos para mostrarle al árbitro que no había pasado nada y miraba a Valdez como para destruirlo. Pelea terrible para ambos. Monzón con el tabique sangrante y Valdez con una ceja cortada. Era la pelea 100. Cobró 500 mil dólares, ganó por puntos y enseguida anunció el retiro.
Fue campeón mundial de peso mediano durante casi siete años y defendió el título catorce veces contra once rivales. Recién en 2002 el estadounidense Bernard Hopkins superó ese récord en la categoría medianos: cuando logró su defensa 15 ante Carl Daniels.
No terminará nunca la discusión sobre la incomprobable división que generan muchos periodistas cuando dicen: “Hay que separar al deportista de la persona”.
Aquí no separamos nada: usted ha leído la síntesis de la extraordinaria carrera boxística de un femicida: Carlos Monzón.
