Francisco Varone había trabajado en la escritura de diversas series pero nunca como jefe del equipo de escritores cuando, por ciertas circunstancias y cambios de planes repentinos, quedó al frente del guion de la serie sobre Carlos Monzón. Convocó a tres colegas que tampoco tenían experiencia directa en ese terreno hasta entonces, pero apostó a su sensibilidad y talento: Leandro Custo, Gabriela Larralde y Gabriel Nicoli. En conjunto tenían la difícil misión de escribir trece capítulos en poco más de cuatro meses. “Era un delirio, pero a la vez una gran oportunidad”, recuerda Varone. El punto de partida era un desafío: trabajar sobre un personaje que había sido ídolo deportivo popular y femicida. El resultado estuvo atravesado por un movimiento feminista en boga y por la perspectiva que dan tres décadas de distancia: “Creo que acompañó la toma de conciencia sobre todos los planos y ámbitos en los que había violencia hacia la mujer y nadie decía nada”.
El impacto que produjo la serie quedó claro cuando el equipo se reunió ante una pantalla grande, para ver el capítulo final. “Estábamos tomando cerveza, distendidos. Pero cuando llegó la escena del femicidio, no volaba ni una mosca. Se puso todo denso. Fue muy fuerte ver esa escena. Los técnicos de rodaje contaron que el momento de la filmación fue escalofriante, que fue duro también para los actores. Se sintieron en presencia de un femicidio.”
–¿Cómo se conjugó la construcción de un personaje que había sido un ídolo deportivo y a la vez femicida?
–Uno se queda a ver una serie cuando empatiza con el personaje. Cuando quiere ver qué le va a pasar en el siguiente minuto, la siguiente escena, el siguiente capítulo. Una gran cantidad de los que vieron la serie ya sabían que era el asesino. ¿Cómo hacer que alguien empatice con un personaje que en la línea del presente es un femicida, y en la línea del pasado rápidamente se convierte en un violento y golpeador? Tenía varias cartas en contra el personaje. Ese fue el principal desafío. ¿Cómo lo hicimos? Nos apoyamos en la línea del pasado, donde al ver la historia de él y breves escenas de su infancia y juventud vas entendiendo de dónde viene, su contexto, su carencia, y donde también se buscan características que despierten simpatía: su atrevimiento, su personalidad de ir por todo. Un hambre que primero es hambre de quien no tiene para comer y después es hambre de ambición deportiva, de comerse el mundo. Entender que todo eso tiene dos caras, que algo que parece algo bueno se puede convertir también en una cualidad que acarree cosas negativas.
–¿Hubo que “releer” el caso a partir de una perspectiva feminista que no estaba instalada cuando sucedieron los hechos?
–Hubo que releer el caso desde un contexto con una diferencia de treinta años prácticamente, porque se escribe entre 2017 y 2018. Hubo una relectura que va de la mano obviamente del movimiento feminista y cómo eso fue creciendo y llegándonos a todos. Pero no solo es gracias al movimiento feminista: el solo paso del tiempo permite cierta perspectiva. Operan las dos cosas. La relectura de la mano de una visión del feminismo y la propia del paso del tiempo y poder ver las cosas con distancia. Claramente, en el momento
del crimen y de los hechos no existía la mirada feminista, o existía en una minoría. La serie retrata esto: son muy pocos los personajes que pueden tener esta visión, casi de avanzada en aquel entonces. Es algo de lo que trae la serie. Viene a decir: “Mirá, hace treinta años estábamos todos con los ojos vendados respecto del lugar que ocupaba la mujer o cómo se la trataba o cómo se la veía o cómo podía ser sometida a montones de discriminaciones de uso diario y corriente”.
–¿Se buscó mostrar que había complicidad, silencio o inacción del entorno de Alicia Muñiz hacia una violencia que era visible?
–Sí, se trató de hablar de la inacción. Recuerdo que Alicia Muñiz fue a hacer una denuncia a la Policía y le dijeron: “Bueno, señora, vuelva a su casa, pídale perdón a su marido”. Hay un capítulo entero dedicado a Alicia donde lo habla con amigas y hay una tendencia a minimizar lo que le pasa. Otro, cuando Susana Giménez lo deja: Monzón acaba de ganar una de sus peleas defendiendo el título y ella aparece toda golpeada, en la habitación del médico de Monzón. Él abre la puerta y la contiene, le da un medicamento. Pero no es que el médico llama a la Policía y hace una denuncia. Eso está contado así. Y no es solo el entorno el que no escucha o no acciona, también la mujer estaba en un lugar de bastante desamparo donde tampoco sabía muy bien qué hacer o cómo resolver una situación así, o a quién acudir.
–¿Qué rol tuvo el expediente judicial del caso en la elaboración del guión?
–El rol del expediente fue clave. Empezamos a escribir la serie usando algunos libros, como el de Marilé Staiolo, y como había varios libros más fuimos leyendo todo pero nos dimos cuenta de que a la trama del presente, el crimen y el policial le faltaba mucho condimento: las idas y vueltas judiciales, qué había investigado el fiscal, de qué lo acusaban a Monzón, cuáles eran las pistas. Toda la parte de género policial se termina construyendo leyendo el expediente, que era de mil páginas. Necesitamos de la asistencia de abogados que nos supieran explicar qué significaba cada cosa, cuáles eran las partes más jugosas o destacadas que podíamos usar. Entrevistamos a la jueza, a la abogada defensora de Monzón. Las entrevistas con familiares también fueron fundamentales, fue lo primero que se hizo cuando me sumé al equipo.
–¿Qué impacto produjo la serie a nivel social?
–Por lo que escuché de gente cercana que la vio, hubo una toma de conciencia o poder ver claramente cómo antes toda esta violencia y en especial hacia la mujer estaba como algo establecido en la sociedad, algo normal. Creo que eso es lo que llamó la atención. Antes en las novelas siempre el hombre le pegaba un cachetazo a la mujer. Eso es lo que se terminó de entender y a la par, con un movimiento feminista que por esas épocas estaba con una fuerza impresionante, rápidamente uno empezó a ver que no hacía falta irse tan atrás, que esa violencia estaba también en los medios, en las publicidades, en las ficciones y en la calle, esto del famoso “piropo”, el “andá a lavar los platos”. Creo que la serie acompañó esta toma de conciencia de todos los planos y ámbitos en los que había violencia hacia la mujer y nadie decía nada.
