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Caras y Caretas

           

Glorias en tiempos revueltos

Ilustración: Gabriel Hernán Ramírez

Todavía se ven brillar ojos y sacudir cabezas al cielo tras evocar al “Escopeta” Monzón, “El Elegante” Locche o el corajudo Galíndez. O mismo al respetable Miguel Castellini. Dueños por completo de toda una década, aquellos tumultuosos años 70.

Qué cantidad de ansiolíticos habría que tomar si en estos tiempos tuviéramos que esperar que el periodista asignado mandase por el teletipo el cable con un resultado deportivo.

Un 4 de diciembre de 2008 estaba atravesando las puertas del lujoso Luna Park para ir a hacerle el aguante al compañero de gimnasio Diego Loto, ver a Víctor Ramírez, a Marcela Acuña vencer a Alejandra Oliveras y a Yésica Bopp consagrarse campeona del mundo por primera vez. Claramente, no pertenezco a los románticos del ring de los 70.

Diez años antes de que yo le abriera los ojos al mundo, Miguel Ángel Cuello superó por nocaut en el noveno round al norteamericano Jesse Burnett en la categoría medio pesado. Cuello se consagró en el Stade Louis II de Montecarlo con la faja del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), mismo escenario donde un mes más tarde, el 30 de julio, Carlos Monzón dio el último escopetazo de una impoluta carrera ganándole al colombiano Rodrigo Valdez en combate revancha, y cumpliendo con su décima cuarta defensa exitosa. Ese año 1977, la más grande figura, la bestia de la precisión, el galán morocho y rústico que brillaba con pocas palabras, se bajaba del ring para no volver.

Pensar que un año antes, más precisamente el 22 de mayo de 1976, Víctor Emilio “El Leopardo de Morón” Galíndez estaba dejando con sangre su sello en la historia sobre el cuadrilátero montado en el Rand Stadium de Johannesburg, Sudáfrica, para lo que fue su quinta defensa del cinturón medio pesado por el lado de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) frente al estadounidense Richie Kates. Mismo día en el que, casi en sincronía escalofriante, los argentinos recibieron la noticia de la muerte del ídolo popular Oscar “Ringo” Bonavena, quien para 1970, el 7 de diciembre, había paralizado al país tras viajar a enfrentarse con el ícono de la era, Cassius Clay, el rey de los pesados.

PERÍODO DE CAMPEONES

En momentos de fantasías infantiles imaginé más de una vez haber nacido en otra época, en las pasadas donde los grandes momentos del boxeo abundaban y teníamos seis campeones del mundo en simultáneo en diferentes divisiones de peso. Y encima el Luna Park abría casi que de lunes a viernes para los fanáticos del noble arte de los puños. Si me habré soñado despierta entrando vestida con un tapado al Luna para ver box.

Cada vez que me acomodo a preguntar sobre tiempos no vividos y respetando las canas de quienes la mamaron, se me despiertan mil imágenes en las que muy probablemente no hubiese encajado por ser mujer.

De proceso político en proceso político, de dictadura en dictadura. Y el mundo deportivo, específicamente el mundillo del boxeo, vivía la dorada burbuja deportiva entre cuerdas.

Osvaldo Principi me contaba que para él, que estaba dando sus primeros pasos firmes en el periodismo, recordaba que “en la primera parte de la década del 70 entre los cuatro deportistas más importantes del país no había un futbolista. Eran: Carlos Monzón, Guillermo Vilas, Roberto De Vicenzo y Carlos Reutemann. Y hay una gran diferencia cuando se habla de la milicia relacionada al deporte, como fue el tiempo de Onganía que fue un tirano duro que mandó presos a los jugadores de Estudiantes después del partido con Milan. Lanusse que suple a Onganía se acercó más al deporte y a la población con una imagen más democrática dentro de la milicia. Lanusse recibía a Monzón y emitía el mensaje presidencial para felicitar al boxeador ganador por medio de las radios que esperaban ese mensaje obligado. A pesar de todo, la pasión que había por los boxeadores era única. Se hacía el paseo triunfal por la calle Corrientes hasta el Luna Park. La gente salía de las oficinas y tiraba papelitos ya antes del Mundial 78. Era muy común la llegada en autobombas como lo fue la de Locche en 1968, Monzón en 1970, Galíndez en 1977. Había una euforia y una pasión por el deporte que se imponía a esa época de la milicia donde la violencia y la persecución fueron distintas a lo que sucede en el año 74 después de Isabel. Luego vendría la junta militar con Videla, Agosti y Massera. Ya no estaba Nicolino, Monzón estaba en una cúspide total y estaba Miguel Ángel Cuello con menor nivel popular y Miguel Castellini que fue campeón en el 76, pero tenían otra llegada popular. Había un gran consumo, devoción y apoyo. Monzón versus Emile Griffith en el 71, en el Luna, fue un suceso; las entradas se agotaron enseguida. El día jueves lo llama el presidente Lanusse a “Tito” Lectoure y le dice que esa pelea era un hecho de dominio público para el país y que debía televisarse gratuitamente por canal 7. Una manera sutil de darle una orden a Lectoure que debió aceptar. Porque las peleas se pasaban en diferido los lunes en “El Mundo del Espectáculo”, por canal 13. Ninguno de los campeones era obsecuente a los gobiernos para ese entonces. Monzón le dedicaba sus victorias a Santa Fe y después “a todos los argentinos”.

Por otro lado, en el mundo se continuaba luchando contra el racismo y el boxeo no estaba al margen: cuando fue la pelea de Galíndez en Sudáfrica frente a Pierre Fourie, un sudafricano blanco, mientras Nelson Mandela estaba preso, el boxeador argentino expresó su apoyo a la comunidad afroamericana. Mismo los organismos reguladores, AMB y CMB, no adhirieron nunca al apartheid que había en Sudáfrica o la discriminación en Estados Unidos.

El boxeo de hoy perdió espectacularidad en la Argentina. La economía ha sido siempre un factor determinante y hoy los pibes no sueñan tanto con ser campeones del mundo con el box. O a veces quedan en el camino porque el país no les permite pensar en que podrían ser atletas destacados y comprarse una casita. Imposible. Carlos Monzón, como muchos otros, salió de uno de los lugares más pobres de Santa Fe y encontró entre las cuerdas la oportunidad de ser alguien más, de una inserción social que, además de darle un buen pasar económico, lo inmortalizó. Eso está cada vez más en extinción.

Tal era el caso de los Juegos Olímpicos de Montreal de 1976, cuando tuvo su oportunidad el marplatense Hugo Patri, que tras inspirarse en un vecino boxeador y en Locche comenzó a disciplinarse hasta llegar a campeón argentino y sudamericano, e incluso con chance mundialista cumplida. El olímpico Patri hoy atesora haber estrechado manos con Ray “Sugar” Leonard en Canadá.

Y como me recitó el ex boxeador Abel Bailone, otro protagonista de las noches del Luna, hecho máximo para los jóvenes de aquellos tiempos: “un sábado más”, como dice la letra de un tango de Chico Novarro… “Un sábado más / esta noche minga de girar / si esta noche pelea Locche en el Luna Park”…

Ojalá volvieran esos años de pasión y de gloria, pero sin sangre por las calles ni libertades quebrantadas. Ojalá el boxeo vuelva a ser impulsado y admirado.

Escrito por
Yesica Palmetta
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