Hubo un tiempo en que un concierto de rock local en una cancha de fútbol no era algo habitual, el público no asistía con banderas que tipificara a cada uno por barrios y, fundamentalmente, el espectáculo sucedía y tenía su razón de ser exclusivamente arriba del escenario. Hasta que a principios de los 90 el rock se “futbolizó”.
Entonces, las hinchadas, con sus rituales en la previa, durante y post-partidos, engrosaron la audiencias de los recitales de rock y ambos universos, que hasta allí habían transitado caminos paralelos, se entremezclaron. Existe unanimidad en ubicar la simbiosis o penetración, para ser más exactos, porque en realidad la filosofía futbolera se apoderó del rock, entre finales de los 80 y principios de los 90: es decir, ese momento histórico del país en que la inflación minó la fe ciega en la democracia como curadora por sí misma de todos los males y el neoliberalismo asfixió casi todas las esperanzas.
Por un lado, se generó una gran masa de jóvenes expulsados del sistema por las políticas de ajuste, demonizados por los agentes del sistema y blanco continuo de arbitrariedades policiales. Esos chicos necesitaban un espacio de pertenencia en donde pudieran ser ellos mismos y vivir la ilusión de que eran coprotagonistas de algo sublime. Por otra parte, en los 80, el rock argentino se expandió a todos los espacios sociales y se erigió en una industria vigorosa. De ahí a llenar estadios, había muy pocos pasos.
VÍA MUNDIAL DE MÉXICO
“El cambio comenzó después que ganamos el Mundial en México. Todos se volvieron fanáticos, todo era fútbol. Al poco tiempo me cruzó un flaco de calle a calle y me empezó a cantar en tono de hinchada ‘casémonos vía México’, como en la cancha, y agitando los brazos. Eso se hizo costumbre. Terminaron todos cantando así en los recitales. Fue algo espantoso”, recuerda Miguel Zavaleta, líder de Suéter.
La baterista, cantante y compositora Andrea Álvarez entiende que esta moda “también apareció muy arengada desde los medios”, en donde “se empezó a imponer que cuanto más bengalas, más quilombo, más pogo, más exitosa era la banda, porque la popularidad tenía que ver con eso”.
“Empezó a aparecer el rock barrial, con revistas en las que directamente se rankeaba la cantidad de bengalas que había en determinado show. Como si el público mismo, como protagonista, era el que daba validez a la banda. Le hacían creer a la gente que era importante. Cuando supuestamente quien es importante –el que te da algo que vos vas a buscar– es el artista”, remarca.
A lo largo de los 90, la escena local se dividió a grosso modo entre el rock barrial, con fuerte reivindicación de su origen humilde, letras que narraban hechos cotidianos, estilo musical sencillo y directo, y videos en donde se hacía hincapié en la cultura del aguante de sus seguidores, con sus correspondientes rituales y sus tintes épicos; y el llamado nuevo rock argentino, una movida más heterogénea pero con mayores pretensiones exploratorias en lo sonoro y lo visual.
“El público se comportaba como en la cancha. Llevaba banderas y había tipos que daban la espalda al escenario arengando a los demás ‘griten, griten’, como en la cancha”, lamenta Zavaleta. Y añade: “Fue una época espantosa porque cualquier sutileza que hicieras era ridícula, no valía la pena. Las cosas se hacían lisa y llanamente para vender”.
UNA CONTRADICCIÓN
Claudio Quartero, líder de La Saga de Sayweke, bajista de Skay y los Fakires y ex colaborador estrecho de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, señala la contradicción entre un show de estadios y la búsqueda artística genuina.
“Los estadios están preparados para el desarrollo de actividades que no requieren las mismas cosas que otras expresiones. La necesidad de albergar una gran cantidad de espectadores solo tiene un fin comercial que va en desmedro de las necesidades que requiere atención, de parte del público, y exposición, del artista. Un ámbito en el que se pierde la esencia genera otra cosa, que ‘hombres lobos’ se percataron que podían usar para ganar dinero, poder y prestigio”, reflexiona.
“Para lograr más rápido y más seguido esto –continúa–, había que tener propuestas que se amolden y, mejor aún, que tengan las mismas metas, es decir, socios. Y así, la continuidad forjó la costumbre y de allí creó el folklore”.
Álvarez entiende que “el rock barrial no empieza queriéndola pegar, sino como una necesidad espontánea, absolutamente verdadera de pibes que quieren hacer canciones”, pero enfatiza que “después aparece el negocio de la música y la especulación de los productores”.
“Es una forma de hacer un discurso colectivo con un beneficio absolutamente individual. Ahora se nota que los artistas hacen alguna canción para armar el pogo. La música es lo menos importante, lo que importa es que entre todos le armamos esto a este artista o banda y nos vamos contentos pensando que tenemos el poder de generar algo”, describe la baterista.
Y remata Quartero: “Hoy en los estadios hay muy pocas propuestas opositoras a ir con el rebaño, pero sí muchas que cumplen el perfil, con artistas y espectadores entregados, que dan y exigen poco”.
Curiosamente, Rodrigo Martin, líder de Juana la Loca, banda surgida en aquellos años y que se ubica en las antípodas del llamado rock barrial, aportó un particular punto de vista que subvierte la noción de “futbolización del rock”.
“Yo lo pienso al revés. Creo que el rock ‘rockeó’ al fútbol. Creo que la gente entona melodías de canciones de rock para alentar a su equipo y los jugadores se hacen eco de esas canciones, para alentarse a sí mismos, y para acentuar una identificación con la gente. Creo que muchas de las hinchadas utilizaron al rock como vehículo de aliento a su equipo y para referenciarse con el club, con la historia, con los colores”, conceptualiza el músico, quien justamente creó un tema rockero dedicado a Racing Club de Avellaneda titulado “Distinto a los demás”.
