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Caras y Caretas

           

Enrique Raab, nuestro cronista en La Habana

El gran periodista desaparecido en 1977 trabajó en los principales diarios y revistas de su época, militó en el PRT y en 1973 viajó a Cuba y compiló sus crónicas en el libro Cuba: vida cotidiana y revolución.

Corre diciembre de 1973. Un periodista argentino –calvo, de traje y mocasines– llega a La Habana para escribir sobre la revolución. Es el enviado especial del diario La Opinión y una de las mejores plumas: Enrique Raab. Sus ocho crónicas saldrán entre el 5 y el 13 de febrero y se compilarán, ese mismo 1974, en el libro Cuba: vida cotidiana y revolución. ¿Qué vio y oyó en La Habana durante treinta días? ¿Qué facetas del proceso rebelde narró con maestría Enrique Raab?  

La memoria colectiva consigna a Rodolfo Walsh en el podio de los grandes cronistas de los años 60 y 70. Pero la mención estará incompleta sin rescatar la obra y la figura múltiple de Enrique Raab, quien descolló en Primera Plana, Confirmado, Análisis y Siete Días; fue experto en cine y teatro; un culto amante de la ópera; marxista militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y un gay austríaco de origen judío que fue secuestrado y desaparecido en la ESMA en 1977, a los 45 años.  

El tiempo y la historia comenzarían a hacer justicia con su legado inagotable. ¿Cuántos Enrique Raab tuvo el periodismo y la cultura argentina? ¿Cuántos esperan por delante? Basta verlo en La Opinión –de Jacobo Timerman– a partir de 1971: sus crónicas y coberturas de política, cine y teatro, así como sus diversos reportajes –con gran potencia narrativa– colocaron a Enrique Raab entre los mayores cronistas locales. Y su aura era distinta a todos: iba de traje a las huelgas, confiaba en la revolución mundial, asistía a las funciones de gala del Teatro Colón y sus artículos no estaban exentos de un humor muy personal.  

Recién en 1999 llegaría la primera compilación de la obra de Enrique Raab: Crónicas ejemplares: diez años de periodismo antes del horror, 1965-1975, por Ana Basualdo. Otra, de 2015, es Periodismo todoterreno, por María Moreno. Pero ambos volúmenes, de profusa edición y grandes textos, no abarcaron las ocho crónicas que hizo Raab en La Habana en 1974 y que fueron reunidas en Cuba: vida cotidiana y revolución, de Ediciones de la Flor (hoy descatalogado).  

La revolución y la vida

Su importancia es capital para volver a Raab: en esas crónicas se condensa su método de trabajo, su inimitable estilo y su sutil mirada sobre la revolución. Escribe Raab en el prólogo, en abril de 1974: “Las virtudes que encuentro en estas notas son su pasión y cierto afán casi compulsivo de contar a mis compatriotas el germen de un mundo distinto, cuyas imperfecciones provisorias no atenúan en nada la premonición maravillosa de lo que será la sociedad del futuro”.  

Y dice Raab más adelante: “Por ahora, lo que Cuba me ha transmitido es la fe en otra sociedad inminente; es la certeza de que un nuevo hombre se está gestando”. Pero sus crónicas están muy lejos del panfleto unilateral sobre las luchas de los años 70 en pos del socialismo. Raab ve la complejidad cubana con la misma riqueza de sus críticas de cine, sus descripciones musicales o sus mordaces reseñas de la televisión argentina. Ante todo, se apoya en “ese trabajo repentista, imperfecto y desprolijo que es el periodismo”. 

Su primera crónica se titula “Grupos de izquierdistas norteamericanos trabajan voluntariamente en la zafra” y comienza en México. Raab traza un reflejo de “los gusanos en Nueva York” y oye las voces de los simpatizantes políticos entre “Cuba y el Bronx”, hasta que toma el esperado vuelo de Cubana de Aviación –de dos horas y media sobre el Atlántico–. Luego vendrá su primer deslumbramiento, no exento de matices: “La Habana es un ejemplo de construcción urbana que sobrevive gracias a la adaptación”.  

Como experto cronista, Raab construye el escenario de su narración: describe casi cinematográficamente los barrios de La Habana para conjurar el pasado vivo, residual, en el presente revolucionario: “Es la historia de una transformación, o mejor, la historia de cómo, sobre el cementerio de una ciudad, puede construirse el andamiaje de otra, pensada para otras gentes, otros consumos, otro sistema de distribución”.  

Luego, Raab no solo registra homenajes al Che Guevara y a Camilo Cienfuegos, o frases de Fidel Castro reproducidas en las paredes de La Habana. Va a buscar “imágenes inconexas, fragmentos de conversaciones e impresiones ópticas de contundente elocuencia” sobre el día a día en Cuba. También recobra las vivencias de quienes no tenían nada antes de 1959 y cuyas vidas –como sus conciencias– fueron transformadas para siempre tras la victoria de los barbudos de Sierra Maestra.  

Es central la tercera crónica, titulada “En los CDR, los cubanos han conformado un organismo de masas de rara espontaneidad”. Tras recuperar varias escenas populares, Raab reconstruye una jornada en uno de los CDR (Comités de Defensa de la Revolución), “la principal organización de masas de este proceso”. Una elección de representantes “en la calle Blanco, en La Habana nueva”, será el puntapié para testimoniar las mociones vecinales, la votación y el habanero baile final en el CDR.  

“Hay que mirarlos con amor y respeto. Como siempre cuando se mira al pueblo que delibera”, escribe Raab, prefigurando la cuarta crónica. ¿Su título? “La cultura popular tiene los vicios típicos de los países subdesarrollados de América”. Aquí habla de los dilemas del consumo de arte tras la revolución: “Desde hace años, en los más altos niveles educativos de Cuba se viene discutiendo el problema de la cultura de masas: ¿hasta qué punto es bueno seguir dando, por televisión, los viejos melodramas mexicanos y argentinos, con su moral implícita de culpa y pecado?”.  

Luego de dar voz a funcionarios, Raab comprueba “la ascética impostación de la prensa cubana, como una enfermedad que todos reconocen, pero cuyo remedio nadie atina a encontrar”: lo dice sin olvidar el rol nada objetivo del periodismo en los países capitalistas. Y la quinta crónica es una pincelada de una costumbre con arraigo en la vieja usanza cubana: el casamiento. Se titula “La boda, según la tradición burguesa, tiene una aceptación muy discutida ideológicamente”.  

La sexta crónica adquiere un tono más épico: “Noviembre de 1973 fue el momento en que Fidel anunció un impostergable reajuste de la marcha hacia el comunismo”. Un discurso del líder en el XIII Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) es el disparador en torno de uno de los debates programáticos más álgidos entre los estímulos morales del Che Guevara, los estímulos materiales a los trabajadores y un principio que también se impregna en el camino socialista: “De cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo”.  

Raab escucha y cuenta nuevas historias; expone el rol diplomático del Instituto Cubano por la Amistad con los Pueblos (ICAP); no esquiva hablar de la burocracia en La Habana y halla revelaciones, sobre el mundo que se está edificando en Cuba, en boca de Alicia Alonso, la primera bailarina de la Revolución: “Antes yo estaba llena de lujos exteriores. Y ahora, trabajando para el pueblo, estoy llena de lujos interiores”.  

¿Cómo se titula la octava crónica de Raab? “Para los cubanos, el camino culminará con un proceso liberador en toda América Latina”. En ella describe a Roberto Fernández Retamar en su oficina de Casa de las Américas; muestra a Nicolás Guillén circulando entre las mesas del bar La Bodeguita del Medio; capta el ambiente del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica (ICAIC) y obtiene un dato clave: “Cuba gasta en su industria editorial el mismo porcentaje de su presupuesto que otros países latinoamericanos emplean para armamentos”.  

Raab se despide de Cuba con nuevas revelaciones de vecinos y vecinas consustanciados con esa ardua revolución: “Los que se han quedado, los que comprenden el proceso y están dispuestos a seguirlo, saben que no tienen nada que perder, todo para ganar”. El cronista retorna a la Argentina de 1974, atravesada por la crisis, la ebullición popular, los enfrentamientos y el dolor. Abraza la militancia y elige compartir la fe cubana en otra premisa de Fidel Castro: “El continente va a parir una revolución”.  

Escrito por
Patricio Féminis
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