Si todo cuerpo supone un campo de batalla, el de la mujer –sostienen feministas, escritoras y artistas– es uno especialmente minado. Sujeto, antes que a cambios biológicos, a la mirada reduccionista y carcelaria del discurso patriarcal, el cuerpo no es, en verdad, ningún castigo. En todo caso, y como afirmara Sonia Budassi, el castigo es que se hable y se hable sobre él hasta que duela tenerlo. En Diario de una mudanza, la última novela de la escritora y traductora Inés Garland, se coquetea con aquello que algunos críticos denominaron autoficción: una ficción del yo, y no una autobiografía, en la que el nombre autoral se inmiscuye en la literatura a medias velado, a medias desnudo.
Garland, sin embargo, no quiere esconderse, ni pasar –a medias– desapercibida. Más allá de las vivencias concretas que pudieron –o no, poco importa– servir de base para esta novela, lo cierto es que los prejuicios contra los que lucha la protagonista e, indirectamente, y sin proponérselo, las ideas por las que batalla (sin ser esta una novela de tesis ni un manifiesto de ninguna clase) representan una bandera cara a las opiniones autorales y a la visibilidad de ciertas “temáticas” feministas. Pero vayamos por partes.
Sentidos por descubrir
Inés, la narradora y supuesta diarista del libro, se descubre atravesada, en cuerpo y mente, por la menopausia. Por la angustia, las molestias, los fríos envolventes y los calores atroces de la menopausia. Este cambio corporal se articula con cambios exteriores y, simultáneamente, personales. “El mes de marzo del año en que las fichas de los médicos anotan mi menopausia se murió mi padre (…) Dos meses más tarde mi hija se fue de casa.” El cambio se torna desde aquí requisito fundamental para proseguir una vida; una vida que, a todas luces, exige modificaciones. Es necesario, afirma la narradora, mudarse ella también: vender y dejar la casa como quien abandona tras de sí una piel, un caparazón, una forma de entender a los demás y, sobre todo, a sí misma.

De esta manera, se abre un desafío crucial. Animarse a dejar atrás las ataduras sociales y familiares, los discursos conservadores que supo mamar desde su infancia y a partir de los cuales se estructuraron su cabeza, su deseo, su autopercepción. “‘De generación en generación, de mujer en mujer’ decían en mi casa que a partir de cierta edad ya no se trata de agradar sino de no desagradar.” Durante el siglo XVIII, anota Inés en uno de los primeros capítulos, o entradas, la menopausia era considerada, sin más, como una forma de “muerte social”. En un sentido, la “mudanza” de este “diario” implica resistir dicha muerte preconcebida, repensarla desde una escritura capaz de extraer –de una experiencia cristalizada por signos conservadores– significados nuevos, o mejor: sentidos por descubrir.
Probablemente en las relaciones amorosas –como en las relaciones de todo tipo– nadie tiene idea de lo que ocurre con y en el otro. Pero el asunto empeora, sin lugar a dudas, cuando los hombres con los que se relaciona la protagonista conciben el sexo únicamente como un estricto acto de penetración física, a diferencia de Inés, que, en su acepción del deseo sexual, sigue a John Berger: “El plan es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor. En todo deseo hay tanta compasión como apetito (…) La conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar, necesariamente temporal, para eximirse de la herida incurable de la carne”.
En una sociedad en la que imperen ideas o boutades como las de que el tiempo es el peor enemigo de la mujer, los cambios corporales se muestran inevitablemente ligados al deterioro y la decadencia. Diario de una mudanza propone el movimiento inverso; un trayecto lento y arduo de redescubrimiento para reconsiderar concepciones (machistas) puestas en práctica por todos los géneros. Tal vez lleve mucho, casi demasiado tiempo, pero es el precio a pagar, porque de eso se trata: de observarse en el espejo, de “mirarse de frente”, en términos de Vivian Gornick, y distinguir en las arrugas del rostro el mapa de una vida vivida a la altura del deseo propio.
