“Me costó trabajo aprender a vivir, pero aprendí a vivir, a leer, a pensar por mi cuenta. Si fuera verdad que la inteligencia se desarrolla mejor cuando encuentra resistencia, yo tendría que ser la mujer más inteligente del mundo. Fui resistida y resistente”, dijo Tita Merello al describirse a sí misma en su libro La calle y yo.
Resistente, llegó a los 20 años sin saber leer ni escribir, tras una infancia dura y sin escuela. Poco más de un lustro después estaba incursionando en el periodismo gráfico. Lo hizo en 1931, en la revista Voces. Escribía crónicas, consejos y poemas. Una faceta de su vida de la que quedó poco registro.
Cuatro décadas después de aquel debut en una redacción y entrevistada por Miguel Paulino Tato para el programa televisivo Sábados de la bondad en 1971 –un ciclo que se transmitía durante seis horas los sábados por la tarde, conducido por Héctor Coire– la multifacética artista decía: “Estoy en estos días por recibir el carnet de periodista, que es el sueño de todas mis ambiciones. Creo en todas las instituciones”.
A LA REDACCIÓN CON CORBATA
Según escribió el periodista Néstor Romano en su libro Se dice de mí, biografía de Tita Merello, fue Simón Irigoyen Iriondo quien la alfabetizó, pocos años antes de dar sus primeros pasos en el periodismo. Era un hombre de la cultura, distinto a otros con los que se había relacionado hasta entonces. Cuando le confesó a Irigoyen Iriondo (familiar de Hipólito Yrigoyen) que no sabía leer ni escribir, él comenzó a enseñarle. Algunas versiones involucran en ese proceso de aprendizaje al periodista Enrique Borrás, del diario La Nación. A uno o al otro le atribuyen esta frase: “Es terca, muy terca. A veces ella parecía la maestra y yo, el alumno. Y no se podía rendir ante la evidencia de que era yo quien enseñaba, ¡es que siempre quería saberlo todo!”.
Además de escribir en Voces, Tita colaboró en la revista Nocturno, de Editorial Abril. Los relatos cuentan que cuando iba a la redacción llevaba a su perro, Corbata, y que no le gustaba tener compañía en el ascensor. Algunas anécdotas agregan que no había que mirarla a la cara ni tocar a su mascota. O el resultado podría ser a una reacción poco simpática.
“Cuando quedé a cargo de una publicación de la Editorial Abril le propuse escribir un artículo semanal, dedicado a temas sentimentales. O ‘del corazón’, como se los llama en la jerga periodística. Le encantó la idea y aceptó de buena gana”, contó alguna vez el periodista y escritor Roberto Alifano.
Al recordar a Tita y su paso por aquella redacción, dijo que “vivía entregada a la noble tarea de ayudar a la gente; sobre todo a las mujeres, que por aquella época eran en muchos aspectos ignoradas por los hombres y, con notoria crueldad, descalificadas en algunos casos. Toda su razón de vida estaba destinada a esa causa solidaria. Su frase, que se hizo popular, era la recomendación a las mujeres de no descuidar la prueba del Papanicolaou”.
LOS CONSEJOS DE TITA
Ese rol de consejera sentimental y cuidadora de las mujeres lo mantendría hasta la vejez. Hacia 1985, ya retirada de los espectáculos, frecuentaba programas de radio –llegó a tener el rol de conductora más de una vez– y televisión para compartir consejos de salud sobre todo para el público femenino, las personas jóvenes y de bajos recursos. Como si fuera la guía que ella misma hubiera necesitado cuando chica.
Tal vez por eso se tomaba tan en serio su desempeño como consejera desde los medios. En el libro Solamente una vez… quizás dos, el escritor y director de teatro Kado Kostzer narra sus encuentros furtivos con personajes con los que se cruzó en su camino. Allí aparece Tita Merello en su versión de periodista consejera.
“Resulta que Tita Merello tenía un consultorio sentimental y ella se manifestaba siempre con su opinión respecto de las historias que le llegaban en cartas. Muchas chicas le escribían y le contaban sus historias, a las que ella contestaba. Yo un día escribí una carta inventando una historia con todos elementos inventados, los cuales yo sabía que a ella le iban a parecer aberraciones tremendas. Yo pensé: ‘A esta carta la van a desechar, porque ni debe ser ella’. Pero no fue así, me la contestó punto por punto y me dijo: ‘Señora, lo que usted hace no tiene nombre’”, contó Kostzer a CNN Radio Argentina. Y añadió: “Ella era única, porque las cartas hablaban de chicas que sus papás no las dejaban usar minifalda, que sus novios las celaban, etcétera. Y ella las aconsejaba. Contestaba una a una, eso era así de verdad”.
El recuerdo del historiador de tanto José María Otero sobre esa etapa de la carrera de Tita es menos alegre. “Yo la traté brevemente, cuando compartimos distintos trabajos periodísticos en revistas de la Editorial Abril. Un día coincidimos en la cafetería de la editorial. Se la veía mal anímicamente”, escribió. Así reprodujo lo que recordaba de aquel diálogo con la célebre intérprete de “Se dice de mí”: “¿Vos me imaginás a mí dando consejos amorosos a las jóvenes en esta revista? Justo yo, que simbolizo todos los naufragios del amor y me moriré sola. Sola como anduve casi siempre, aunque a veces aparentemente acompañada. Es cierto que el cariño de la gente, de colegas, del público, existió siempre, pero es muy triste ser una total desafortunada en el amor y eso es una carga muy, pero muy dura. Y ahora doy consejos… imaginate”.
