“Borges se enamoraba muchísimo y sufría por esos amores”, escribió alguna vez Bioy Casares. Estuvo casado dos veces, la primera con Elsa Astete y la segunda con María Kodama, quien lo acompañó hasta la muerte. Pero en el medio hubo muchos otros amores, amores que pueden ser reconstruidos al juntar los fragmentos que sobreviven en intercambios con sus amistades.
Su madre, Leonor Acevedo, insistió en el casamiento con Astete: ella acababa de enviudar; pero el matrimonio duró poco, apenas tres años. Su traductor, Norman Thomas Di Giovanni, escribió una biografía sobre esta pareja que tituló Elsa & Georgie; allí cuenta que la decisión de separarse fue unilateral de Borges y que este un día se fue a trabajar y nunca volvió al departamento que compartían sobre la avenida Belgrano.
A Estela Canto le dedicó “El Aleph”, vaya si estaba enamorado. Borges la conoció cuando él tenía 45 años, ella 28. Era escritora y periodista. Se encontraron por intermedio de Bioy y Silvina Ocampo y allí comenzó un idilio que duró siete años; él le pidió casamiento –desafiando a su madre, a quien no le caía bien– y ella le rompió el corazón, pero lograron reconvertir la relación en una amistad. Canto escribió Borges a contraluz, donde descansa la siguiente aseveración: “Me quería. Yo lo admiraba intelectualmente y gozaba con su compañía. El amor de Borges era romántico, exaltado. No era sentimental, sino lírico. Pero yo no podía amarlo. En un plano más doméstico, me convertí en la novia de Borges, aunque nunca me consideré tal. No me gustaba la idea de ser novia en el antiguo sentido de la palabra. Pero la pasión y la dedicación de Borges eran halagadoras y yo las aceptaba”.
Un día, Borges le escribió lo siguiente: “No te he agradecido aún la alegría que tu carta me dio. Esta semana concluiré el borrador de la historia que me gustaría dedicarte: la de un lugar (en la calle Brasil) donde están todos los lugares del mundo.” Al tiempo, le llevó el manuscrito de “El Aleph”; cuenta ella que un día mientras caminaban por la calle él le sugirió que ella podría ayudarlo a enumerar todos los objetos que él quería nombrar.
Ella registró este intercambio en su libro:
“Pienso vender el manuscrito cuando estés muerto, Georgie”, avisó ella, varios años después.
–Caramba –rió Borges–, ¡si yo fuera un perfecto caballero iría ahora mismo al cuarto de caballeros y, al cabo de unos segundos, se oiría un disparo! “
“‘El Aleph’ lo vendí de todos modos, pero cuando él estaba en vida. En mayo de 1985 vendí el manuscrito en la casa Sotheby’s”.
“Estoy triste en todo el cuerpo (…) una chica, de la que estaba muy seguro”, le escribió Borges a Bioy Casares, correspondencia que queda asentada en el libro que Adolfo escribió sobre Jorge Luis. Allí relata, entre otras, la relación con María Esther Vázquez, una muchacha que mantenía una relación con otra persona. Un triángulo amoroso que a Borges le costó muchas noches de desvelo. Le escribiría a Bioy: “Me paso imaginando conversaciones con esta chica, lo que dirá. Eso no está bien (…) A la mitad de la noche despierto, ensayo diálogos imaginarios, lo que le digo, lo que me contesta: como no le digo nada ni me contesta nada, eso es la locura”.
Bioy escribe lo siguiente: “Come en casa Borges. Está con aire de cansancio. ‘¿Cómo te va?’, le pregunto. Me dice que bastante mal, que salió dos veces con ‘esta chica’, antenoche y anoche, y que antenoche él confundió amistad con amor, y que anoche fue espantoso, porque se llevó una desilusión”. Pareciera que este fue básicamente el tono de toda la relación: su interés romántico, el interés amistoso de ella. En el medio, otros pretendientes.
Pero María Esther Vázquez, también autora, escribió Borges, esplendor y derrota. Allí juzgó duramente a Estela Canto porque considera que usó al escritor para beneficiarse en su carrera literaria. A pesar de aquellas críticas, reconoce que aquella relación fue una fuente de felicidad para Borges.
EL ÚLTIMO AMOR
En ese mismo libro, obviamente, figura María Kodama. El último amor de Borges, y quizás, aquel que le correspondió como el escritor buscó toda su vida, tomó relevancia cuando a sus 76 precisaba que alguien lo acompañe de viaje a Estados Unidos, viaje que no podía emprender solo por su edad y su ceguera. Su histórica ama de llaves, Fani Úbeda, no podía ir con él y propuso que entonces fuera alguna de sus alumnas quien lo acompañara, y mencionó a Kodama.
En una entrevista que le hizo La Nación en el 2022, en el marzo anterior a su fallecimiento, Kodama contó que lo conoció a los 16 años caminando por la calle Florida. “Casi lo tiro al suelo a Borges”, a partir de ese suceso entablaron una conversación donde ella le contó que quería estudiar literatura porque quería leer griego y latín; entonces, él la invitó a estudiar inglés antiguo. Allí comenzó una relación de amistad, con 38 años de diferencia, que terminaría en casamiento. Sobre la relación con su madre, Leonor Acevedo, Kodama dijo: “Te digo, mi vínculo con la madre era divino y ella aprobaba nuestra relación. Cuando la madre partió, fue maravilloso. Él estaba sentado en la cama al lado de la madre, y yo en una silla al lado de la cama. Ella agarra mi mano, la junta con la de él y dice: ‘Yo sé que ustedes siempre se han querido’. Y le dije que se quedara tranquila que íbamos a estar siempre juntos, que éramos dos leones. Él lloraba, estaba muy conmovido”.
Se casaron en abril de 1986, poco tiempo antes de que muriera Borges. Ella heredó toda su obra.
