No hay certezas de cómo ni cuándo se conocieron, pero lo cierto es que entre Homero Manzi y Aníbal Troilo hubo una de esas amistades que pocas veces ocurren en la vida. El mundo que frecuentaban y que construyeron en conjunto –el del tango– ya los había juntado antes. Pero fue recién alrededor de 1941 que el vínculo se volvió entrañable. Entre ellos existió un particular afecto que se daba con frecuencia entre los hombres del tango y que también se permitían expresar sin pudor alguno. Lo de Aníbal Troilo con Homero Manzi fue mucho más que una compañía artística: fue una afinidad espiritual y creativa que los llevó a grabar alrededor de 21 tangos en conjunto, entre los que se destacan “Malena” y “Sur”.
Y sin embargo, estos tangos que quedaron impregnados en el imaginario popular argentino no son ninguno de los preferidos de Troilo, que dirá que cada autor, cada creador, tiene preferencias por una obra. Que no importa si la obra es buena o mala. Que lo que importa es si la obra compromete un sentimiento, esa es la primacía por sobre todas las cosas. El tango preferido de Troilo es “Discepolín”, el último trabajo que hicieron juntos: “El último tango que compusiera sobre versos del poeta Homero Manzi, en las postrimerías de su vida, tan llena de valores y amor por las cosas del pueblo. Fue el legado de un corazón volcado por entero al servicio de un arte exuberante de expresiones íntimas, que nadie como él sabía traducir en versos para orgullo de la canción popular y de nosotros los músicos”, dirá en una vieja grabación en la que lee este texto que le escribió a su amigo. El modo en que Aníbal Troilo evocó ese instante tan íntimo que compartieron, hacia el final de la breve vida de Homero Manzi, dice mucho más que cualquier registro taxativo sobre el amor y la complicidad que unían a estos dos artistas.
LA CHARLA FINAL
“Fue una mañana, tal vez una de las últimas en que su alma ya lastimada por la enfermedad del cuerpo podía encaramarse sobre los dolores físicos para dictarle su mensaje. ‘Pichuco –me dijo por teléfono–, escuchá’. Y me leyó los versos de ‘Discepolín’. Sobre el mármol helado, migas de medialuna y una mujer absurda que come en un rincón … Tu musa está sangrando y ella se desayuna … el alba no perdona ni tiene corazón. Al fin, ¿quién es culpable de la vida grotesca y del alma manchada con sangre de carmín? Mejor es que salgamos antes de que amanezca, antes de que lloremos, ¡viejo Discepolín!… “Fue un impacto directo sobre toda la latencia de mi espíritu, que no despertaba del todo. –Repetime, negro –le pedí. “Y volvió a leerme, con aquella voz suya, tan llena de misterio cuando leía las cosas que escribía con la punta del alma. Entonces desperté del todo, al conjuro de una vibración extraña que me impulsaba a componer, ahí nomás, sobre la misma cama, la página de un tango. El más triste. El más querido. –Voy a pasar el teléfono a la otra habitación –le dije en un suspiro–. No cortes. Conozco de tu largo aburrimiento y comprendo lo que cuesta ser feliz, y al son de cada tango te presiento con tu talento enorme y tu nariz; con tu lágrima amarga y escondida, con tu careta pálida de clown, y con esa sonrisa entristecida que florece en verso y en canción. “Todo dormía en la baja mañana. Sigilosamente desenchufé el teléfono y en puntas de pie corrí a la otra pieza para escribir su dictado anheloso, fatigado, seguramente insomne, la postrera expresión de su talento. Y así nomás, después de que hubo dejado de oír y de escribir con el eco de su última palabra, sabiéndole enfermo, herido para siempre jamás, compuse el tango. Compuse el último hijo que era de él y que era mío. En esa conjunción de dolores que partían del mismo dolor de la noche y que tantas veces era nuestra, que la muerte nos birlaba en un truco sutil y despiadado. Allí puse mis lágrimas, tal vez las más amargas. Y allí estan, como estarían seguramente las de él, mi buen amigo, mi viejo, mi querido poeta. ‘Discepolín’ es, por eso, mi tango más querido.”
La gente se te arrima con su montón de penas y tú las acaricias casi con un temblor… Te duele como propia la cicatriz ajena: aquél no tuvo suerte y esta no tuvo amor. La pista se ha poblado al ruido de la orquesta se abrazan bajo el foco muñecos de aserrín… ¿No ves que están bailando? ¿No ves que están de fiesta? Vamos, que todo duele, viejo Discepolín…
Poco tiempo después, Homero Manzi murió y Pichuco quedó sumido en una tristeza profunda. Una madrugada de 1951, un grupo de amigos fue a visitarlo para acompañarlo en el duelo. Mientras jugaban al bacará, el bandoneonista sintió que su cabeza estaba en otra parte. Ya de madrugada no pudo soportarlo más: se encerró en su habitación junto a su compañero más fiel, el bandoneón. Tocó durante horas, hasta que nació “Responso”. Como si le hubieran arrancado una parte de sí mismo, aquella que le permitía habitar el mundo iluminado por la poesía de Manzi, Troilo encontró en la música el único lenguaje posible para atravesar esa pérdida. Hay dolores que desbordan las palabras, y quizás sea por eso que “Responso” no tiene letra. Es la tristeza convertida en melodía. O, como diría el propio Pichuco: “el mejor homenaje que le podía hacer a Manzi”.
Veinte años después, en el año 1971, se inauguró en Centenera y Riestra, en el barrio porteño de Pompeya, la plazoleta homenaje a Homero Manzi a la que, con una sonrisa en la cara, acudió su amigo Pichuco. Un periodista le pregunta cómo está, y él contesta: –Estoy muy bien. Un poco contento y un poco triste. Triste porque hoy hace veinte años se fue la mitad de mi corazón. –Su amigo. –Mi hermano. Y contento porque hoy se le hace justicia a un hombre de letras que hizo del cine y de la canción una cosa muy importante.
–¿Qué recuerda de él? –Un día que ha venido con Cátulo Castillo a hacer empanadas en mi casa. Y entonces dejaron harina hasta en las arañas. Y se puso un pijama mío que lo tuve que tirar, del aceite y de la harina que tenía. –Era mejor escribiendo Homero que cocinando, ¿no? –Y queriendo.
