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Caras y Caretas

           

“Borges no tenía ningún rasgo de soberbia o de autoritarismo”

La escritora, traductora y profesora en Letras Josefina Delgado, también gestora cultural y personalidad destacada de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, recuerda al autor de El Aleph.

–¿Cómo se puede caracterizar el arte de la escritura en Borges?

–Arte proviene del latín ars, que significa habilidad adquirida con esfuerzo para generar un efecto estético. En el caso de Borges, su escritura ha sido el trabajo y el esfuerzo incansable desde que, siendo chico, traduce “El príncipe feliz”, de Oscar Wilde. Fue a través de su padre, que dirigió sus lecturas y, según ha contado él mismo muchas veces, leyó y comentó algunos de sus trabajos. En la casa de los Borges había reuniones a las que iban otros escritores, y entre ellos destaco a Macedonio Fernández, porque ha sido un modelo para la literatura de Borges. Hay en el epistolario de Macedonio una carta dirigida a Borges que puede leerse como clave de algunas de las teorías formales del escritor. También a través de Macedonio penetra en el pensamiento de William James, y es sabido que ha sido influido por los filósofos griegos, y otros tales como Kant, Leibniz, Spinoza, Hume, Berkeley, a los que califica como “los mayores maestros del género fantástico”. Sin duda su participación en la tertulia creada por Rafael Cansinos Assens, en Madrid, y con quien continuaría conectado luego de volver a Buenos Aires, le permitió acoplarse al ultraísmo. Toda su obra configura un cuerpo orgánico, donde suelen conectarse a través de los géneros y de los distintos libros una serie acotada de tópicos, temas y procedimientos. Sus temas son los de un filósofo: el tiempo y la eternidad, los dioses y la existencia de Dios, el destino del hombre, el ser del hombre, la presencia de la muerte y, ya en lo más humano, la amistad y el coraje.

–¿Cómo se unieron en Borges las diversas lenguas para dar lugar a la construcción de su lenguaje?

–En su país natal sin duda fue el castellano su primera lengua. Pero él mismo cuenta que con su abuela Fanny Haslam hablaban en inglés y él creía que esa era una lengua de respeto a los mayores. Luego descubriría que se trataba de otra lengua. Sin duda su juventud errática, junto con su familia, contribuye a la diversidad: estudia en Ginebra entre 1914 y 1918, y allí aprendería francés y también latín. Luego España: Mallorca, Barcelona, Madrid. Una estancia breve en Lisboa, viaje por Italia. Por su cuenta aprendió alemán, leyendo a Heine, lo que luego le permitiría ir a las lenguas anglosajonas. Y siempre fue un muchacho ávido de conocimiento, construyendo una lengua literaria propia que se ha enriquecido por los significados de las otras lenguas, y por las lecturas tempranas de Homero, Cervantes, Quevedo, Dante, Joyce y los escritores y filósofos ingleses. Que luego atravesarían su obra. Es interesante advertir que Borges escribió poesía y textos en prosa antes que sus ficciones, es decir, trabajó la lengua antes de sumergirse en la construcción de tramas ficticias.

–¿Cómo fue escribir con Borges?

–La editorial Círculo de Lectores, para la que yo trabajaba, propuso editar varias obras de Shakespeare con un prólogo suyo. Tuve que ir a plantearle el tema, y recuerdo que ese día me impactó que su mantel –estaba desayunando– fuera la réplica de una bandera británica. Allí quedamos en que volvería a llamarlo hasta poder organizar nuestros horarios de trabajo. Tuve que llamarlo varias veces antes de empezar a trabajar, hasta que un día me dijo que fuera ya. Había estado unos días antes para explicarle cuál era la propuesta de la editorial: trabajar conmigo en un prólogo a obras de Shakespeare. Me esperaba en su escritorio. Me acuerdo de cierta coquetería: “¿Qué piensa hacer conmigo?”. Y entonces comenzaron los tres meses más importantes de mi formación intelectual. Borges, sentado a un costado, perdía sus ojos vacíos y pensaba en voz alta. Sobre todo, me hacía sentir imprescindible, porque no tenía ningún rasgo de soberbia o de autoritarismo. El “a usted le parece mejor así” era constante, y dejaba abierta la posibilidad de opinar como si uno mismo fuera su otro yo, un yo crítico. Trabajar conmigo le gustaba, nos divertíamos imaginando el estupor de los editores al comprobar que, después de casi un mes de trabajo, apenas habíamos terminado media página. Todas las mañanas yo tenía que leer en voz alta lo que habíamos escrito, y muchas veces rehacíamos frases, eliminábamos otras, y mi sensación era que no terminaríamos nunca. Borges me mostraba que solamente importa haber leído, haber sabido leer, recordar lo importante y saber asociarlo en el momento oportuno. Alguien le preguntó qué pediría si se le concediera un deseo. “La vista, por supuesto. Para poder leer.” Yo dije: “Claro, lo demás no importa”. Y él dijo: “Cómo no va a importar. Me gustaría por ejemplo verla a usted”. Le pregunté cómo me veía. Y me dijo: “Un óvalo de claridad”. Uno de los temas sobre los que conversamos fue el de los desaparecidos. Aquel era el momento en el que las Madres de Plaza de Mayo y las Abuelas libraban su batalla más importante. Muchas veces vi en la casa de la calle Maipú alguna mujer de pañuelo blanco que le llevaba una carta o un álbum de fotografías. Fue generoso con las Madres, y duro con los militares que afirmaron que los desaparecidos no eran 30.000. Y entonces pactamos nuestros almuerzos. Caminábamos menos de una cuadra hasta el restaurant y esto podía ser una experiencia tan intensa como oírle contar anécdotas de su adolescencia en Ginebra, o su predilección por los barrios alejados de Buenos Aires. En el primer almuerzo, al pedir la cuenta, yo, tontamente, ofrecí pagar mi parte y él se rio de mí. Me acuerdo cómo, una mañana, yo llegué un poco melancólica y él me preguntó qué me pasaba. A continuación, la pregunta fue si yo era cobarde en el amor. Y así fue como supe el final de su breve historia matrimonial, de la que escapó por no atreverse a decirle a su mujer que no quería seguir casado con ella. Aprendí a distinguir en Shakespeare las metáforas legales, a encontrar el sonido adecuado a los dos registros del inglés, el latino y el sajón. Borges leía en voz alta algunos versos, sobre todo de Macbeth, con ese inglés fuerte y varonil de su voz. Un día, ante mi asombro, inventó un personaje a quien citar. Lo hizo con humor, buscando sorprenderme, y cuando me di cuenta de que estaba asistiendo a uno de los mecanismos preferidos de Borges, no supe qué decir. “Nadie se va a dar cuenta –dijo él–. Primero creerán que es alguien a quien solamente yo conozco. Vamos a darles un poco de trabajo”. Releyendo su prólogo ahora no puedo identificar cuál es la fuente falsa. Algunas de sus citas parecen tan verdaderas, y otras no pueden ser corroboradas. Preguntaba cómo eran sus amigos, a los que no podía ver, y luego supe que a otros les preguntaba por mí. A veces se levantaba desanimado y decía: “Un hombre como yo, viejo, ciego”. Una vez hablábamos de Alicia Jurado, y él dijo que tenía un hermoso pelo largo. A continuación me preguntó cómo era el mío. La pregunta me molestó, sentí que se transgredía el límite de la amistad. “Muy corto”, dije yo, mintiendo. No sé si me creyó. Creo que no, porque se puso de pie y me tomó del pelo. La sorpresa me impidió hablar. Como si hubiéramos sido los personajes de una novela inglesa, ninguno de los dos dijo nada y seguimos trabajando. Un 13 de diciembre, después de haber trabajado casi tres meses, dimos por terminadas las catorce páginas del prólogo. Borges me dio ese día, como recuerdo, una edición del Quijote, de la editorial Espasa-Calpe. Un poco antes me había regalado la edición francesa de sus prólogos: Livre de préfaces, suivi de: Essai d ́autobiographie. Una edición de Gallimard, 1980. El final del trabajo era el final de nuestra amistad. Sin embargo, no fue así. Su cordialidad no le permitía perder la amistad de nadie, y pude volver en otras ocasiones. Para conversar, para leerle algo, llevando a amigos como el escritor chileno Jorge Edwards, que no lo conocía, en compañía de José Donoso, que compartió con Borges y conmigo un jurado de cuento. Una de las virtudes que siempre resaltó en los argentinos fue el don de la amistad.

–¿Qué libros de Borges ejercen influencia en usted y por qué?

–Sin duda los libros que más me han influido en cuanto a pensamiento sobre la ficción son Ficciones y El Aleph. Pero prefiero mencionar aquellos cuentos suyos que no puedo dejar de releer y recomendar. “El inmortal”, “El jardín de senderos que se bifurcan”, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “El milagro secreto”, “La muerte y la brújula”, “Emma Zunz”, “La busca de Averroes” y su poesía casi toda. Un recorrido por sus libros: Ficciones, El Aleph, El hacedor, El informe de Brodie, El libro de arena. Y desde luego El tamaño de mi esperanza, Inquisiciones y Otras inquisiciones.

Escrito por
Claudia Ainchil
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