Sobre el escenario del Centro de Experimentación Audiovisual (CEA) del Di Tella en la Manzana Loca allá por la década del 60, refiere la crónica, pasaron cosas maravillosas. Por ejemplo, el debut del grupo musical humorístico Les Luthiers, en 1967. Da cuenta de ello una baldosa conmemorativa ubicada sobre el piso, justo frente a la fachada del edificio de Florida 936 donde tiempo atrás funcionó el Instituto. Esa ebullición artística tuvo un hacedor, o un facilitador si se quiere: Roberto Villanueva. Provenía del campo del teatro. Había formado un grupo de teatro independiente en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires. Llegó a la dirección del CEA en 1963 y planificó un proyecto artístico bien ambicioso. Diseñó una sala-estudio en la parte trasera del edificio y, en 1965, organizó una muestra de New cinema (cine experimental) en la que se proyectaron filmes de Andy Warhol, entre otros. Una reglamentación de la Municipalidad de la ciudad que prohibía la utilización de la misma sala como cine y teatro determinó que se optase por el teatro. Fueron muchas las obras de conformación bien distinta que subieron a ese escenario. En general disponían para su difusión y marketing de programas, afiches y material promocional del departamento gráfico y fotográfico que dirigían Humberto Rivas y Juan Carlos Distéfano. Hoy piezas de colección en catálogos de diseño. Villanueva recibía con frecuencia nuevas propuestas para espectáculos que eran cuidadosamente revisadas y seleccionadas. En principio se buscaban proyectos que rompieran con las tradicionales barreras entre las distintas disciplinas artísticas. Así, en una misma obra podían encontrarse además del desarrollo escénico, proyecciones de diapositivas, sonido, imagen en movimiento, fragmentos de producciones de otros lenguajes, entre otras actividades. Resulta imposible detallar en pocas líneas la totalidad de las obras que subieron a ese escenario. Nos detendremos en algunas, a modo de ejemplo, para dar cuenta de la originalidad y heterogeneidad de la propuesta.
El recorrido comenzó el 3 de mayo de 1965 con la puesta en escena de Lutero, de John Osborne, con la dirección de Jorge Petraglia. Uno de los talentos en el campo de la creación teatral que fomentó el Di Tella fue Griselda Gambaro. Ese mismo año presentó El desatino, a la que le siguió Los siameses (1967). En esta última actuaron Villanueva y Petraglia. Además de las obras de Gambaro, el centro produjo espectáculos de danza moderna como Danse Bouquet (1965), con las bailarinas Marilú Marini y Ana Kamien. La obra presentaba una estructura de sketches en los que se parodiaba el ballet y la danza moderna a partir de la mediación de otros lenguajes como la historieta. Al año siguiente la misma dupla realizó La fiesta, hoy, mientras que Graciela Martínez hizo lo propio con la provocadora ¿Jugamos a la bañadera? y Norman Briski con El niño envuelto.
Uno de los artistas más destacados y respetados dentro del grupo pop fue Alfredo Rodríguez Arias. Su obra planteaba interesantes entrecruzamientos entre las artes visuales, la música y el teatro. Quizá uno de sus máximos hitos sea Drácula (1966 y 1967). La historia, desarrollada al estilo del lenguaje de la historieta, sobrevolaba el tono humorístico. En la confluencia entre el music-hall y la sátira, Norman Briski realizó Mens sana in corpore sano, con la actuación de Nacha Guevara y la participación de integrantes del grupo I Musicisti. Se trataba de una parodia a la música clásica, la ópera y los géneros populares y contó con la ejecución de instrumentos informales. Si bien significó un reconocimiento importante, el éxito de ese momento pareció llevárselo Jorge Bonino con Bonino aclara algunas dudas; el espectáculo mantuvo la sala colmada durante tres meses. En 1967, Mario Trejo estrenó Libertad y otras intoxicaciones. Influido por el Living Theatre, el espectáculo planteaba la ruptura entre el escenario y el auditorio, y la participación de los espectadores. Ese mismo año subió a escena Be at beat, Beatles en homenaje al cuarteto británico.
Un área que cobró importancia fue la del ha- ppening, un collage de situaciones simultáneas que suceden, según Marta Minujín. La artista realizó happenings como La Menesunda, junto a Rubén Satantonín, y El Batacazo, ambos en 1965. En un intento por despertar los sentidos, recurría a una mezcla de medios: televisión, video, diapositivas, luces, sonidos. Oscar Masotta, por su parte, presentó el happening El helicóptero (1966). En él los participantes se dividieron en dos grupos y fueron dirigidos a distintos destinos: uno en la ciudad de Buenos Aires, otro en la provincia. Mientras el segundo esperó en un baldío hasta que un helicóptero sobrevoló la zona llevando a bordo a una actriz famosa, el primero presenció una serie de happenings. En líneas generales se proponía que ninguna persona pudiera apropiarse de la totalidad de los acontecimientos: cada grupo debía comentarle al otro la experiencia vivida. Así se construía la impresión general del evento. Masotta organizó también Acerca del happening (1966), un ciclo de conferencias orientadas a la reflexión de este fenómeno que se encontraba en franco crecimiento.
En 1968 se presentó Nacha de noche, con Nacha Guevara, basado en textos de Góngora, Vallejo y el humorista Carlos Del Peral. Ese mismo año, se produce un balance y reestructuración del CEA, en el marco de los cambios realizados en el Instituto para adaptarse a una nueva realidad económica, política y social.
EL CENSOR
En 1966 había llegado al poder, mediante un golpe de estado, el militar Juan Carlos Onganía. Su gobierno, de características dictatoriales, se manifestó hostil al proyecto cultural del Di Tella: visitas, amenazas de intervención, acoso a jóvenes en las inmediaciones del Instituto, se sucedieron cada vez con mayor frecuencia. Algunas razias policiales terminaron con la detención de “extraños de pelo largo” (sic). (Crónica, 20 de diciembre de 1969). El Instituto fluctuaba entre vaivenes financieros y cuestionamientos por parte del gobierno de facto y Villanueva optó, para equilibrar gastos e ingresos, promocionar y dar continuidad a los espectáculos más taquilleros. Anastasia querida (Nacha Guevara) y Blancanieves y los siete pecados capitales (Les Luthiers) fueron los elegidos. También se propuso el ciclo Espectáculos beat, una serie de conciertos de rock donde actuaron, entre otros grupos, Almendra y Manal. La búsqueda de financiación y mantenimiento parecieron cambiar la dirección original del proyecto. La crónica da cuenta de que María Lucía Marini es Marilú Marini fue el último acto en ese mágico escenario. El espectáculo de danza moderna que se deslizaba entre sonidos de Chopin, Manal y Roach, se presentó durante mayo y junio de 1970. Luego, el centro cerró definitivamente. Sin embargo, su breve y contundente existencia significó un epicentro para la experimentación artística de líneas que se desarrollaron en la década siguiente en espacios como el underground, los cafés concert o, incluso, en el circuito comercial.
