“Si este tipo llegar a ganar la pelea por el título del mundo, esta noche, yo no sé nada de nada y me retiro del ejercicio de la medicina”, advirtió retóricamente, maletín en mano, el profesional que volvía de examinarlo en la previa a un combate de importancia como aquel, que ponía en juego la corona mundial de los welter juniors.
A esa altura, había ido y vuelto a la consejería del hotel sin poder creer que el boxeador en cuestión a quien debía revisar, fuera de toda lógica y recomendación, matizara la espera al lado de la pileta de natación… tomando litros de cerveza.
De esas y otras anécdotas, menos bizarras, bastante más oscuras, está cruzada la vida y la trayectoria de Ubaldo Néstor Sacco, que ganó inobjetablemente esa revancha crucial en la noche del 21 de julio de 1985, frente a Gene Hatcher, integrándose al selecto club de boxeadores argentinos campeones del mundo.
Cuando la biopic Monzón disparó repercusiones de todo tipo, pocos recordaron que su protagonista en la vida real le dedicó un elogio como boxeador y una palabra de compasión, cuando llegó a la misma cárcel, por tenencia y consumo de estupefacientes.
Aunque a diferencia de aquel, la vida de Uby Sacco (como se lo conoció siempre) no tuvo un despertar atravesado por las carencias. Era hijo de un púgil destacado entre las décadas de 1950 y 1960 (época dorada de la actividad, con el Zurdo Lausse y el Cacique Selpa como referentes en la categoría), creció en un hogar de clase media de Mar del Plata y cursó estudios secundarios –quedó a pocas materias de obtener un título técnico–, antes de dedicarse profesionalmente a buscar ese otro título, que le duró tan poco.
Dicen que dicen que Uby podría haber destacado en cualquier actividad deportiva. Practicó fútbol, natación, básquet, voleibol, hasta bowling (que estaba de moda) y era bueno en todas. Eligió el box, o el box lo eligió a él, por genética y aptitudes.
“Lo más talentoso que dio el boxeo argentino. Reunía sentido estético, prolijidad y hasta buen look. Tenía facilidad y clase, pero no sé si tenía convicción en lo que hacía”, ilustra al respecto el periodista Cherquis Bialo, que lo vio coronarse en el ostentoso casino Campione D’Italia.
Había debutado sin la autorización de su padre, que quería otro futuro para él.
“Fui con el consentimiento de mi vieja –recordó alguna vez–. Y cuando mi viejo, se enteró, a pesar de que estaba operado de la vista, vino a verme y se sorprendió: ‘No sé de dónde sacaste todo eso que hiciste, si yo no te enseñé nada… Igual, a un ring no te volvés a subir nunca más’.”
Tuvieron que pasar varios años para torcer esa decisión y convertirse en su entrenador. “De chico, nunca me levantó la mano, por ahí se equivocó. Tendría que haberme dado un par de bifes”, razonó Uby, ya cuesta abajo.
“Mi error fue no haberme puesto nuevas metas, llegué a lo que quería y no le di más bola”, se lamentó.
A esa revancha llegó después de una primera pelea polémica (Forth Worth, el 14 de diciembre de 1984) que le dieron perdida apenas por puntos en fallo dividido.
A instancias de la Asociación Mundial del Boxeo (AMB), volvieron a enfrentarse medio año después. Uby subió al ring con escasos tres meses de entrenamiento (había amagado con renunciar al boxeo), y habiendo abusado de la cerveza en el bar del hotel. “El día que menos tomó fue un litro y medio”, se escucha comentar a Cherquis en el audio de la transmisión televisiva.
En cualquier caso, le alcanzó para demoler a Hatcher. El médico italiano Mario Sturla ordenó dos veces al árbitro Ernesto Magaña que detuviera la pelea en el noveno round. Ganó por KOT técnico. Fue tapa de El Gráfico. Consagración por partida doble.
El regreso a Mar del Plata fue la apoteosis que no había tenido ningún hijo pródigo de la misma ciudad que parió a Guillermo Vilas. Paseado en un carro bomba por las calles, exhibió el cinturón ecuménico que lo enorgullecía.
Volvió a la tapa de El Gráfico, compartiendo el protagonismo de ese año impar en todo sentido (1985), con Gaby Sabatini (tenis), Hugo Porta (rugby), Guillermo Maldonado (automovilismo), Enzo Francescoli y el Bichi Borghi (fútbol).
Pero la relación de Uby con su terruño nunca fue fácil. Era demasiado conocido para el pago chico, como conocida su afición por la noche, la bebida y otras sustancias.
“Así como llenó de orgullo al marplatense medio, y no podía sentarse en un café, que tenía enseguida personas invitándolo a inauguraciones para promocionar un negocio, después de que dejó de ser campeón del mundo, hubo gente que no lo aceptaba en la mesa”, recordó Vicente Ciano, un añoso periodista local que lo extraña como amigo.
“Mar del Plata es una ciudad llena de hipocresía. Cuando no hay a quien voltear, porque están todos arreglados, dicen: ‘Mirá quién esta ahí, Uby’. Es lamentable, pero es así”, acusó él.

Peleó con todos
En el plano profesional, nadie le regaló nada. Llegó a pelear por la corona mundial, construyendo sólidamente una carrera desde 1978, tras un paso por el amateurismo que incluyó una participación en el Sudamericano de Lima 1977.
En ascenso, cruzó guantes con Roberto Alfaro, Hugo Luero, Lorenzo García (uno de sus pocos vencedores, que le postergó la oportunidad de pelear por el título máximo) y retiró definitivamente del boxeo a un veterano Horacio Saldaño, otro “rey sin corona”, como el Mono Gatica, pero siempre convocante.
En total, sumó 47 ganadas (23 KO), cuatro perdidas (ninguna por KO) y un empate; los títulos Argentino, Sudamericano y Mundial.

“Reunía el equilibrio justo: buen juego de piernas, intercambiaba los golpes con facilidad, era guapo y mantenía la coordinación –analiza Adrián Pompe, exboxeador preolímpico, actual entrenador recreativo y fan de Uby de tantísimas noches en el Luna Park–. Hay un preconcepto equivocado con el boxeo por ser un deporte de contacto, que el boxeador se hace de arriba hacia abajo. Es exactamente al revés, y en ese aspecto, Uby marcaba la diferencia.” Y agrega: “Tenía la mejor zurda que puede haber en el boxeo, hacía un trabajo de continuidad que le permitía tirar y rematar con la derecha. Con sus cualidades técnicas, había campeón del mundo para rato”.
Su única defensa fue ante el italiano Patrizio Oliva (Montecarlo, 15 de marzo de 1986). Uby llegó mal preparado, casi una sombra, en la noche anterior había hecho ejercicios para dar el peso. Su manager, el omnipotente Tito Lectoure, amenazó con abandonarlo, pero al final fue al rincón junto a su padre. Ni siquiera sirvió el video que desde Napoles le hizo llegar Diego Maradona para estudiar a su contrincante, un púgil discreto.
Perdió por puntos, en fallo dividido.
Triste, solitario y final.
En la lona
Se casó dos veces, tuvo dos hijos, fue un padre afectuoso, pero abajo del ring, su ámbito era la noche. Retirado de la actividad, no abrió un gimnasio, sino que regenteó un local nocturno en la sórdida zona de la terminal de entonces. Según la leyenda, una madrugada furiosa a finales de los años 80, se trompeó en la vereda con un marinero que lo había increpado. El presunto agresor fue a dar con la cabeza contra el cordón y quedó inconsciente en el medio de un charco de sangre. No hubo denuncia y Uby nunca supo si debía una muerte.
Su controvertida fama lo convirtió en presa fácil de redadas por consumo, como él se quejaba. Su nombre desapareció de las páginas de Deportes y se hizo familiar en Policiales. Entró y salió de comisarías y pasó una temporada en la cárcel de Batán, donde estaba Monzón, que purgaba la primera parte de su condena por el asesinato de su esposa, Alicia Muñiz.
Terminó sus días el 28 de mayo de 1997 en una cama del Hospital de Agudos de Mar del Plata, donde estaba ingresado de urgencia por una meningitis, además de padecer un cáncer nasal. Tenía nada más que 41 años.
Carismático, provocador, camorrero, cálido y generoso son calificativos que se enciman y a menudo se contradicen para interpelar al personaje. Para la profusa literatura de box, estaría más cerca del Tom King de Jack London, que enfrenta un match decisivo en deficiente condición física (“Comer un bife”) que del Midge Kelly de Ring Lardner, un amoral protegido por la prensa (“Campeón”).
Hacia 1993, intentó fugazmente un regreso a la profesión (quizá carente de esa convicción que le reclamaba Cherquis) y se internó en el gimnasio del Atlético Mar del Plata, su club de origen. Hacia ahí peregrinó un bisoño cronista local para arrancarle una entrevista, a las que era esquivo.
“Yo era una especie de corresponsal de la revista Gente –rememora Martín Kobse, hoy a cargo de la primera mañana de Radio Universidad–. En realidad, era colaborador y me pagaban por nota. Así que me presenté después del entrenamiento y le pedí si podíamos hablar. Uby me miró y me preguntó: ‘¿Para mí cuánto hay?’. Le mostré el grabadorcito a casette que llevaba y me defendí como pude: ‘Uby, me pagan cincuenta pesos la nota’. Al final, terminó invitándome la gaseosa. La nota nunca se publicó, porque tampoco volvió a pelear”, se ríe Kobse, nostálgico de su propia ingenuidad.
¿Cómo lo recuerda hoy la ciudad que lo entronizó y lo demonizó, casi sin transición? Recién desde hace pocos años, el gimnasio de boxeo donde se formó lo homenajea con su nombre. Poco más. “Los sub 40 casi no saben quién fue, los mayores un poco más. Es raro si se piensa que fue campeón del mundo en una época en que no abundaban las coronas. No hay real dimensión de su importancia”, reflexiona Kobse.
La Feliz también puede mostrar su rostro más torvo a sus hijos rebeldes, con causa o sin ella.
