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Caras y Caretas

           

La palabra y el odio

Con la coordinación de Luisa Valenzuela, el psicoanalista Eduardo Vidal, la filósofa Esther Díaz y el poeta y dramaturgo Vicente Muleiro analizaron los discursos del odio que usan los libertarios en el poder.

Oliverio Girondo decía en un poema: “¡Ah!, ese día/ abriremos los brazos/ sin temer que el instinto nos muerda los garrones,/ ni recelar de todo,/ hasta de nuestra sombra;/ y seremos capaces de acercarnos al pasto,/ a la noche,/ a los ríos,/ sin rubor,/ mansamente,/ con las pupilas claras,/ con las manos tranquilas;/ y usaremos palabras sustanciosas,/ auténticas;/ no como esos vocablos erizados de inquina/ que babean las hienas al instarnos al odio,/ ni aquellos que se asfixian/ en estrofas de almíbar/ y fustigada clara de huevo corrompido;/ sino palabras simples,/ de arroyo,/ de raíces,/ que en vez de separarnos/ nos acerquen un poco;/ o mejor todavía/ guardaremos silencio/ para tomar el pulso a todo lo que existe/ y vivir el milagro de cuanto nos rodea,/ mientras alguien nos diga,/ con una voz de roble,/ lo que desde hace siglos/ esperamos en vano”.

En la Sala Rodolfo Walsh de Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2024, hubo una charla sobre la responsabilidad de la palabra ante la siembra del odio. El panel estuvo compuesto por Eduardo Vidal, psicoanalista argentino radicado en Brasil, la filósofa Esther Díaz y el poeta y dramaturgo Vicente Muleiro, convocados por la escritora y periodista Luisa Valenzuela, quien al comienzo del encuentro expresó: “Según se está corriendo la voz, las circunstancias mileístas han convertido a nuestra Feria del Libro en un espacio de lucha y resistencia cultural”.

“Lo que me preocupa –continuó– es que este elemento de combustión que se observa últimamente es el odio, el odio es lo que nos ha traído hasta acá, la siembra de odio, los odios a los otros partidos políticos, a los opositores, todos los odios que se han ido sembrando a lo largo de los años, sobre todo durante la pandemia. Pienso en los cinco venenos que dice el budismo, los venenos mentales. El primer veneno mental que reconoce el budismo es el odio, son aquellos que alteran la paz interior,  después viene la ambición, la ignorancia, el orgullo y la ira. Vivimos en las redes, estamos siendo gobernados por las redes. Recogí a raíz de esto una frase de José Luis Lanao, una columna que dice que si los comentarios de las redes sociales fueran comestibles y en lugar de ir directo al cerebro se dirigieran al estómago, bastaría con un solo día para morir envenenados. Pero lo que tenemos que tener en cuenta, nadie lo tiene cuenta, es el Plan de Acción de Rabat de las Naciones Unidas, celebrado en 2012, que da las pautas para determinar las diferencias entre la libertad de expresión y la instigación, las discriminaciones, las hostilidades, a la violencia, cosa que está prohibida por el derecho penal. El Plan de Acción de Rabat sugiere un umbral elevado para definir las restricciones a la libertad de expresión y la incitación al odio. Recomienda una prueba umbral que consta de seis parámetros que se tienen en cuenta. Uno es el contexto social y político al que están dirigidos estos mensajes, la categoría del hablante. Esto es muy importante; la categoría de nuestro presidente, que tuitea y retuitea mensajes de odio y tiene a sus trolls haciendo eso, el contenido y la forma del discurso, la extensión de su difusión, las redes sociales y la posibilidad de causar daño incluso de manera inminente. Esto me preocupa mucho, por eso la responsabilidad de la palabra. Cuando asumí la presidencia del Centro PEN Argentina –la consigna del PEN Internacional es por la libertad de la palabra–, dije ‘por la libertad y la responsabilidad’, porque no puede haber libertad sin responsabilidad. Se han apropiado la palabra sin pensar en la responsabilidad. La RAE define a la libertad como la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra y de no obrar por lo que es responsable de sus actos.”

La supresión del cuerpo del otro

El psicoanalista Eduardo Vidal sostuvo: “Decir ‘palabra’ es, en principio, decir ‘responsabilidad’, son de la misma dimensión ética y en la medida que ‘responsabilidad’ es poder responder lo que se dice y tomar la palabra es decir que cuando se dice ‘palabra’ se dice algún acto que compromete un sujeto. Tal vez este sea el punto que me interesa destacar de la responsabilidad, el retorno que tiene la palabra, no solo al decirla al otro sino que al decirla se la oiga. Esta cultura caracterizada por este capitalismo salvaje trata de suprimir, justamente, la dimensión del sujeto. El sujeto que habla, que está sujetado al lenguaje y que tiene que responder por lo que dice. Esa es la cuestión principal: partir de la responsabilidad de la palabra. La palabra es en principio un acto, y quería mencionar el acto poético, donde se supone que la palabra es libre, pero el acto poético tiene la dimensión ética del compromiso más radical con la palabra, incluso porque el acto poético crea una palabra que no existe en el léxico y profundamente modifica el lenguaje. Hay un antes y un después. El acto poético, en cuanto que la palabra transforma a la lengua, no la deja como ya estaba antes, una palabra que es creada, que es creativa, necesariamente hace que esa lengua no sea mas la misma. Por más que tantas veces nos borraron, tantas veces nos desaparecieron, la palabra continúa. Hay una libertad, sí, la libertad creativa, pero la libertad compromete no solo al sujeto que dice sino al campo del otro, al otro. Si hay una libertad es porque hay un otro que es tocado con la palabra y a nivel de lo más profundo, que es su cuerpo. En este punto decir ‘otro’ es decir algo idéntico o casi similar al cuerpo del otro que es tocado. Los discursos llamados libertarios en principio tienen como fundamento suprimir, anular esa dimensión, sin esa dimensión es difícil que una cultura se sustente. La cultura hace esfuerzos enormes para sobrevivir pero es profundamente tocada en cuanto a esa dimensión del otro se suprime. ¿Qué dice el libertario? ‘Es mi libertad, es mi ley’, y es con eso que funciona creando, suprimiendo el campo del otro como cuerpo, como articulación de lenguaje y, sobre todo, como lazo social. Eso es lo que se ataca. Vengo de la experiencia de haber convivido escuchando a Bolsonaro durante cuatro años, en los que produjo la destrucción más brutal. Y lo brutal de Bolsonaro fue el ataque al otro, en cuanto cuerpo, porque fue en plena pandemia y todo el tiempo dijo ‘que mueran los que tengan que morirse’. Sin ningún tipo de responsabilidad. Y eso es lo que produce este tipo de discurso: la destrucción del otro. Cuando se habla de lenguaje se piensa en la comunicación, se piensa en la información, pero hay una dimensión del lenguaje que tal vez el psicoanálisis pudo escuchar. Cuando se habla y cuando se dirige al otro también se goza y ese goce hay que marcarlo y darle un lugar muy importante. Importa lo que se comunica, pero también importa lo que se goza con lo que se dice. Estos personajes ratifican una expoliación, un pillaje. Primero, robarle la palabra al otro y cuando se la roban, le roban su propio cuerpo. No es casualidad que estamos oyendo todos los días ‘nos dejan sin remedios, nos dejan sin dinero, nos dejan sin casa, nos dejan sin suelo, nos dejan sin energía’. Porque hay una expoliación”.

Y citó al historiador camerunés Achille Mbembe, que introdujo “la palabra ‘necropolítica’: es una política que decide quién debe morir y quién debe vivir. Y es determinada desde el poder del Estado. Y justamente el libertario supone que el Estado es destruido, pero es con el Estado que realiza esa infunción que es de defunción”.

“La responsabilidad de la palabra es que la palabra no solo se diga, sino que también se registre, que sea escrita y que pueda ser leída en el momento en que se produce y después”, cerró Vidal.

La trampa del discurso

La filósofa Esther Díaz reflexionó: “El discurso, cuando logra efectividad, logra que todos transitemos durante un tiempo sobre la misma alfombra mágica, que puede ser maravillosa si estamos con gente amable, o que puede ser terrorífica si te quedás en la alfombra con un golpeador, por ejemplo. ¿Por qué es peligroso el lenguaje? Porque es del orden del deseo y del orden del poder. Si hablamos es porque tenemos un deseo, para poder realizar el deseo hay que tener un poder. Todo poder implica un contrapoder. Yo tengo la capacidad, tipo Milei, por ejemplo, de decir cualquier bestialidad, pero después me la devuelven, todo discurso tiene su peligro. La libertad para hablar es como la libertad que estamos viviendo en este momento. Vendieron que lo que traían era poder, era libertad. Si a una persona en una villa miseria alguien le promete que si lo vota a él va a tener libertad, piensa que va a tener libertad para salir de la villa, que va a tener libertad para conseguir un trabajo. Pero no, la libertad era libertad de mercado solamente, hasta qué punto tan sádico. Era una libertad, sí, en eso no mintió, lo que pasa es que había que leer la letra chica: era la libertad sádica, Sade, mi ley, la ley de Sade. Porque en el discurso perverso también está la trampa. Todo discurso tiene trampa: los sofistas descubrieron que el mismo elemento que sirve para decir la verdad sirve para engañar, es el doble filo del lenguaje. Entonces, ¿para qué sirve hablar de lenguaje, si esta realidad es una realidad mucho más concreta que el lenguaje? La gente no llega a fin de mes, hay personas a las que no les llega alimento, personas que están muriendo de cáncer porque no les llegan los medicamentos. No sabemos hasta qué punto vamos a poder seguir siendo dueños de nuestra casa si somos clase media porque en un momento vamos a venderla para poder seguir viviendo. Estamos parados en una inseguridad tan grande, y a eso nos llevó nada más y nada menos que el lenguaje, en este caso de Milei, en el doble sentido de la palabra, mi ley”.

“Las palabras tienen materialidad –agregó Díaz–, por eso son peligrosas. Un ejemplo es lo que pasó cuando Orson Welles empezó a decir por la radio que había una invasión de marcianos, y aunque cada diez minutos él aclaraba que no era verdad, la gente se engancha solamente en una parte y no escucha la otra, y hubo gente que se suicidó, hubo choques, desastres. Lo que tenemos que ver son las prácticas del lenguaje y en función de eso crear un contrafondo para este lenguaje. ¿Cuál es el problema del lenguaje de mi ley (Milei)? El problema es que los velos no le permiten a la gente ver. Nosotros supusimos, como supuso Massa cuando hizo su campaña de miedo diciéndole a la gente cuál es la verdad , que la gente se iba a dar cuenta. Cuando durante la campaña se veía cada vez más que iba a ganar, me acordaba del flautista de Hamelin: cómo el sonido de una flauta puede llevar a la gente a morir. Acá es el sonido de una voz, un sonido, una flauta que nos lleva a morir.”

La filósofa también se refirió a Spinoza, que en el siglo XVII se preguntaba por qué será que los hombres luchan por su esclavitud como si fuera por su libertad. “Exactamente lo que está pasando ahora. Quiero decir algo que me dicen muchos los adolescentes: ‘Profesora, usted dice que para comenzar a cambiar la realidad hay que comenzar a hablar sobre la realidad. ¿Usted puede asegurar que si hablamos sobre la realidad vamos a cambiarla?’. Estoy segura de que si no lo ponemos en palabra y no lo hacemos circular, no se verá. Hay que pensar y hablar, pensamos con palabras, y comenzar a cambiar la realidad”.

Palabras piedra

El poeta y dramaturgo Vicente Muleiro sostuvo: “Me quedé pensando en esto de que su ley es mi ley y la frase de Jakobson ‘cuando la palabra tiene que ver, la cosa tiene que ver’. Ya que estamos en la Feria del Libro, en 1976 se hizo la Feria del Libro en el centro de exposiciones municipales, al lado de la Facultad de Derecho, más o menos en esta fecha, abril o mayo. El golpe había sido a fines de marzo y obviamente que apretaban a las editoriales para que cuidaran sus catálogos y además mandaron una visita a la Feria a inspeccionar los kioscos y decomisar. En un stand de una editorial científica decomisaron un libro que es un manual para ingeniería que se llama La cuba electrolítica. Hasta qué punto la palabra es cosa ahí y cómo se arma un recorrido que lleva que a que esas palabras sean palabras piedra: no hay de ninguna manera un análisis de lo que es esa palabra sino su contaminación negativa dada por el poder. El libro fue retirado, en efecto, o sea que hay palabras que en el pensamiento y la acción de estos señores generan un exterminio, en ese caso el exterminio de ese libro, pero también otros exterminios en esto que yo llamo las palabras piedra. Podemos historizar el pasado en el presente y recordar que nuestra historia está realmente apedreada. Si hablamos de palabras piedra el lenguaje de la colonización fue terrible con respecto a los nativos y con respecto a sus propios subordinados: ‘negro’, ‘chinita’, ‘indiada’, para decir civilizadamente algunas cosas. Cuando viene la inmigración, ‘gallego’, ‘tano’, ‘judío’ eran palabras para arrojar a aquello que se veía como amenazante puesto que con la inmigración vino una gran oleada de nuevas formas políticas, hasta arribar a la mitad del siglo XX con la Guerra Fría y las palabras ‘comunista’ y ‘zurdo’, que en más de una etapa de nuestra vida política han significado exterminio, han apedreado hasta la muerte. La dictadura encuentra un término genérico, el término ‘subversivo’, que era una especie de permiso para matar: identificado el subversivo pasaba a la categoría de exterminable. Pero me parece bien pensar también, para no hacer una dicotomía –el poder es el malo y nosotros, la sociedad, somos los buenos–, que hay circulaciones de palabras populares que también implican estigma y que están muy repartidas en la sociedad. En Córdoba y en las provincias del litoral la palabra ‘gorrita’ –referida al joven que usa el sombrero con visera–: el gorrita está en el lenguaje del periodismo oral y también llegó a los diarios diciendo ‘un gorrita asaltó…’. Entonces mucha gente va por la calle con temor a los gorritas por esa generalización y por el peso de esa palabra. Hay circulaciones no solo de abajo hacia arriba sino circulaciones horizontales en la sociedad, como circuló la palabra ‘yegua’, que fue eficaz: no podemos negar la eficacia de esa carga de violencia verbal”.

“Todo poder totalitario y capitalista tiene una relación tortuosa y espesa con el lenguaje –agregó Muleiro–, por un lado se expresa la censura, la prohibición, y por otra parte, tenemos un presidente y un inmediato núcleo que lo rodea que tiene un equipaje de palabras que nos ha sorprendido y frente a las cuales no hemos reaccionado a la altura de lo que él le dice a la sociedad. ‘Burro’, siempre está la palabra ‘burro’, sobre todo con las mujeres, ‘burra’, ‘pedorro’, ‘la tenés adentro’, ‘nido de ratas’, ‘zurdo’ fue el primer posteo que hizo después de la manifestación, el león y abajo la leyenda ‘lágrimas de zurdo’ .Todos sabemos lo que ha significado la palabra ‘zurdo’ en nuestra sociedad.”

También se refirió a aquel episodio “cuando Mirtha Legrand entrevistó a Néstor y Cristina Kirchner, y ya estaba asustada por el lenguaje que estaba usando esa pareja que iba ocupar el poder, y dijo ‘se viene el zurdaje’. Y él le dijo ‘nosotros no usamos ese lenguaje’. Ese lenguaje en la Argentina y muchos países es una palabra piedra que se pone en acción para pegarle en la cabeza al otro. También se han tornado genéricas en las intervenciones del ‘jamoncito’ palabras como ‘socialista’: le dijo ‘socialista’ a la elite capitalista mundial reunida en Davos. El insulto es un mecanismo de cierre, el insulto interrumpe el flujo del diálogo, el flujo de la utilización del intercambio de lenguaje, cierra la discusión. Me llamó la atención en los debates presidenciales y sobre todo los finales: Villarruel y Milei utilizaron con mucha frecuencia una palabra, ‘mentir’ y ‘mentiroso’, no respondían con datos, no respondían con un razonamiento a la respuesta del otro, una de las funciones del insulto es ocultar los datos. Pero además lo que me llamó la atención es que ni Rossi ni Massa pudieron desarmar ese artefacto retórico insultante”.

Para finalizar, Muleiro se refirió a que “es muy difícil la salida porque ha sido una irrupción novedosa. Tiene su tradición, la podemos rastrear, pero como emisor de discursos el presidente ha sorprendido con todo eso, y llama la atención cuántos sectores políticos no están a la altura de eso o quieren mantener las buenas formas. A veces me pregunto: ¿habrá que mantener las buenas formas o crear nuestras propias palabras piedra, para saber arrojarlas? La marcha del 23 de abril dio una seña del uso del lenguaje. Ojalá en algún momento las palabras piedra las tengamos nosotros”.

Milei y la Feria

Este año, en la 48ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, el titular de la Fundación El libro, Alejandro Vaccaro, cruzó palabras con Javier Milei: “El presidente de la nación, luego de despreciar nuestra Feria, no se sonroja y pide participar en este espacio (…) Su presencia en la Feria, vidriera extraordinaria, implica una serie de erogaciones también extraordinarias, que la Fundación El Libro no puede afrontar. Se lo digo con una mano en el corazón: no hay plata. Por lo tanto, todo lo atinente a su seguridad y de la gente que concurra a su evento correrá por su exclusiva cuenta, o lo que es peor, será un gasto extra para el Tesoro Nacional”. Y agregó: “Un ataque despiadado a todas las expresiones culturales, sin justificación económica, pero respaldado por un sesgo ideológico alarmante, no hace otra cosa que poner en guardia a los creadores esenciales que nos hacen la vida más placentera. Concurrir a la Feria, este año, representa un acto de rebeldía y de resistencia”. Javier Milei no asistió.

La escritora Liliana Heker, en la apertura, dijo: “Nuestra cultura, la que tenemos que preservar (…) Unos cuantos y bien bravos defectos debemos tener para que estemos como estamos. Pero contamos con un hermoso capital humano –esto y no otra cosa, según lo entiendo, es el capital humano–, un capital valioso para empezar a soñar con el país que queremos. No vamos a permitir que ese capital sea arrasado. Al contrario, tenemos que luchar para que se multiplique. Una buena alimentación y una buena educación, para todos, es la base (y no crean que es traída de los pelos una referencia a la alimentación cuando se habla de cultura; sin una buena nutrición en la infancia no hay posibilidad de aprendizaje, no hay para nuestro futuro cultura posible). A partir de esa base imprescindible se abren los caminos”.

Escrito por
Claudia Ainchil
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