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Caras y Caretas

           

Lugar en el mundo

El padre Mugica no solo fundó allí la capilla Cristo Obrero, que atendió con esmero y orgullo, sino que a partir de ese espacio terminó de sellar su compromiso inclaudicable con los que menos tienen. Su asesinato no impidió que su recuerdo siguiera particularmente vivo en el barrio.

En las entrañas de la Villa 31 –ese grano molesto para la derecha argentina de ansias inmobiliarias e ínfulas de invisibilizar la pobreza–, la comunidad deambula luchando contra la miseria. Con humildad, cansada, pero luchando. “Un ángel nos cuida desde arriba”, explica Roque, changarín, de 43 años. Ese ángel fue asesinado por la Triple A hace exactos 50 años. Roque nunca lo vio, pero lo siente como un padre. Ese ángel dio el nombre por el que las vecinas y los vecinos quieren que llamen a su barrio: Carlos Mugica.

Roque habla a metros de la manzana 30, donde se erige la parroquia Cristo Obrero. Del viernes 10 al domingo 12 de mayo hicieron en el playón la vigilia–misa–festival por lo que definen de manera unánime como “martirio del padre Carlos”. La historia comienza a principios de la década del 60, cuando el protagonista llega al barrio. Hacía más de seis años que estaba proscripto el peronismo, al que Carlos rechazó a mitad de los 50 pero que ahora ya empezaba a mirar con otros ojos. La realidad del territorio le devolvió una certeza: solo se puede salir con justicia social.

Mugica llegó al asentamiento (surgido en la década del 30 entre las terminales del ferrocarril y el puerto) para ser director espiritual y capellán de un espacio para familias de bajos recursos del colegio Paulina von Mallinckrodt, un liceo religioso fundado en 1934 por la congregación de las Hermanas de la Caridad Cristiana, con sede central en Recoleta. Sin embargo, una vez vuelto de un largo viaje en el que pasó por Bolivia (donde quiso repatriar los restos del Che), Cuba, el Mayo francés y finalmente una visita a Perón en Puerta de Hierro (Madrid), se entera de que las autoridades del colegio lo habían destituido por su adhesión al tercermundismo.

Pero Mugica quería seguir en la 31, con los suyos. Así logra que el padre Ramiro López, de San Martín de Tours, anuncie la construcción de una capilla en el sector Comunicaciones de la villa. Y destina a Carlos para esa tarea.

Martín De Biase, en su trabajo Entre dos fuegos, relata que apenas conocida la noticia, concurrió a lo de su hermano Alejandro, entonces empresario de la construcción, “y lo convenció de que aportara los fondos necesarios para levantar la capilla”.

MISA Y MUCHO MÁS

Celebraba misa los domingos en una única aula de la única escuela símil dispensario: bautizaba y casaba parejas. Después se dedicaba a recorrer el barrio y hablar con los vecinos. “La mayoría eran trabajadores del puerto, varios de ellos dirigentes peronistas (…). Con ellos, Mugica fue acercándose al sindicalismo y al movimiento obrero”, explica María Sucarrat en su libro El inocente.

En ese momento, vivían unas 20 mil personas en la 31. “El hedor era insoportable, motivado por la carencia de servicios. Había un grifo de agua cada 58 familias. La ubicación y las condiciones materiales de este enclave de miseria generaba en sus habitantes una mayor conciencia social reinante”, plantea De Biase.

Mientras conseguía donaciones de alimentos y medicamentos, Mugica buscaba acercar más gente a la causa de la Iglesia y también a la acción social. Para eso era clave el deporte. En los torneos de fútbol que organizaba fue uno más. “Era muy sucio. Pegaba y puteaba. Le gustaba la mitad de la cancha y discutía si no lo ponían en el equipo”, recordó Alberto, uno de sus colaboradores.

En 1967 un grupo de sacerdotes, liderados por el obispo de Olinda, Elder Cámara, emite un documento que dará nacimiento al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, al que se suma Mugica. También integra la Pastoral de las villas de emergencias. En enero de 1970, a través de la revista Cristianismo y Revolución, que entonces tiraba unos cinco mil ejemplares, el Equipo Pastoral Villero sentó posición respecto al plan de Onganía de erradicar los barrios carenciados: “La solución plena a un problema estructural solo puede alcanzarse con una acción profunda y revolucionaria. Afirmados en nuestras raíces tenemos que crear una patria nueva en la que la economía esté al servicio del hombre y no del dinero”.

BARRIOS OBREROS

Los curas exigían transformar las “villas miserias en barrios obreros” y le reclamaban al poder público los fondos necesarios para hacerlo.

El Mugica villero debió arrastrar críticas por su dualidad de ser de familia aristocrática. De hecho, dormía casi siempre en su hogar familiar. “A veces se quedaba en la villa pero, debido a los ruidos que había, le costaba mucho conciliar el sueño. Y al levantarse, estaba muy cansado y no tenía la misma energía de siempre para trabajar”, contó Ema Almirón, una colaboradora en Retiro. El propio Mugica debió responder el cuestionamiento a la revista Siete Días: “A mí no me falta absolutamente nada, pero trato de que no me sobren cosas”.

Carlos era un hombre de acción. Eso lo destacaría por sobre el resto. El 27 de diciembre de 1970 fue un gran día para la villa. Luego de años de trabajo se inauguraba la capilla Cristo Obrero, con capacidad para 50 personas. Esa jornada, Carlos se fue con varios vecinos a festejar a la casilla de Drácula Lurro, un trabajador portuario de enorme tamaño. Comió asado en abundancia. Aunque no tomaba bebidas alcohólicas (era fan del Cepita), aceptó un poco de vino tinto. “No hay que despreciar a la gente”, decía.

En su gobierno de facto, Onganía llevó al cierre de ingenios en Tucumán. Muchos de esos trabajadores desocupados vinieron a la Capital. Entre ellos, el abuelo de Fátima Cabrera, que arribó a la Villa 31 y consiguió un laburo en el puerto. Ella llegó del norte con su madre y cuatro hermanos, en 1966. “Ese año se produjo una huelga de portuarios muy grande –recuerda–. Conocí al padre Mugica cuando venía a la casa de mi abuela, era una casa muy abierta que invitaba el domingo a comer empanadas.” Cuando Fátima alcanzó los 13 años empezó a ir asiduamente a la capilla, hasta convertirse en una de las primeras catequistas de la villa. Recuerda los “terribles accidentes de laburo que había en el puerto, como el caso de mis tíos”; las razias llevando filas de hombres detenidos; la participación comunitaria como una enseñanza de vida; los “muchísimos incendios” y las posteriores ollas populares solidarias, y la policía
montada de Lanusse parando en la puerta de la capilla en las misas de la tarde.

Hoy los restos de Carlos descansan en su amada Villa 31. El traslado se hizo efectivo en 1999. En medio de una multitud, el entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, declaró: “Oremos por los asesinos materiales, los ideólogos del crimen del padre Carlos y por los silencios cómplices de gran parte de la sociedad y de la Iglesia”.

“Cuando matan a Carlos fue terrible, nos dejó una orfandad tan grande…”, recuerda Fátima. Y vuelve a su época de militancia en la JP y el Movimiento Villero Peronista. “Era un momento de mucha efervescencia y la villa era un lugar muy organizado, venía gente de todos lados. Un día yo estaba por ir al colegio, a la tarde, y empezamos a sentir las campanas de la capilla. A esa hora era raro que hubiera una misa. ¿Qué era lo que sucedía? Había llegado Perón a la villa. Y fue directo a la capilla. El barrio era una fiesta.”

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Gustavo Sarmiento
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