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Caras y Caretas

           

Todo texto es político

A partir de la Revolución cubana, Julio Cortázar sintió el compromiso de escribir y de dedicarse a la causa latinoamericana. Pero su obra, desde siempre, estuvo atravesada por los fenómenos colectivos y las fuerzas sociales que fueron tejiendo la historia.

Julio Cortázar fue atraído, desde joven, desde siempre, por la política; ello hace que aparezca como débil e improbable la teoría (puesta en circulación por amigos o ex amigos de otras épocas) de la existencia de “dos Cortázar”: uno, primero, juvenil e inocente, dedicado a lo fantástico, completamente colocado de espaldas a la realidad que lo rodeaba, y otro, sobrevenido después de la Revolución cubana, politizado y ardiente de una literatura testimonial, denunciadora, solidaria con revoluciones. Porque sin dejar de observar, a lo largo de toda su obra, una persistencia y una fidelidad primordiales a sus tempranos amores estéticos y literarios, contrarias al abandono del horizonte de la belleza artística en aras de compromisos políticos y sociales a los que habría advenido tardíamente, los contextos domésticos y cotidianos, así como los sociales y políticos, son fácilmente perceptibles ya desde sus primeros relatos, sin que ellos (y he aquí una de sus grandes singularidades) dejen de ser fantásticos. Textos iniciales, como “Casa tomada”, “Las puertas del cielo”, “Ómnibus” (con las oposiciones Chacarita-Recoleta, mayorías-minorías), “Bestiario”, “Las ménades”, “La banda”, dan cuenta de nuevos fenómenos colectivos y de nuevas fuerzas sociales en la Argentina, algunos de los cuales lo irritarían hasta el punto de pintarlos (luego habría de arrepentirse públicamente) con trazos oscuros y caricaturescos.

Es que lo fantástico fue, para él, algo que está en la realidad, una inquietud que surge, como lo asentó varias veces, “en un plano que yo clasificaría de ordinario”, en los “intersticios” de la realidad, y que una mirada educada por el racionalismo, “por el optimismo filosófico y científico del siglo XVIII”, no nos permitiría ver. Él cree ver y mentar la realidad, nada más que la realidad, pero una realidad verdadera y completa. Por eso, cada vez que habla del realismo le añade un adjetivo: “ingenuo”, “falso”. Cortázar, por primera vez en la literatura rioplatense (y tal vez también de otros lugares), hace partir lo fantástico de
situaciones domésticas, cotidianas, juzgadas normales; va brotando casi imperceptible, subrepticiamente, de aquellos “intersticios”, y termina abarcándolo todo. Son algunos ejemplos los arriba mencionados, así como “Cartas de mamá”, “Las babas del diablo”, “Autopista del sur”; relatos como los muy políticos (que nunca dejan de ser fantásticos) “Alguien que anda por ahí”, “Apocalipsis en Solentiname”, “Graffiti”, y otros en los que el paso de un nivel a otro es apenas visible.

DESCUBRIR AL PRÓJIMO

Los contextos cotidianos, domésticos, y también sociales y políticos, fueron pues una preocupación permanente de su vida y estuvieron siempre presentes en su literatura; cierto es que la mirada fue cambiando de signo. Es probable que tal fenómeno haya comenzado íntimamente antes de partir de la Argentina o se haya producido cuando, como él declara, sintió “esa especie de descubrimiento del prójimo”. Puede que esta evolución o esta experiencia se diera a partir de sus vivencias en París en los tempranos 50, en la Francia salida de la Segunda Guerra, devastada, hambreada, sacudida al mismo tiempo por las guerras anticoloniales que iban a cuestionarla gravemente, a vencerla como metrópoli, en Dien Bien Phu primero y en Argelia luego, donde se avecinaba la incontenible victoria de la revuelta popular. Se sumaban movimientos semejantes en otras colonias europeas, y también cambios en América latina a los que él estaba muy atento. Sus inquietudes por comprender esa nueva realidad, harto distinta a la que había conocido desde aquí, aun bajo el peronismo, con el cual, en aquel momento, como la mayoría de los intelectuales, no simpatizaba (sin creer, por eso, en lo que yo he llamado “la leyenda antiperonista”), se manifestaban en comentarios privados, en cartas, en su conducta pública y, como no podía ser de otro modo, en las tensiones por las que iba atravesando su concepción del papel de la literatura y de su propia escritura. Las teorías del engagement sartreano jugaron su papel, aun indirecto, y más atrás las concepciones y el propio hacer de los surrealistas, tan presentes en él.

En 1963, Cortázar visitó Cuba, para integrar el jurado del Premio Casa de las Américas. “Entonces allí, de golpe, entré en un contexto popular que no conocía porque, como pequeño burgués estetizante, me había mantenido muy lejos de todo lo que podemos llamar muchedumbre o multitud. Ahí, de golpe, me metí en un conjunto en donde todo el mundo tenía alguna cosa que decir, alguna cosa que hacer, donde los problemas eran terribles cotidianamente, y de golpe empecé a sentir por primera vez lo que era América latina”. Comenzó una estrecha relación con la isla, con el proceso de transformaciones que esta estaba viviendo y con algunos de sus motores, aquellos del campo intelectual.

DE CUBA PARA AMÉRICA LATINA

Desde entonces, Cortázar asume una actitud más y más comprometida con los procesos de cambio en América latina: se pone del lado del gobierno de Salvador Allende en Chile, del movimiento y luego del gobierno sandinista en Nicaragua, de los pueblos sometidos a las dictaduras del Cono Sur; interviene en las actividades del Tribunal de los Pueblos que reemplaza al Tribunal Russell II (en el que también ha participado), en las del Comité de Intelectuales por la Soberanía de Nuestros Pueblos y la Paz, del que es asimismo fundador, y en las de los exiliados y perseguidos chilenos, uruguayos, argentinos. Y expone esas adhesiones en algunos textos eminentemente políticos: Fantomas contra los vampiros multinacionales, Nicaragua tan violentamente dulce y Argentina: años de alambradas culturales. También fueron altamente políticas, no solo estético-literarias, sus polémicas con Óscar Collazos, con José María Arguedas, con David Viñas, que pusieron en cuestión actitudes, gestos y hasta textos, y de las que no siempre salió ileso.

Me parece, así, que la preocupación política fue una constante desde sus primeros textos. Y que ella no se reveló solo en lo dicho sino también en el intento de ir apoderándose del lenguaje popular y de ir llegando a establecer con él una relación íntima, que viene desde “Torito”, desde los niveles del lenguaje que fue el primero en advertir en Adán Buenosayres, y se afianza en Los premios y en su conciencia de querer “escribir en argentino”. Y que todo ello, lo expreso u oculto, de ningún modo diferencia o desvía o violenta su obra, presidida por una idea de autonomía estética y literaria que mantendrá toda su vida.

Escrito por
Mario Goloboff
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