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Caras y Caretas

           

“Cortázar es argentino hasta la muerte, aunque haya nacido en Bélgica”

Especialista en literatura argentina, la investigadora Sylvia Saítta recorre la obra del autor de Rayuela y explora su biblioteca, sus lecturas, su influencia en las generaciones que lo sucedieron.

Mientras habla de Cortázar, Bioy, Arlt, Marechal, crece el impulso de leerlos otra vez. Con la pasión de quien presenta a sus grandes amores, abre sentidos, compara, se pregunta, enseña, toma partido. Sylvia Saítta, titular de la cátedra Literatura Argentina II en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), investigadora principal del Conicet, especialista en archivos históricos de revistas, codirectora de la colección Serie de Dos Siglos de Eudeba –que reedita clásicos de los primeros doscientos años de la Nación–, autora de libros y artículos que hacen de cicerone de esa producción, habló con Caras y Caretas de Julio Cortázar como lector de literatura argentina, desmenuzó su filiación como escritor, nos devolvió al placer de leerlo. Por primera vez o una vez más.

–¿Cortázar se consideraba un escritor argentino? Aunque nació en Bélgica y vivió la mayor parte de su vida en Francia, ¿es un escritor argentino?

–Cortázar es un escritor de la literatura argentina, en diálogo con la literatura argentina, y de hecho, habiendo vivido buena parte de su vida no solo fuera del país sino en otra lengua, conservó el castellano rioplatense como la lengua de su literatura. Hay otros escritores que pasaron de lengua; no es el caso de Cortázar, que dialogaba, estaba totalmente atento a qué se publicaba y se leía en la Argentina y a cómo era leída su literatura en la Argentina. Ese diálogo fue permanente porque él pensaba su literatura en el marco de la literatura nacional. Así que sí: argentino hasta la muerte, aunque haya nacido en Bélgica.

–Incluís a Cortázar en una familia de escritores que integran Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Felisberto Hernández, Juan Carlos Onetti, Horacio Quiroga. ¿A quién se debería agregar?

–Creo que hay tres grandes momentos en la lectura de Cortázar de la literatura argentina. En principio, es un lector más atento a la revista Sur. Sobre todo porque a Cortázar le interesaba el género fantástico. Y en Sur escribían los grandes autores que no solo estaban escribiendo la literatura fantástica sino que estaban haciendo una reflexión casi programática sobre el fantástico en la literatura argentina. Es una línea que abre en Quiroga y cierra en Pepe Bianco, pasando por Borges, Bioy, Silvina Ocampo. Vinculada a esa zona, pero en los bordes, la lectura diferente que hace Cortázar es sobre el surrealismo, y ahí entra Alejandra Pizarnik, de quien era muy cercano, además. Hay un segundo momento en 1980, cuando escribe el prólogo a las obras completas de Roberto Arlt. En ese prólogo recupera sus primeras lecturas sobre Arlt, realizando una operación que después la crítica le atribuye sobre todo a Ricardo Piglia, pero que yo creo que ya está en Cortázar, que es la de pensar su literatura en el cruce de Borges y Arlt. Ese prólogo habla tanto de Arlt como de Cortázar. Entre ese primer y segundo momento, hay otro, fundamental, cuando se incorpora un tercer escritor. Es la lectura que hace de Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, en 1948.

–Cortázar calificó a Adán Buenosayres como un “acontecimiento extraordinario de las letras argentinas”.

–El único lector o el gran lector que tuvo Adán Buenosayres en 1948 fue Cortázar. Marechal no podía ser leído ni por quienes venían de las vanguardias ni por Sur por cuestiones más ideológicas que literarias: era funcionario del gobierno peronista. Pero tampoco pudo ser leída por el peronismo, que sostenía otra idea sobre el arte nacional y popular. Adán Buenosayres es una novela extremadamente compleja, difícil, escrita por un vanguardista católico peronista. No encontró a sus lectores.

–¿Qué lee Cortázar en Adán Buenosayres?

–La construcción de una lengua para la literatura argentina. Una lengua coloquial, la lengua rioplatense, que puede pasar de lo alto a lo bajo, de lo popular a lo culto, que escucha el habla de la calle.

–¿La construcción de un lenguaje literario argentino necesitaba de la polifonía urbana?

–Cuando Cortázar comienza a escribir, estaba en discusión cuál era la lengua para la literatura nacional. La primera edición de El túnel, de Ernesto Sabato, de 1948, está escrita en “tú”. Cuando la reedita, la pasa al “vos”. Las novelas de Roberto Arlt oscilan. Si bien Arlt es el que hizo de la lengua de la calle un material fundamental para su literatura, en los diálogos hay una oscilación entre el tú, el vos y muchas palabras que provienen de las traducciones que leía. Hay zonas que parecen escritas por un español, sobre todo en El juguete rabioso, donde aparece “oye”, “tío” o “majo”. No estaba resuelta la cuestión de cómo se escribía, sobre todo la lengua coloquial, la lengua oral. Esa es la búsqueda y el desafío que se impone Cortázar: el modo en que habla un personaje define al personaje. No solo por las palabras que usa sino por el tono. Es lo que se le complica a Cortázar después de vivir durante años fuera de la Argentina: no quedar con una lengua coloquial antigua. Arlt dice que a través del habla uno puede entender a un pueblo. Cortázar está en la misma pero con una gran diferencia: tiene otra formación literaria y cruza otras escuelas, por ejemplo, el surrealismo, la cuestión del azar y la creación de neologismos, ese cruce que logra en Rayuela o en 62/Modelo para armar.

–¿Y el último momento?

–Es en los años 70, cuando Cortázar escribe Libro de Manuel, considerada por la crítica una novela fallida. Cortázar intentó vincular la política con la literatura fantástica o, mejor dicho, con el surrealismo. Combina la denuncia de la tortura y los presos políticos, pero en clave surrealista. Fue muy criticado. Vos me preguntabas si él se consideraba parte de la literatura argentina: Cortázar presenta su novela en una gira por América latina, que termina en la Argentina. Libro de Manuel se presentó en la CGT de los Argentinos, estaban Raimundo Ongaro, Rodolfo Walsh. Pero también María Elena Walsh, grupos provenientes de Sur, grupos vinculados a la militancia. Durante la dictadura también existió esa polémica muy fuerte con Liliana Heker en El Ornitorrinco, precisamente por cómo era leída una literatura escrita fuera de la Argentina y cómo se estaba escribiendo en la Argentina en dictadura. Si se podía escribir desde adentro o había que escribir desde afuera, que era lo que decía Cortázar, para poder denunciar lo que pasaba adentro. Fue uno de los capítulos de esa separación entre “los de adentro” y “los de afuera”. Es un debate que lo excede, pero en el que ocupa un capítulo importantísimo.

–Cuando Cortázar se fue a París, su biblioteca tenía un 60 por ciento de obras en francés. ¿Cómo era su última biblioteca?

–Hay mucha literatura argentina y latinoamericana porque los jóvenes, a partir de lo que significó Rayuela en los años 60, le envían sus libros. Basta leer los tomos de su maravillosa correspondencia. Se puede acceder a través de internet a esa biblioteca, que está en la Fundación March, y ver las dedicatorias de escritoras y escritores argentinos y latinoamericanos. Obviamente, está toda la literatura europea también.

–¿Qué lugar ocupa Cortázar en la biblioteca de las nuevas generaciones?

–El impacto de Cortázar, de la Maga, de Rayuela, dura hasta la dictadura. Después, su lugar cambia y le lleva mucho tiempo volver a estar. Las operaciones que hicieron entre Ricardo Piglia o Juan José Saer, que ocuparon el centro del sistema literario argentino, lo desplazaron muy fuertemente. En el siglo XXI empezó a recuperarse su centralidad. Esto se vio en 2014, para el centenario, en el gran congreso en la Biblioteca Nacional. Actualmente se lee menos, todos leemos menos, pero por lo que veo en el aula, los alumnos llegan con algún Cortázar leído, es muy raro que no hayan leído “Casa tomada”. No tanto Rayuela, es bastante más difícil la identificación con la Maga. Pero algo de sus cuentos sigue interpelando a los más jóvenes.

–¿Por qué?

–Porque su literatura tiene algo de iniciática, por la cuestión más lúdica. El fantástico de Cortázar puede ser ubicado en los 40, los 50, los 60, que es cuando lo escribió, pero habla del presente. Aun los cuentos más fantásticos siguen permitiendo pensar el presente, los mundos enfrentados, uno y la multitud.

Escrito por
Olga Viglieca
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