Gente y Siete Días, dos emblemáticas revistas de interés general que nacieron en los años 60 del siglo pasado, coincidieron en ilustrar la tapa de la edición dedicada a la asunción del presidente Raúl Alfonsín con fotografías similares: el flamante mandatario democrático eleva su mano izquierda para saludar a la multitud desde el histórico Cadillac descapotable, acompañado por su esposa, María Lorenza Barreneche. Ambas publicaciones ofrecieron en su interior imágenes y enfoques parecidos en la mayor parte de las páginas. Sin embargo, la diferencia quedó marcada en la selección de columnistas, en especial por los escritores y las escritoras elegidas para analizar el acontecimiento histórico ocurrido en la mañana del 10 de diciembre de 1983.

Gente, símbolo de los medios colaboradores de la última dictadura cívico-militar, fue la revista más vendida en el último mes de aquel año, con un promedio semanal de 233.915 ejemplares, según el Instituto Verificador de Circulaciones (IVC). Entre sus notas, sobresale una entrevista de seis páginas a Jorge Luis Borges, que ese año había tenido una activa participación en el acontecer político del país: firmó una solicitada de Abuelas de Plaza de Mayo en favor de la restitución a sus familias de los nietos de detenidos-desaparecidos; adhirió a la Asamblea Interpartidaria de la Cultura; calificó de “monstruosidad jurídica” la Ley de Autoamnistía dictada por el régimen; participó de la reunión de intelectuales convocada por Alfonsín tras el triunfo electoral del 30 de octubre. En ese encuentro sorprendió a todos con un exaltado “¡Viva la patria!”, reedición del “¡Viva la patria! ¡Viva Córdoba! ¡Viva la libertad!” plasmado en 1955 tras el golpe de Estado contra el peronismo. Esperaba que Alfonsín fuera “una providencia” y no se convirtiera en un “líder”.
“Ahora quiero vivir, quiero ver este renacimiento.” La frase de Borges usada para titular la entrevista sintetizaba el espíritu de apoyo incondicional que el escritor manifestó tras la victoria radical. Atrás habían quedado sus temores de un retorno peronista: “Tenía miedo de volver al país. Y aquí estoy otra vez, para colaborar con esta democracia”. Tras el triunfo de Alfonsín, el diario La Voz había recogido otra de sus sentencias categóricas: “Una mayoría de los argentinos está harta de la mitología crasa del primer trabajador y la (sic) hada rubia”.

Borges no pudo votar en aquellas elecciones trascendentales porque había viajado a Estados Unidos, invitado por una universidad de Madison, en Wisconsin, para dar una serie de conferencias. La noticia del resultado de los comicios lo tomó desprevenido en un festejo de Halloween, disfrazado de lobo, junto con profesores y estudiante. “Entré en una sala llena de esqueletos, de fantasmas, de vampiros y grité (en latín): ‘El hombre es un lobo para el hombre’. En ese momento me tiraron de la manga y me dijeron al oído que había ganado el doctor Alfonsín. Entonces se me ocurrió, ya que tenía la cara de lobo… entré en la sala aullando y les grité a los esqueletos, a los fantasmas, a los osos y a los tigres. Estaba en un ambiente fantástico; pero había sucedido algo mucho más fantástico en la patria, un milagro mayor. Mucho más importante que este pequeño milagro, que yo apareciera en la reunión con una gran cabeza de lobo.”
En la entrevista realizada por Néstor Montenegro, el ganador ese año de la Legión de Honor (Francia) y la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio (España) reconocía que se había dejado “engañar con los militares” y subrayaba: “Despojaron al país, lo expoliaron, lo destrozaron. Han cometido todos los errores y todos los crímenes posibles. Hasta se habla de 30.000 desaparecidos… Desaparecidos es un eufemismo, pero es decir 30.000 personas, acaso secuestradas, torturadas y tal vez asesinadas. Hasta inventaron una guerra”.
“Vivimos siete años con personas autoritarias e inexplicables. Insensatos que no admitieron posibilidad de diálogo. ¿Usted recuerda cuando el Herald publicó listas de personas desaparecidas por el gobierno? Después el director, Cox, tuvo que huir del país por las amenazas que recibió. Los demás diarios nunca dijeron nada”, graficaba.
El autor de “El Aleph” se sentía “feliz, estimulado y atónito”, y hasta “todavía incrédulo”. Recuperó el entusiasmo que más de medio siglo antes había sentido cuando aceptó la presidencia del Comité Yrigoyenista de Intelectuales Jóvenes, conformado por gran parte de los escritores de la revista Martín Fierro para apoyar al líder radical en las elecciones de 1928.
La democracia –reflexionaba– “ahora es una esperanza, no un imposible. Ha ocurrido algo asombroso”. Y completaba la idea: “Antes no teníamos derecho a la esperanza. Ahora tenemos el deber de la esperanza”. Suponía que los militares no se habían “avergonzado de lo que han hecho” y nuevamente apelaba a la esperanza: “Mientras exista una democracia estoy seguro de que no volverán”.
Una crónica y una distopía
Además de la opinión de Borges, la revista de la editorial Atlántida recabó el testimonio del historiador Félix Luna, que en el artículo “Después del baile” planteó los desafíos del nuevo gobierno, y sumó las columnas de la novelista Marta Lynch y el escritor Marco Denevi.
En “El Alfonsín que yo vi”, la autora de La alfombra roja trazó una crónica de la mañana del 10 de diciembre: “No sé qué es lo que me gustó más: si la pieza oratoria del Congreso, si la sonrisa incomparable dirigida a la multitud, si el beso depositado en la cara de la dichosa madre (de Alfonsín), si la letanía del Preámbulo en el balcón inseguro del Cabildo o si fue ese vuelo eterno de las palomas que, como en la canción de María Elena Walsh, vieran pasar, esta vez, no sables ni cañones, balas ni amenazas sino el paso de una multitud pacífica y delirante, plagada de chicos que veían en ellas –en esas palomas– la expresión de un espíritu puro que se encarnaba para este día de la patria”.
Y compartía con los lectores que en la noche de esa jornada se uniría a los festejos en el Ateneo Crisólogo Larralde, en el partido bonaerense de Olivos, “con parrilla y bebidas, con música y artistas populares, con mi gente”. En el baúl del olvido había escondido sus simpatías por el frondicismo, el peronismo y el masserismo.
En “Argentina: cerrada por huelga”, Denevi reflexionaba sobre el concepto “democratizar a las Fuerzas Armadas” y planteaba una distopía: el 1° de mayo de 1987 Argentina sufre un golpe de Estado que fracasa tres días más tarde; una huelga general de todos los sectores de la sociedad fuerza al gobierno de facto a renunciar y entregar el poder “al presidente de la Suprema Corte para que en un plazo de treinta días llame a elecciones”.
Un viaje a la Argentina democrática
Siete Días llegó a vender en diciembre de 1983 un promedio de 86.005 ejemplares semanales. En la edición posterior a la asunción de Alfonsín aporta un abanico de voces de autores prohibidos, censurados y exiliados: Rodolfo Braceli –”No tener memoria será criminal”–, Luisa Valenzuela –”La promesa de un futuro claro y libre”–, Oscar Viale –”Hay que reconstruir una cultura demolida”– y Mario Diament –”Una nueva prensa para un nuevo país”. También suma las opiniones de la presidenta de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, y el periodista detenido-desaparecido Jacobo Timerman, entre otras.

La entrevista a Cortázar solo ocupa una página, la misma extensión que las reflexiones de los columnistas. Ese texto debe leerse en paralelo con otra entrevista, publicada en la revista Argumento Político, ambas firmadas por Alberto Perrone, que presentan una continuidad: podría inferirse que son parte de una misma conversación. Hasta las dos comienzan con una observación sobre la delgadez del autor de Rayuela, exiliado en Francia, que había llegado a la Argentina días antes de la asunción de Alfonsín, después de una década de ausencia.
“Hay que terminar de echarles la culpa a los otros” es el título de la entrevista publicada por la revista de la editorial Abril, en la que planteaba que “en la Argentina debe renacer una crítica generosa y no una crítica cuyo único deseo sea moverle el piso al gobierno de Alfonsín. Porque si la oposición es simplemente negativa, los milicos van a volver. Aunque eso sea impensable en este momento”. Su militancia de izquierda estaba lejos del radicalismo, pero comprendía la complejidad de la realidad nacional.
Cortázar, que ese año publicó Los autonautas de la cosmopista (o Un viaje atemporal París-Marsella), advertía que “los milicos conservan el aparto y el poder”, aunque lo contraponía con la existencia de “una juventud que está deseosa de vida y muy esperanzada”.
Uno de los desafíos del nuevo gobierno, a su criterio, era impulsar un “plan de educación integral” y la construcción de una “conciencia latinoamericana”: “Hay que modificar profundamente las estructuras dentro de las cuales nos han educado a todos nosotros. La educación primaria debe ser una prioridad para terminar con este nacionalismo fácil y patrioterismo fácil. Para acabar con esa noción que nos han metido desde chicos: los argentinos son los mejores”.
Y señalaba como defectos “la perduración de un machismo que tira abajo los mejores proyectos” y “delegar responsabilidades en los demás”, una conducta “que nos ha hecho mucho daño”. Por eso, aspiraba a que la sociedad realizara una autocrítica: “En la medida en que el pueblo argentino no se dé cuenta de que él es el protagonista de su democracia y no los demás, no vamos a salir adelante”.
Vislumbraba un país en que la palabra “exiliado” no figurara en el diccionario de la nueva democracia: “Observé mucha tensión y mucha inquietud tanto en los que han permanecido en la Argentina como en quienes comenzaron a regresar. Lo más lamentable sería que los exiliados que vuelven lo hicieran en una actitud triunfalista”. Y graficaba: “Nunca faltará un porcentaje de gente que ni siquiera han sido auténticos exiliados y que vuelvan con esa tarjeta de visita, pensando que eso les da una especie de estatus moral. Personalmente estoy convencido de que la mayoría volverá con mucho de lo que han podido aprender para su perfeccionamiento. Y volverán con ganas de ser útiles a su país”.
Cortázar, a diferencia de Borges, no pudo conocer a Alfonsín y conversar sobre la Argentina de la democracia naciente. La historia del desencuentro fue contada cientos de veces por sus protagonistas principales y secundarios. Durante el puñado de días que estuvo en Buenos Aires, el autor de Deshoras se hizo tiempo para visitar a su madre, caminar por la avenida Corrientes, ver la película No habrá más penas ni olvido –basada en la novela de su amigo Osvaldo Soriano–, asistir al cierre de una nueva edición de Teatro Abierto y responder varias entrevistas. Fue una despedida por entregas. De regreso a París, la muerte lo sorprendió el 12 de febrero de 1984.
