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Caras y Caretas

           

Favio, el boxeo y la pasión por Maradona

El director y cantautor cultivó un profundo fervor por el pugilismo que también llevó a su cine. Su relación con Diego y el poema que le dedicó.

En el inicio de la última dictadura, antes del exilio, Leonardo Favio estrenó la película Soñar, soñar (1976). Su regreso a la dirección cinematográfica fue con Gatica, el Mono (1993). Pasó de un boxeador (Carlos Monzón) como actor a un actor como boxeador (José María Gatica). El boxeo suele ser el deporte de los intelectuales. Entrado el siglo XX, ya popular, se convirtió en una vía de escape de la pobreza. Favio, su figura, condensó los mundos.

En Soñar, soñar se inspiró en su adolescencia en Luján de Cuyo, Mendoza. “¿Y cómo hay que hacer, para eso, para artista?”, le pregunta Carlitos, el protagonista, a Mario. “Yo qué sé. Irte. Te vas a Buenos Aires.” Carlitos es Monzón, el protagonista de la película. Mario es el cantautor italiano Gian Franco Pagliaro. “Monzón tenía una belleza increíble, con algo de niño en la mirada –detalló Favio–. Me hacía acordar a nosotros.” En los rings, Monzón empezaba a pegar con los ojos. Con la “mirada asesina” se había consagrado campeón del mundo peso mediano ante Nino Benvenuti en 1970, en Roma. Fue la que cautivó al director de cine Pier Paolo Pasolini, que quiso llevar a Monzón a la pantalla antes que Favio. Lo cuenta el periodista Carlos Irusta en Monzón. La biografía definitiva. Pero fue Favio el que lo hizo en Soñar, soñar, en la que el personaje de Pagliario le pone ruleros a Monzón, las piernas cruzadas, en bata. “Solo Favio –marca Irusta– podía lograr algo así.” Favio lo convenció luego de que el gran macho argentino le dijera que estaba loco. Faltaban doce años para que Monzón fuera, además, un femicida.

SER GATICA

A Edgardo Nieva, el actor que encarnó a Gatica y que se entrenó con el campeón mundial Sergio Víctor Palma, Favio le decía en el rodaje que no hiciera de Gatica, sino que fuera Gatica. “La única diferencia entre Gatica y yo son los oficios”, dijo Favio cuando apareció la película. Gatica nunca fue campeón del mundo, como Monzón. Pero fue el boxeador que simbolizó el ascenso social durante los primeros gobiernos de Juan Domingo Perón. “En Gatica encontré una apretada síntesis de la suerte de nuestra gente, de nuestro país –agregó Favio–. Me pareció el lápiz ideal para trazar ese dibujo.” El auge y la caída de Gatica coinciden con el auge y la caída del peronismo. La suerte de Gatica deriva en proscripción y eliminación de derechos. Para Favio, el peronismo fue una forma de pensar que “no penetró a fuerza de bayonetas, sino repartiendo pan”. Gatica comió ese pan, representó el sentir de “nuestras grandes mayorías, que no están alfabetizadas doctrinariamente”.

Si Favio llegó desde Luján de Cuyo, Gatica había llegado a Buenos Aires desde Villa Mercedes, San Luis. Y Monzón, desde San Javier, Santa Fe. “Cuando se trabaja en la fábrica o en la mina, hay que ser capaz de tragarse cosas e incluso de hallar gloria en el sufrimiento físico –escribe el sociólogo Loïc Wacquant en Entre las cuerdas. Cuadernos de un aprendiz de boxeador–. De ahí la afinidad histórica entre las clases obreras (sobre todo sus fracciones inmigrantes) y el boxeo.” Favio era un obrero de la cultura popular.

EMPATÍA

Aunque no haya mención alguna, Gatica, el Mono también sirve como explicación de la relación de los argentinos con Diego Maradona. Fue estrenada un año antes del “me cortaron las piernas” en el Mundial de Estados Unidos 1994. Si la FIFA le pasó factura a Maradona con el doping, Gatica… se peleó a golpes de puño contra los tanques de Hollywood en los albores del neoliberalismo en la Argentina. “Gatica fue el Maradona de la época –dijo Nieva en 2018–. Era imposible no sentir empatía, venía realmente del hambre, con muchas ganas de ser alguien.” Chitoro y Doña Tota, los padres de Diego, habían llegado a Villa Fiorito desde Esquina, Corrientes: su hijo nació en el Hospital Evita de Lanús, inaugurado en pleno peronismo, como si estuviéramos dentro de un guion de Favio, que desborda épica y argentinidad.

Maradona lloraba y se recomponía después de cada traspié con las canciones de Favio de fondo. Se emocionaba con “Fuiste mía un verano”. En los momentos tristes, Favio era, dijo Diego, un amigo sin que lo supiera. El Día del Amigo de 1997, Maradona fue a escucharlo al teatro Astros. Volvía a cantar en Buenos Aires. Diego había vuelto a jugar en Boca, en su regreso final al fútbol. “La presencia de Diego me justifica como autor y cantante. Es lo más bello que me pudo ocurrir en la vida mía, como artista, verlo a Diego –le dijo Favio a la cámara de Crónica TV, con él al lado–. Su sola presencia hace latir corazones al unísono en el mundo entero. Fue una noche emocionante que yo no olvidaré nunca más y que mis hijos verán con orgullo. Es nuestro, es de acá, es irrepetible. Pasarán los siglos y se hablará de Maradona.” Diego le apoyó la cabeza en el hombro. Favio, como un padre, le dio un beso en ella.

En 2004, Maradona fue internado en una clínica neuropsiquiátrica por su adicción a la cocaína. Por aquellos días, Favio escribió un poema que recién salió a la luz hace una década. En “Mi cotidiano insomnio”, le escribe: “Diego, en la callada foto que conservo en mi cuarto/ donde desguarnecido te apoyaste en mi pecho/ vi tu desolación de niño acorralado/ Se adivina el madero en tu mirada tierna/ Una constelación de multitudes/ te ha cercado por siempre/ Ya no tendrás olvido, ya no tendrás descanso/ Mientras haya un planeta en que respire un niño/ un niño habrá que sueñe que es Diego”. En “la callada foto que conservo en mi cuarto” hay una dedicatoria. “A mi maestro motivador –le firma Diego a Favio–. Con todo mi amor.”

Escrito por
Roberto Parrottino
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