• Buscar

           

Dos tipos audaces

Ilustración de nota: Juan José Olivieri
Ilustración de nota: Juan José Olivieri

Además de escritor, Manuel J. Castilla era periodista. En cierta ocasión, acompañado por su socio Leguizamón, se vieron obligados a resolver un crimen.

La primera escena de esta trama ocurrió en la redacción de El Intransigente, el diario más leído de Salta. Era una sofocante tarde veraniega de 1957 cuando su director, Carlos Saravia, levantó el auricular del teléfono con expresión de pesadez para tomar una llamada que le pasaba su secretaria.

–Es alguien que quiere hablar con usted. Dice que es urgente, y no quiso dar su nombre –le había adelantado ella, con tono impersonal.

Saravia maldijo por lo bajo. Estaba agobiado por el calor; además sentía fastidio cada vez que recibía ese tipo de llamadas. Generalmente, eran lectores que se comunicaban con él para denunciar algo sin importancia. Pero en aquel momento se llevó una gran sorpresa.

–¡Encontré un cadáver, don! Hay una mujer muerta en el baldío que justito está al lado de mi casa –desgranó de corrido una voz atropellada, desde el otro lado de la línea.

Saravia sintió un ramalazo de entusiasmo al intuir que de esa breve frase saldría el titular de la próxima edición.

Sin embargo, seguidamente, maldijo otra vez por lo bajo; ahora, al darse cuenta de que Gonzalito, el de Policiales, estaba de franco.

Entonces apuntó los ojos hacia otro escritorio, también vacío. Y bramó: “¿Dónde carajo está el Gordo?”.

Uno de los cronistas contestó: “Está en El Japonés con Cuchi”.

Se refería a la borrachería situada frente al diario. El Gordo, quien allí cubría Información General, era Manuel J. Castilla. Y Cuchi, nada menos que el folklorista Gustavo Leguizamón, un asiduo visitante a esa redacción.

Entre ambos –dicho sea de paso– había una sociedad artística, dado que este último les ponía música a los versos del otro.

La cuestión es que Saravia se dirigió presurosamente hacia ese lugar y en pocas palabras puso a Castilla al tanto de la novedad, antes de ordenarle ir de inmediato al encuentro del denunciante.

Cuchi sintió una gran curiosidad por el asunto.

ZAMBA PARA LA SERIE NOIR

Un cuarto de hora después, un Plymouth azulado del diario arribó a la esquina de la calles Miguel Ortiz y Zuviría. Primero brincó de la cabina el fotógrafo, un individuo esmirriado que respondía al apodo de “Fatiga”. Entre sus manos sostenía una enorme cámara Graflex Speed con flash incorporado, ya lista para disparar. Pero Castilla lo frenó para indicarle que esperara en el vehículo, a sabiendas de que la súbita irrupción de los reporteros gráficos solía cohibir a los testigos de hechos horrorosos. Cuchi, quien los acompañaba en calidad de invitado, permanecía en su asiento sin decir palabra alguna. Parecía disfrutar de la aventura en ciernes.

Luego, con pasos lentos, Castilla caminó hacia una esquina y se detuvo bajo el toldo de una despensa. Allí debía encontrar al autor de la llamada. Pero el tipo brillaba por su ausencia. Transcurridos unos cinco minutos, comenzó a masticar la posibilidad de haber sido blanco de una broma, porque en ese sitio no había ambiente de crimen.

Al rato vio venir una silueta que se dirigía hacia él. Había salido de un viejo conventillo situado junto a un baldío. Era el tipo.

Se trataba de un hombre de facciones macilentas que olía a grapa. Pero no estaba borracho; en realidad, su ánimo parecía oscilar entre la ansiedad y la congoja. Dijo llamarse Silvano Mamani.

Castilla lo anotó en su libreta. Y le hizo a Cuchi una seña imperceptible para que se les uniera. Lo cierto es que su aparición impresionó sobremanera a Mamani, puesto que Cuchi Leguizamón ya era un músico muy popular.

Luego de cruzar unas palabras con él, se dejaron guiar hacia el baldío.

Allí, el panorama era sobrecogedor.

En un rincón del terreno, sobre una pila de escombros, yacía un cuerpo femenino ya muy pálido. Estaba caído de espaldas, con el vestido levantado y la ropa interior desgarrada. En el cuello exhibía unas manchas violáceas. La fallecida no tendría más de 25 años.

El cronista estaba muy impresionado. Era lógico. Porque, a lo largo de su trayectoria, no habían desfilado ante sus ojos demasiados cadáveres ya que, en lo periodístico, lo suyo era cubrir problemas vecinales o efemérides y, de vez en cuando, alguna noticia de la política local. De manera que, en aquel instante, estaba enmudecido.

En cambio, Leguizamón exhibía cierta templanza.

Mientras tanto, con disimulo, Fatiga los fotografiaba desde la calle, con el foco de la cámara metida entre dos de los listones de madera que separaban ese terreno tapizado de yuyos del resto del mundo.

COPLA PARA ESCLARECER UN CRIMEN

Castilla seguía mudo ante el cadáver de la mujer. Fue Leguizamón quien, tras carraspear, rompió el silencio para preguntarle a Mamani: “¿La conocías?”.

La respuesta tardó unos segundos en aflorar. –Es del barrio, don. Pero no sé más.

A continuación, Fatiga los vio emerger del baldío. Los tres exhibían un gesto sombrío. Y se encaminaron hacia la despensa para llamar desde allí a la policía. Castilla se encargó de hacerlo.

Mamani continuaba atrapado entre la pesadumbre y la ansiedad. Cuchi no se movía de su lado y le susurró alguna frase tranquilizadora.

Caía el sol cuando llegó un patrullero con tres uniformados, seguido por un Chevrolet Bel Air sin ninguna identificación en su carrocería negra. Sus dos ocupantes vestían de paisano.

Uno de ellos era morocho, retacón y lucía un traje acaso con demasiada fibra sintética para esa época del año. Transpiraba copiosamente. Y encaró de mala gana a los cuatro hombres que lo aguardaban; recién entonces chapeó su credencial. Se trataba del comisario de Homicidios, Blas Choque.

Y después de cruzar un par de frases con Castilla, observó a Mamani de soslayo, antes de preguntarle si había visto a alguien salir de allí.

–Cuando llegué, todo estaba como ahora –dijo el testigo, con un toque de nerviosismo.

El comisario le comunicó: “Más tarde va tener que hacer una declaración. Ahora vuelva a su casa, porque nosotros tenemos que trabajar”.

La cara de Mamani se tiñó de alivio, como si se hubiese liberado de una pesada carga. Y giró sobre sus talones.

Pero, para el desconcierto de Castilla y del comisario, Cuchi lo atajó.

–Un momento –le dijo–. ¿Cómo descubriste el cuerpo?

El tipo, ya sin nerviosismo, contestó: “Por el olor. Sentí olor a muerto y me metí”.

Ni Castilla ni Choque advirtieron nada extraño en esa respuesta. Por el contrario, el policía se mostró molesto por la intromisión del músico. Pero este susurró algo al oído de su amigo.

Castilla enarcó las cejas; las mantuvo así por unos segundos. Luego se volteó hacia Choque para dar un giro en el caso con solo cinco palabras: “Lléveselo, comisario. Es el asesino”.

Mamani, súbitamente, quedó petrificado, sin reacción.

El policía tardó otros tantos segundos en avivarse de que esa muerte fue tan reciente que el cadáver aún no había tenido tiempo de exhalar olor.

A la mañana siguiente, la primera edición del diario mostraba en la tapa un impactante titular: “El Intransigente resolvió el crimen del baldío”.

Más abajo, en una fotografía a cuatro columnas, se veía a Leguizamón y Castilla junto al femicida ya esposado.

Escrito por
Ricardo Ragendorfer
Ver todos los artículos
Escrito por Ricardo Ragendorfer

A %d blogueros les gusta esto: