Una sola voz. Un coro griego que en plena década salvaje neoliberal busca dioses en los sótanos del under y crea sus propios templos. La mística futbolera que desborda las tribunas y copa los barrios y los recitales. Una sola voz que son muchas voces canta: “Una bandera que diga Che Guevara, un par de rocanroles y un porro pa’fumar. Matar un rati para vengarlo a Walter y en toda la Argentina comienza el carnaval”.
Walter. Un mártir propio vuelto bandera. Un pibe víctima de la violencia policial que les dice a todos esos que cantan, bailan, transpiran en los pogos iluminados por bengalas que ellos también pueden ser como él. No héroes, sino blancos móviles para la violencia desatada del Estado. Fantasmas de ayer que se volvían realidad.
El 19 de abril de 1991, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota lanzaban en el microestadio de Obras Sanitarias el disco La mosca y la sopa. Era el primero de varios encuentros programados. Los ocho shows de los 90 en ese lugar habían marcado que la banda se había convertido en algo más: no importaba ya cuántas entradas ponían a la venta, siempre iban a agotarse; y quienes no tuvieran su pase, irían igual a escuchar desde afuera, a esperar una hendija que les permitiera colarse, a aguardar que se abrieran las puertas en los últimos temas.
Porque estar ahí era ser parte de eso que se estaba gestando y que nadie, nadie que tuviera la sangre lista, quería quedarse afuera.
Walter Bulacio y sus amigos de Aldo Bonzi salieron para Obras sin entradas. Cuando llegaron, ya sonaban adentro los primeros temas. “Nuestro amo juega al esclavo” abría una noche casi como un presagio: “Mucha tropa riendo en las calles”, cantaba el Indio adentro mientras afuera una cantidad insoportable de efectivos de la Policía Federal se arremolinaba sobre los pibes y las pibas que solo buscaban vivir una noche más de rock.
A los gases y los palos siguieron las detenciones. Una razzia que terminaría con unos ochenta detenidos. Entre ellos estaba Walter, que fue trasladado junto a otros a la Seccional 35. Y ahí tuvo que bailar. Palazos, patadas, trompadas. Los de azul enardecidos vaciándose contra los pibes. Diecisiete años tenía Walter en ese momento; sin embargo, nadie avisó a sus padres que había sido detenido. Nadie. Ni la policía, ni la Justicia. Un golpe en la cabeza lo dejó malherido, a tal punto que decidieron trasladarlo al hospital Pirovano. En un lapsus de claridad, Walter habló: les dijo a los médicos que había sido golpeado en la 35. El 26 de abril, un derrame cerebral lo dejó en silencio para siempre.
La muerte de Walter fue enseguida un llamado a las huestes ricoteras. Habían matado a uno de los propios y eso no podía quedar en la nada. Las calles se llenaron de marchas acompañando a la abuela de Walter en el pedido de justicia. Y los recitales en momentos de catarsis antirrepresiva con su nombre como bandera.
UNA MUERTE QUE DESTILA VENENO
El asesinato también golpeó a la banda. Enrique Symns, viejo monologuista que acompañaba a Los Redondos en sus shows y que para entonces se había alejado envuelto en miles de polémicas, aprovechó el momento y ajustó cuentas. Desde las páginas de la mítica revista Cerdos & Peces, en junio de 1991, escribió su famosa carta abierta al Indio Solari.
“A mí nunca nadie se me murió en la puerta de mi casa. Lo que te hace perder abstracción a la muerte es justamente la percepción animal de la misma.
”Indio: mataron a un invitado tuyo en la puerta de tu casa.
”No digo que tengas la culpa, digo que eres el principal responsable de ejecutar la venganza, y si quieres ponerte más civilizado de clamar por la justicia y si quieres llegar al lugar más maricón: pedir para que no te maten más invitados.
”No creo que te queden ganas de dar fiestas. La muerte de un invitado impone luto. ¿Quién podría divertirse después de la muerte de Walter?”, escribía Symns, y más adelante acusaba a la banda de botona por haberle pagado a la policía para que se hiciera cargo de la seguridad del show: “¿Cuánto dinero le pagaron a la policía para que custodie sus recitales y para que apaleen a los invitados que no tienen entrada?”.
Ya Symns en otro editorial a modo de carta abierta, esa vez dedicada a la banda y no solamente al Indio, con fragmentos de letras de Los Redondos, había advertido que después de unos shows en La Plata, la cosa se estaba poniendo fulera con la policía: “Cambió la suerte, arribó el gas coreano y está pronta la gran masacre. Esos chicos son como bombas pequeñitas, irán perdiendo el tiempo y la salud mientras arrojan las entrañas al otro lado del salón. Ahí está ese rock violento que dio el estilo siniestro y que ahora ya no llora cuando hay mucha cuchillería”.
Había algo particular que molestaba a Symns. Cuando iba a las marchas por Walter, alguna vez se cruzó con la Negra Poli y con Skay. Él reclamaba que el Indio estuviera allí, como frontman de la tragedia.
Lo cierto es que en los textos de Cerdos & Peces se jugaban otras cosas. El Indio también le había dedicado al Señor de los venenos algunas líneas en sus líricas. Ya la mirada de desprecio estaba en la semblanza que lo ponía en escena como héroe del whisky más… Pero en La mosca y la sopa –el disco marcado por el crimen de Walter– podíamos ver al “as del Club París” salando sus heridas y jodiendo a todo Cristo y más.
Muchos años después el propio Symns, a su modo, dirá que nunca debió acusarlos de asesinos y tratará de saldar cuentas: “No me siento culpable ni me arrepiento de lo que hice, pero no puedo evitar remorderme. La culpa es una deuda que jamás podrá pagarse, el remordimiento es el recuerdo casi corporal de un daño cometido. Y lo que más repudio es haber atacado y herido a quienes habían sido mis mejores amigos”.
WALTER ANTIRREPRESIVO
Fuera de la esgrima dialéctica entre el Indio y Symns, había una muerte que había conmovido a toda una generación y que, después de la dictadura, volvía a poner en foco la violencia institucional y la complicidad judicial.
Apenas ocurrido el crimen, ningún juzgado quería hacerse cargo de la investigación. Todo apuntaba a cerrar el caso y a desvincular la muerte de la violencia en la comisaría. Así, un año después del hecho, el comisario a cargo de la Seccional 35, Miguel Ángel Espósito, fue sobreseído. En 1994, la Corte Suprema de Justicia de la Nación ordenó reabrir la causa, pero otra vez la burocracia judicial impidió que avanzara procurando así la impunidad.
Solo la organización alrededor de la familia y los amigos de Walter posibilitó que el reclamo continuara. Junto a Correpi, Cejil y el CELS llevaron el caso ante el Sistema Interamericano de Derechos Humanos. En 2003, el Estado argentino tuvo que reconocer su responsabilidad internacional ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos y se comprometió a modificar las leyes que regulan las facultades policiales para una detención. A 35 años del asesinato de Walter, esta sentencia sigue sin hacerse efectiva.
