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La invención del tango canción

Ilustración: Federico Parolo
Ilustración: Federico Parolo

Un Gardel entusiasmado pero cauto estrenó su primera versión del emblemático tema en 1917. La respuesta estuvo repartida y no faltaron las críticas. Con los años se transformaría en la piedra basal del género.

La llegada de Hipólito Yrigoyen al poder en 1916 fue la rotunda manifestación popular de que los aristocráticos festejos del Centenario y sus ecos quedaban cada vez más lejanos en el tiempo. Era, decían los diarios, un gobierno plebeyo que debía resistir cada uno de los embates de los sectores conservadores. Comenzaba una nueva etapa en la historia de una nación en plena fragua, un período que trataría de acortar la distancia entre pobres y ricos. El tango era un rumor que llegaba de los arrabales y, más allá, del campo: la perfecta y agreste banda de sonido de la metamorfosis de la Argentina. Ese ritmo todavía salpicado, tirando a habanera, estaba atravesado por tensiones clasistas: era despreciado por los pudientes, que lo consideraban un baile procaz, un divertimento de conventillo, “un reptil de lupanar”, como escribió Leopoldo Lugones. Tuvo que ser aceptado en París para que esa consideración despectiva mutara en un orgullo que derivó en identidad nacional.

LA GÉNESIS

En la senda de los payadores, Carlos Gardel cantaba folklore. Pero estaba atento a todo. Un día se enteró de una creación del inquieto Pascual Contursi –poeta, cantor y guitarrero, hijo de un payador, admirador de los versos de Evaristo Carriego–, que iba y venía de Montevideo. Contursi había escrito unas décimas octosilábicas sobre la música del tango “Lita”, compuesta por Samuel Castriota. El propio Contursi las cantaba acompañado de su guitarra: la presentaba con el título “Percanta que me amuraste”. La letra sorprendió a Gardel. Ya no se trataba de coplas picarescas a la manera de Ángel Villoldo, esas composiciones primitivas y hasta pornográficas. Había un argumento, un conflicto y un desenlace, que acercaba la pieza a esa definición que se cristalizó a lo largo del siglo: “Una canción es una obra de teatro de tres minutos”. Con una estructura poética de décimas comunes al arte payadoril, la obra inauguró con un lenguaje coloquial y giros lunfardos la temática del desamor, el abandono, el alcohol, el lamento.

Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida/ Dejándome el alma herida y espina en el corazón/ Sabiendo que te quería, que vos eras mi alegría/ Y mi sueño abrasador/ Para mí ya no hay consuelo y por eso me encurdelo/ Pa’ olvidarme de tu amor/ Cuando voy a mi cotorro y lo veo desarreglado/ Todo triste, abandonado, me dan ganas de llorar/ Y me detengo rato campaneando tu retrato/ Pa’ poderme consolar/ De noche cuando me acuesto, no puedo cerrar la puerta/ Porque dejándola abierta me hago ilusión que volvés/ Siempre traigo bizcochitos pa’ tomar con matecitos/ Como si estuvieras vos/ Y si vieras la catrera como se pone cabrera/ Cuando no nos ve a los dos/ Ya no hay en el bulín aquellos lindos frasquitos/ Adornados con moñitos todos de un mismo color/ Y el espejo está empañado si parece que ha llorado/ Por la ausencia de tu amor/ La guitarra en el ropero todavía está colgada/ Nadie en ella canta nada ni hace sus cuerdas vibrar/ Y la lámpara del cuarto también tu ausencia ha sentido/ Porque su luz no ha querido/ Mi noche triste alumbrar/ Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida/ Dejándome el alma herida y espina en el corazón/ Sabiendo que te quería, que vos eras mi alegría/ Y mi sueño abrasador/ Para mí ya no hay consuelo y por eso me encurdelo/ Pa’ olvidarme de tu amor.

La pieza fue estrenada en 1917 ya como “Mi noche triste” por el dúo Gardel-Razzano en el teatro Empire, de Corrientes y Maipú. A Gardel lo asaltó alguna duda: temía que su público, habituado a los estilos, las cifras, las milongas y otras formas telúricas, rechazara el “nuevo” ritmo de tango. Existía ya en la música popular la idea de compartimentos estancos. No faltaría mucho para que el poeta lunfardo Carlos de la Púa criticara a Gardel por su apertura estilística. “Carlitos, ¡largá la canzoneta!”, había disparado De la Púa desde las páginas del diario Crítica. El Zorzal era cauteloso, oteaba las reacciones de sus fans, pero quería avanzar hacia diferentes estilos. Su vacilación de incluir ese tango en su repertorio tenía asidero: “Mi noche triste” no fue aceptada en un principio. Grabada con el aporte de la guitarra de José Ricardo, demoró años en volverse un suceso. Luego de ese registro, y sin sospechar que había puesto la piedra basal de la cancionística del género, Gardel no profundizó inmediatamente en el tango. Volvió al folklore. Recién grabó tangos un par de años más tarde, con temas como “Flor de fango”, “De vuelta al bulín”, “Ivette”, “Muñequita”.

Pese a que, en perspectiva histórica, la obra encarnó una revolución en sí misma que terminó de estallar en los estupendos años 40 y 50, el Zorzal no había llegado al cenit de su capacidad canora. Es cierto que no había marco de referencias: creaba donde no existían moldes. Él fue la matriz. La interpretación mejora con la experiencia, y Carlitos tardó unos años en ser Gardel. Es notoria la diferencia entre la precaria grabación original de 1917 y la de 1930, cuando la volvió a registrar –ya a través del sistema eléctrico, con micrófono– con las guitarras de Barbieri, Aguilar y Riverol, para el sello Nacional Odeon. La del 30 es una obra maestra, con Gardel en plena madurez expresiva.

“Mi noche triste” es un Aleph: en esos sencillos versos, en esa melodía, en esa interpretación, perviven gauchos, malevos, paicas, los tangos de Cobián y Cadícamo y los de Discepolín, también de alguna manera el sentimiento de pérdida de los barrios perfumados por Homero Manzi, la modernidad de los hermanos Expósito (¡la rima interna “y si vieras la catrera cómo se pone cabrera”!), Raúl Berón, el Polaco, Floreal… Fue un punto de partida y funciona, efectivamente, como un aparato borgiano que contiene un universo. El extraordinario universo del tango.

Escrito por
Mariano Del Mazo
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