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Una agenda algo tibia para América latina

Ilustración: Emiliano Raspante
Ilustración: Emiliano Raspante

Aunque resulta auspicioso el giro a la izquierda del gobierno de Chile, no se esperan grandes cambios en sus relaciones exteriores, teniendo en cuenta que uno de sus más importantes socios comerciales es Estados Unidos.

En la campaña de Gabriel Boric, manejaba su plan de exteriores Juan Ignacio Latorre, de su mismo espacio, Apruebo Dignidad, integrante del Frente Amplio. Dijo entonces que, de ganar, la “agenda latinoamericanista” de Boric buscaría “enfrentar de manera colectiva” las migraciones, la crisis climática, el crimen organizado y el narco, “la crisis político-humanitaria venezolana” y la cooperación frente a la pandemia.

Ahora, ya en La Moneda, encarará la tarea una mujer (parte de la mayoría femenina que eligió Boric como impronta), la canciller Antonia Urrejola. Viene de presidir la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, donde fue dura con Venezuela y Nicaragua, y es cercana al Partido Socialista, que no integra la coalición de gobierno, a la cual migraron varios dirigentes.

Urrejola irá entonces, se presume, por el temario señalado, a tono con las ideas generales de Boric: derechos humanos, ecologismo, migración. América latina es el espacio natural de Chile, pero su paradigma productivo y comercial, desde hace años, mira al Pacífico. Difícilmente eso cambie cuando esa es la región más dinámica del mundo y, si se mira al interior de Latinoamérica, el escenario es mucho más incierto. De hecho, de los cinco primeros socios comerciales de Chile, tres son del Pacífico: China primero, el bioceánico EE.UU. y Japón. Los otros dos son Europa y el Mercosur.

UNA GESTIÓN MODERADA

Al margen de ese escenario, hay dos definiciones más o menos evidentes: una, obvia, es que para el progresismo regional el nuevo gobierno será mucho mejor que el que se va, liderado por el magnate Sebastián Piñera, o sea, un dirigente de esos que, puestos a presidentes, piensan más en un plan de negocios que en una nación, su gente y entorno regional; y la otra, que no cabe, sin embargo, esperar grandes transformaciones en una administración que será moderada.

Según un especialista en la región e integrante del Parlasur, Boric será importante para empezar, al fin, una transición política en Chile que deje atrás los últimos lastres dictatoriales, pero no tendrá, ni mucho menos, el impacto en realineamientos geopolíticos regionales que tuvieron Venezuela, Ecuador o Bolivia, hace veinte años, cuando viraron a izquierda. Es también, de algún modo, lo que viene planteando el intelectual y exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera cuando distingue los progresismos actuales de los del ciclo 1999-2015 y de los rearmados de derecha que responden, sin que ni unos ni otros logren imponerse ni proyectar poder a mediano o largo plazo.

La misma derecha chilena, dijo otra fuente, ya no teme a un proceso al que definió como tirando a socialdemócrata; otro entrevistado lo calificó de “light”, aunque valoró algunos giros que podría haber en temas internos, como los mapuches o la cuestión de género. Incluso los cuadros que puso en el gabinete el PC chileno (partido aliado que perdió la interna presidencial contra el Frente Amplio) son de la línea moderada y de confianza del mandatario. “Vemos como Lula en Brasil o Petro en Colombia se corren al centro para tener chances de ganar las elecciones de 2022, es la tónica dominante, no es una etapa de grandes cambios. A lo sumo, en lo económico es gradualista y tratando de frenar los embates más duros del neoliberalismo”, señaló una fuente.

LAS PRIORIDADES EN LA REGIÓN

De toda la región, como es natural, Chile examinará con más atención a los vecinos inmediatos: la Argentina, Bolivia y Perú. Con Alberto Fernández habrá sintonía. Es, para Chile, como le dijo la futura canciller al embajador argentino en Santiago, Rafael Bielsa, “nuestra más importante relación externa”, y por eso Buenos Aires será el primer destino extranjero de Boric. Tienen varios aspectos en común (siguen a gobiernos de derecha cuyas rémoras deben remontar, son coaliciones, el peronismo/kirchnerismo siempre simpatizó con la centroizquierda chilena, hay posibilidades conjuntas en litio, etc.) y posiblemente se potencien. Pero se proyecta, sin embargo, una sombra. La segunda de Urrejola será Ximena Fuentes, funcionaria de carrera que jugó duro con la pretensión, en 2021, de extender la plataforma marítima austral chilena sobre aguas argentinas.

El Perú del presidente Pedro Castillo es demasiado inasible como para proyectar un vínculo que cambie la matriz histórica de los lazos bilaterales, basados en temas de seguridad y paz (tras la guerra del siglo XIX, en la cual también intervino Bolivia, que perdió su salida al mar), migraciones y comercio. Perú es el único vecino lindante de Chile que comparte con él la Alianza del Pacífico, espacio al que Boric dijo daría prioridad.

Y con Bolivia siempre está la llaga de la mediterraneidad. La Corte Internacional de Justicia ya cerró la puerta al reclamo boliviano, pero un nuevo conflicto asomó en el fronterizo río Silala, cuyo curso Chile se llevó hace más de un siglo (Bolivia dice que antinaturalmente) en beneficio de los viejos trenes a vapor, sus pueblos del norte y, ahora, la minería. Bolivia intervino para frenar lo que consideraba un nuevo despojo y hoy es Chile quien reclama en el tribunal de La Haya, que lo atenderá en 2022. Los bolivianos ven ahí cierta revancha y no quieren ceder nada. La canciller chilena Urrejola ya mostró sus dientes.

Mientras, en Washington los círculos políticos analizan con tranquilidad el proceso. Boric, por caso, fue muy crítico de la Venezuela de Maduro y de Cuba y eso sedujo al entorno del presidente Biden. A Boric lo reprendió el ex presidente ecuatoriano Rafael Correa. Le dijo, con respeto y hasta se diría con cariño, que sopesara el bloqueo de EE.UU. como un factor de la crisis económica y del exilio de millones de venezolanos, y le preguntó cuántos chilenos migrarían si a su país le bloquearan el comercio del cobre, el “sueldo” de Chile, como lo llamaba Salvador Allende.

Creen, dijeron diplomáticos latinoamericanos, que el nuevo gobierno chileno no agita ningún fantasma, a años luz de la Unidad Popular de Allende en los 70, que enfureció al presidente Richard Nixon y a su asesor Henry Kissinger. Tanto, que pergeñaron hacerle “crujir su economía”, al cabo voltearlo sin medir en costos humanos ni materiales y poner a un “hijo de puta” (pero “nuestro hijo de puta”, aclararon refiriéndose a Pinochet, siguiendo la línea iniciada con Franklin Roosevelt respecto del dictador nicaragüense Tacho Somoza) en La Moneda. En tal caso, en los “mercados” de EE.UU. y otras potencias mineras, como el vecino Canadá, sí ven con lupa la advertencia de Boric de cobrarles más regalías para financiar el postergado gasto social, de salud y educativo.

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Néstor Restivo
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