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Antonio Machado: entre lo popular y la tradición

Fue uno de los grandes poetas españoles del siglo XX. Sus poemas fueron musicalizados por Serrat y por Paco Ibáñez, inmortalizados en melodías dulces y fuertes. Pero hay otra arista de su obra, poco explorada y cautivante: la veta filosófica del genio creador de Machado.

Es cierto que algunos de los poemas de Antonio Machado revivieron en la voz de Joan Manuel Serrat, quien le dedicó un disco en su totalidad en 1969. El valenciano Paco Ibáñez logró musicalizar –más específicamente, supo capturar el néctar del poema y prolongarlo a su guitarra y a su voz cascada– textos de poetas demasiado esquivos para ser acogidos por música externa, como Góngora, Quevedo, Jorge Manrique y hasta el peruano César Vallejo. Pero también acarició a Machado, aunque de manera muy diferente a la del afamado catalán. Diferente porque Ibáñez mete la cuchara en la pulpa y desmenuza lo esencial del lenguaje poético entre sus dedos. Asume que hay sustancia en el ritmo del poema y, desde una posición más austera y rigurosa, se mete entre sus poros y logra, de este modo, que resalte el aguijón de la palabra y no la estola de la melodía. Se diría que en su caso la musicalización establece un diálogo cuerpo a cuerpo con la palabra en vez de envolverla para minimizarla. Así sucede con el primer poema de Parábolas, que coquetea en apariencia con cierta estética infantil, pero que pone a jugar los ciclos de la vida interceptados por el sueño, el deseo y la muerte. “Era un niño que soñaba/ un caballo de cartón./ Abrió los ojos el niño/ y el caballito no vio./ Con un caballito blanco/ el niño volvió a soñar;/ y por la crin lo cogía…/ ¡Y ahora no te escaparás!/ Apenas lo hubo cogido,/ el niño se despertó./ Tenía el puño cerrado./ ¡El caballito voló!/ Quedose el niño muy serio/ pensando que no es verdad/ un caballito soñado./ Y ya no volvió a soñar./ Pero el niño se hizo mozo/ y el mozo tuvo un amor,/ y a su amada le decía:/ ¿Tú eres de verdad o no?/ Cuando el mozo se hizo viejo/ pensaba: Todo es soñar,/ el caballito soñado/ y el caballo de verdad./ Y cuando vino la muerte,/ el viejo a su corazón/ preguntaba: ¿Tú eres el sueño?/ ¡Quién sabe si despertó!”

Poeta del tiempo

Más allá de gustos, ambos casos constituyen generosos gestos populares, una buena pista para desempolvar autores clásicos. Machado (Sevilla, 26 de julio de 1875 – Collioure, 22 de febrero de 1939) respirará por siempre en los versos que acaso no puedan despegarse fácilmente de la melodía que imprimió Serrat. “Nunca perseguí la gloria/ ni dejar en la memoria/ de los hombres mi canción:/ yo amo los mundos sutiles,/ ingrávidos y gentiles/ como pompas de jabón.” El libro que Machado publicó en vida, Campos de Castilla (1907-1917), incluye un conjunto de poemas breves bajo el título de Proverbios y cantares, de entre los cuales tanto Serrat como Ibáñez seleccionaron algunos para elaborar su propia “canción”. Coincidieron, eso sí, en la más famosa copla: “Todo pasa y todo queda,/ pero lo nuestro es pasar,/ pasar haciendo caminos,/ caminos sobre la mar”. Aquí se propondría quitar la cortina musical melódica y pegadiza del poema –sobre todo porque el poema cocina su propia música– y escuchar lo que los versos dicen y lo que el poeta filósofo que es Machado propone en relación al tiempo, la fugacidad, la muerte. “Nuestras horas son minutos/ cuando esperamos saber,/ y siglos cuando sabemos/ lo que se puede aprender.” Si nos detenemos allí, encontraremos la pura delicia del lenguaje articulándose en una métrica clásica y delicada. “Ayer soñé que veía/ a Dios y que a Dios hablaba;/ y soñé que Dios me oía…/ Después soñé que soñaba.” O: “Bueno es saber que los vasos/ nos sirven para beber;/ lo malo es que no sabemos/ para qué sirve la sed”.

Es probable que Proverbios y cantares sea una de las zonas más altas de Machado, aunque debemos regresar a sus comienzos, Soledades y galerías, su etapa primera y, paradójicamente, la más madura de su creación, donde encontraremos poemas gigantes ante los cuales encomendarnos para tolerar los desaciertos de la vida: “Eran ayer mis dolores/ como gusanos de seda/ que iban labrando capullos;/ hoy son mariposas negras./ ¡De cuántas flores amargas/ he sacado blanca cera!/ ¡Oh tiempo en que mis pesares/ trabajaban como abejas!/ Hoy son como avenas locas,/ o cizaña en sementera,/ como tizón en espiga,/ como carcoma en madera./ ¡Oh tiempo en que mis dolores/ tenían lágrimas buenas,/ y eran como agua de noria/ que va regando una huerta!/ Hoy son agua de torrente/ que arranca el limo a la tierra./ Dolores que ayer hicieron/ de mi corazón colmena,/ hoy tratan mi corazón/ como a una muralla vieja: / quieren derribarlo, y pronto,/ al golpe de la piqueta.”

Aúlla el modernismo de la mano del gran Rubén Darío en la primera década del XX, cuando Machado publica estos libros que lejos se ubican de esta estética que tan bien definió Pedro Salinas: “Vida exterior, sensualidad y opulencia decorativa, temas de artificioso refinamiento, exotismo, sobre todo musicalidad, colorismo, ritmo, lujos y juegos verbales…”. Machado, en cambio, lenguaje austero, tan cercano a la voz del diálogo cotidiano, aunque no por eso menos riguroso y preciso. Poeta del tiempo, elogió Octavio Paz: “Machado aspira a crear un lenguaje temporal que sea palabra viva en el tiempo. Desdeña el arte barroco porque este mata al tiempo al pretender encerrarlo en cárceles conceptuales (…) La poesía del tiempo será aquella que esté más lejos del idioma conceptual. El habla concreta, fluida, común y corriente. El habla popular. Su amor por la palabra del pueblo se funde con su amor por la poesía tradicional: Manrique, el Romancero. Machado es un poeta tradicional porque el pueblo es la única tradición viva en España”.

Machado, entonces, en su regreso a la tradición, rompe las reglas de la época y se diferencia de lo que se avecina en la poesía hispanoamericana.

Un poeta filósofo o un filósofo poeta

Juan de Mairena es el segundo heterónimo con el que jugará Antonio Machado (el primero es Abel Martín). Pero a diferencia de él, Mairena es un maestro filósofo –su maestro apócrifo–  que piensa y transmite –por intermediación de Machado, que preludia y lo cita, y lo hace hablar siempre en una especie de aula ante discípulos que nunca veremos– reflexiones agudas. Discute con pensadores y poetas, con la historia y con las rabias del mundo. Es erudito mas no soberbio. Incluso deja espacio para el humor. Y delata una capacidad filosa y honesta para la crítica. Es feroz y combativo. Desprecia la hipocresía y los amiguismos. Y rescata, a través de sus maneras sencillas, el valor de la transmisión. Un maestro del pensar, tilda María Zambrano, “en un aula semivacía que se ha ido llenando de innumerables oyentes y, como sucede de sólito, de ellos habrán salido y saldrán algunos verdaderos discípulos, lúcidos y rezumando ironía; la indispensable ironía que sella la unidad entre razón y piedad, la grande Piedad.”

La creación de Mairena y sus dos libros en prosa corroboran un Machado que ha ensamblado en sí dos discursos aparentemente opuestos –el de la filosofía y el de la poesía– para demostrar que tal disputa abonará siempre la misma e interminable pregunta: ¿puede el lenguaje del pensar abrazarse y fundirse con el lenguaje del canto y del sentir onírico y desencajado? El mismo Mairena acerca una respuesta que esclarece la fuerza de su tendencia, cuando reflexiona acerca de la duda: “Yo no os aconsejo la duda a la manera de los filósofos, ni siquiera de los escépticos propiamente dichos, sino la duda poética, que es duda humana, de hombre solitario y descaminado, entre caminos. Entre caminos que no conducen a ninguna parte”.

Escrito por
María Malusardi
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