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Mariano Mores: tango, pompa y canciones inolvidables

Foto NA

El pianista y compositor es el responsable de más de 300 creaciones en asociación con muchos de los letristas más determinantes del género. Un repaso por su sensibilidad para las melodías y su mirada de productor a cien años de su nacimiento.

Mariano Mores entendió a muy temprana edad que el tango podía ser la mejor manera de ganarse la vida. Estaba cerca de cumplir los cuatro años. Era el hijo de un empleado de comercio, Mariano Seviriano Martínez, y de una ama de casa, Doña María. Vivía en San Temo, en la calle Chile 280, frente al almacén Gath & Chaves. Su abuela le había regalado un mono Tití que tenía en el balcón. Una tarde se puso a cantar “Patotero sentimental”, un tango que le había enseñado su padre, junto al monito. La imagen llamó la atención de los empleados de Gath & Chaves que salían de trabajar. “Me aplaudían y tiraban monedas al balcón. El Monito agarraba las monedas y yo las metía en una alcancía para ir a la calesita”, recordaba el músico. Las funciones en el balcón se repitieron hasta que lo descubrió la abuela y se llevó el monito, pero Mariano ya había aprendido la lección.

Mariano Martínez, nació el 18 de febrero de 1918 en el barrio de San Telmo. Cuando su familia se trasladó a la localidad de Tres Arroyos sus padres lo mandaron al conservatorio de piano pero a los meses el profesor les dijo que no tenía talento para la música. La familia se mudó a Flores y Mariano retomó sus clases –a escondidas de los padres– con la hermana del almacenero del barrio. A los diez años era tan rápido como un rayo sobre el teclado.

Ganó una beca para perfeccionarse en España, donde residió, entre 1929 y 1936. A la vuelta, su padre, un hombre culto y melómano, murió repentinamente con 42 años, y Marianito, el mayor de siete hermanos, fue el encargado de mantener a la familia. Las cosas empezaron a mejorar cuando entró a estudiar en la academia de Luis Rubinstein, muy conectado con todo el ambiente del tango, que lo tomó como su protegido. En ese instituto conoció al dúo de las hermanas Mores: Margot y Myrna, de quién se enamoró. Mariano se convirtió primero en el maestro y después en el pianista del dúo. Les pidió permiso para adoptar su apellido artístico, porque sonaba mejor que Martínez, y con el conjunto del Trío Mores salieron a tocar en cafés y radios.

Canaro en Buenos Aires

En 1939, Francisco Canaro, lo invitó a sumarse como pianista a su orquesta, donde estaría diez años y aprendería todo sobre montar grandes espectáculos de tango. El trío Mores se desarmó pero la relación de noviazgo con Myrna Mores continuó. Allí empezó otra historia. Ella fue quién le pidió al músico que se mudara a Villa del Parque para estar más cerca. En su nueva casa de Terrada 2410, Mariano compuso la melodía de su primer tango exitoso con letra de Mario Battistella “Cuartito azul”. El tema le dio notoriedad en un competitivo universo de autores de tango y fortaleció un estilo personal que explotaría en otras piezas magistrales: un tango de un lirismo melódico y un perfume musical refinado, que había absorbido de la influencia del exquisito sonido de la orquesta de Osvaldo Fresedo, el uso de tonalidades de modos mayores para contrastar con el dramatismo o la melancolía gris de las letras del tango. En la música de Mores, siempre hay una evocación de tiempos mejores, una salida, o un acto de redención posible. Sus melodías definieron rápidamente el sentir popular, un silbido de la época. Las orquestas de Troilo y Canaro, entre otras, se pelearon por estrenar sus temas: “Gricel”, “En esta tarde gris” y “Cristal” con letra de José María Contursi; “Una lágrima tuya” con Homero Manzi; “Copas, amigos y besos” con Enrique Cadícamo; “El patio de la morocha” con Cátulo Castillo; y “Uno” y “Cafetín de Buenos Aires” con Enrique Santos Discépolo. Es decir, compartió autoría con algunos de los más grandes poetas del cuarenta y el cincuenta. El método era el siguiente, Mariano escribía primero la música y los poetas le agregaban la letra. Así escribió más de 300 composiciones.

Como solista lideró distintas formaciones. La más ambiciosa fue la Orquesta Lírica Popular, donde sumó nuevos instrumentos y timbres para darle un sonido sinfónico, que llevaron a compararlo con el sonido de George Gershwin: la obra “Tanguera”, podría ser el revés porteño de “Rhapsody in blue”. Su hermano Enrique Lucero, su esposa Myrna, sus hijos Silvia y Nito, cantaron en su orquesta, al igual que su nieto Gabriel y su nuera Claudia. A los 90 años, fue uno de los pocos artistas del tango capaz de llenar un estadio Luna Park, la otra fue Nelly Omar. En esos espectáculos ponía en juego su particular histrionismo. Una extraña electricidad parecía tomar su cuerpo como un poseso. La energía de la música –los instrumentos sonando al unísono– le recorría desde la punta de los pies hasta la coronilla. Por los ojos vivaces le salían chispas, mientras con las manos aporreaba el piano, acentuando los acordes de una milonga como “Taquito militar”, o saltando de la butaca para dirigir los ataques de los vientos y las percusiones en “Adiós pampa mía”.

“El más grandilocuente de los intérpretes del tango fue a la vez uno de sus más finos autores”, lo definió el crítico Federico Monjeau, mostrando dos caras de la misma moneda.

Foto: NA

Muchos Mores

Mores no era el hombre de anteojos oscuros, que podía caminar por la calle como una estrella de la música y que saludaba con una amabilidad distante. Tampoco era el hombre vestido de frac, con un crucifijo dorado con incrustaciones de piedras colgando del cuello, que fue la imagen de sus últimos conciertos. O sí. Mariano Mores, Marianito Martínez, el niño al que le decían que no tenía talento para la música, el adolescente que quedó huérfano de padre en la adolescencia, el muchacho vivo para los negocios, el padre que perdió a un hijo, el músico que podía pasar horas improvisando en el piano, el señor de familia que no le gustaba la noche y que le prohibió seguir con su carrera profesional de cantante a su esposa Myrna, el mismo compañero enamorado que estuvo casado con ella hasta su muerte, el abuelo querido, el pianista y compositor que trabajó hasta los 95 años y que murió un 13 de abril de 2016, sabiendo que lo habían elegido el mejor compositor de tangos del siglo XX, el genio solitario, inimitable, estaba y está en su música, en ese territorio misterioso de lo intangible, en el sonido de una ciudad, donde reina junto a sus melodías.

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Gabriel Plaza
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