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El operativo retorno de Mercedes Sosa

El 18 de febrero de 1982 se concretó el fin del exilio de una de las artistas más emblemáticas de la Argentina. Esa noche ofreció el primero de los trece shows en los que se reencontró con su público y desafió a la dictadura cívico-militar.

La palabra matria no se usaba en ese entonces. Pero lo cierto es que el regreso de Mercedes Sosa a la Argentina tras un exilio de tres años fue una gesta épica protagonizada por una mujer y que, con la perspectiva de los 40 años que pasaron,  bien puede decirse que fue una verdadera “matriada”, más que una patriada, como se la definió varias veces.

Madre tierra. Madre artística. La Mami. Todo eso fue Mercedes Sosa, la Negra, quizá la artista latinoamericana más conocida en el mundo.

Lo que sucedió aquellas once noches de 1982 en el Teatro Ópera de Buenos Aires, con los militares aún en el poder, fue un hecho artístico con una potencia inusual por muchos factores, sí, pero también un acontecimiento político histórico.

Lo que no se podía empezó a poderse. “Fue el retorno desde el exilio de una cantante folklórica y el de una mujer comunista”, subrayó su hijo Fabián Matus en el libro Mercedes Sosa – La Mami (Planeta/2016). Y esa mujer hizo que miles de personas empezaran a tener esperanza otra vez.

Mercedes Sosa, nacida el 9 de julio de 1935 en Tucumán, tuvo que exiliarse en 1979 después de un show en La Plata, que terminó con ella y el público detenidos. Vivía amenazada desde mucho antes, pero se había resistido a dejar el país.

Su exilio transcurrió entre París y Madrid. No le faltaba trabajo, pero se sentía sola. No era feliz. En el libro Mercedes Sosa – La Negra (Sudamericana/2003), de Rodolfo Braceli, única biografía escrita con ella viva, cuenta que ese último fin de año en París lo pasó con un amigo que la agasajó con caviar, ostras, langosta y los mejores vinos, pero que ella solo quería unas empanadas.

“He sufrido mucho la lejanía y la soledad”. No había entonces redes sociales ni celulares. La comunicación era por carta, por telegrama o por llamadas de larga distancia. “No veía la hora de volver. Estaba desesperada por volver”.

Una serie de coincidencias hicieron que un entonces joven Daniel Grinbank se convirtiera en el artífice del regreso. Ella se sentía en deuda con Grinbank por un show que les habían obligado a cancelar en 1978 y, cuando partió, su secretaria Olga Gatti se quedó trabajando con él. Con la colaboración de Matus organizaron todo.

La organización

Mercedes Sosa, entonces de 46 años, quería que fuera en el Coliseo, que dependía del consulado de Italia, lo que le daba cierta seguridad. Pero no pudo ser. Aparecieron entonces los hermanos Clemente y Francisco Lococo, que gestionaban varios teatros, entre ellos el Ópera, con capacidad para 2.500 espectadores. Grinbank y los Lococo se lanzaron, sin permisos oficiales, a anunciar a los cuatro vientos diez shows (que finalmente fueron trece, entre el  18 y el 28 de febrero de 1982, todos a sala llena).

A Matus le tocó coordinar el operativo de seguridad y negociar con las autoridades militares la lista de canciones. Prohibieron dos: “La carta”, de Violeta Parra”, y “Fuerza”, de Susana Lago y José Luis Castiñeira de Dios.

El operativo incluía la presencia de agentes en la sala y la revisión por parte de personal de seguridad de todos los espectadores. Grinbank hizo imprimir unos volantes para pedir disculpas al público por la demora que implicaban los controles.

El primer show empezó a las 22:45, según “Clarín”. Mercedes estaba muy nerviosa. El retraso solo aumentaba su ansiedad. Desde el camarín, escuchaba al público coreando “Negra no te vayas/Negra vení/Quedate en la Argentina/este es tu país”. Finalmente, hubo un momento en que, ataviada ya con el poncho negro y rojo, dijo: “Bueno, o arrancamos ahora o me voy a la mierda”.

Y arrancó. En el escenario, sobre la mujer de pelo negro y rostro aindiado cayó una lluvia de claveles rojos. El concierto empezó (y lo haría todos esos días) con “Guitarra enlunarada”, canción que terminaba con el grito “¡Libertad!” repetido tres veces. La emoción era enorme.

La acompañaron José Luis Castiñeira de Dios en la dirección musical y en bajo, Omar Espinoza en la guitarra y Domingo Cura en el bombo.

El repertorio y los músicos invitados cada noche daban cuenta de un gusto exquisito en la selección de canciones, algo que siempre la distinguió, y una búsqueda de convertirse en nexo entre generaciones y géneros.

No faltaron, entre otras, “Soy pan, soy paz, soy más” (Piero), “Al jardín de la república” (Virgilio Carmona), “Gracias a la vida” (Violeta Parra) , “Alfonsina y el mar” (Ariel Ramírez), “Como la cigarra” (María Elena Walsh), “Solo le pido a Dios” (León Gieco), “Los hermanos” (Atahualpa Yupanqui), “Carnavalito del duende” (Gustavo Leguizamón y Manuel J. Castilla) así como “Canción con todos” (A. Tejada Gómez, C. Isella), con la que terminaba cada recital.

La acompañaron, no sin miedo, Gieco, Antonio Tarragó Ros, Víctor Heredia, Charly García, Rodolfo Mederos, Ariel Ramírez, Jaime Torres y Raúl Barboza, entre otros. Lo más granado del folklore, el tango y el rock.

“Los artistas que estaban en la Argentina, a los que habíamos invitado al ciclo de shows, temían sufrir represalias por compartir el escenario con Mercedes Sosa. Después de todo, la Mamá venía, cantaba y se iba. Ellos, en cambio, se quedaban”, recordaba Matus.

Para Charly García el recuerdo de ese día es muy potente. El mensaje de Mercedes al gobierno, según se lo escucha decir en el documental Mercedes Sosa, la voz de Latinoamérica (2013), fue “me chupan un huevo, acá estoy”.

Gieco reflexiona en la misma película: “Con Víctor Heredia siempre decimos que Mercedes es un ícono de la democracia porque nosotros creímos en la democracia cuando Mercedes vino a tocar al Ópera”.

Ella era consciente de su poder. “Sacarme a mí fue una equivocación muy grande porque sacaron al mundo a una artista que era famosa ya en Europa a hacer una prensa en contra de ellos. Después la equivocación fue dejarme entrar estando ellos en el poder”.

Y es que también se gritó “se va acabar, se va acabar la dictadura militar” todas esas noches.

Obviamente, en uno de los shows, la Negra cantó “La carta”, aunque se lo hubieran prohibido. “Los hambrientos piden pan/Plomo les da la milicia, sí”, resonó en el Ópera.

Se fue al día siguiente del último show porque la tensión ya era incontrolable. Volvió, eso sí, a los pocos meses y se fue de gira por todo el país, que estaba presenciando ya el final del gobierno militar.

De esos shows, quedó un álbum doble, Mercedes Sosa en Argentina 1982, grabado en vivo por Gustavo Gauvry, que fue por mucho tiempo uno de los discos más vendidos en la historia argentina.

Mercedes Sosa no se definía como feminista, pero abrió el camino para que otras mujeres se subieran a los escenarios y es la referente de muchas cantoras en la actualidad. Si alguien le dio voz a los oprimidos una y otra vez a pesar de las amenazas fue la Negra. Si alguien rompió los moldes establecidos en el mundo artístico fue ella.

Así como en su momento revolucionó el Festival de Cosquín haciendo subir a Charly García al escenario, seguramente hoy celebraría el cambio en el reglamento del festival cordobés que logró la cantante trans no binaria Ferni de Gyldenfeldt y que implica que ya no existen los rubros solista vocal masculino y solista vocal femenino sino solo el de solista vocal. El evento se abrió así a un montón de artistas que hasta entonces no estaban contemplados. Es perfectamente posible imaginarla cantando “Yo tengo tantes hermanes que no les puedo contar”, como hace Ferni.

Mercedes Sosa murió el 4 de octubre de 2009 a los 74 años. No fue solo su voz única, potente y tierna a la vez, sino lo que cantaba, cómo lo cantaba y desde dónde lo cantaba lo que convirtió a esta hija de trabajadores humildes en la enorme artista que fue, la voz de Latinoamérica, aquella que hace 40 años devolvió a los argentinos la esperanza y la fe en el regreso de la democracia.

Escrito por
Claudia Regina Martínez
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