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Lo mejor después de escuchar a Spinetta

Ilustración: Víctor Augusto Peña
Ilustración: Víctor Augusto Peña

Recopilar los testimonios de los que estuvieron cerca del líder de Almendra ayuda a conocer a la persona detrás del músico. Y, claramente, una es tan grande como el otro.

En marzo de 2019 apareció Luisito. Se trató de una antología de las mejores entrevistas que había realizado para el programa de radio La biblia spinetteana. Casi dos años más tarde, el segundo opus de Luisito tuvo el mismo deseo voraz de hablar sobre Luis Alberto Spinetta, pero a diferencia de las anteriores, todas las entrevistas del Luisito. Volumen 2 se realizaron especialmente para el libro. El proceso de selección de los entrevistados se pareció mucho: una inmensa lista con la constelación humana que rodeó a Luis Alberto Spinetta que intentó mantener un equilibrio entre los nombres indispensables (Rodolfo, Emilio, Pomo, Machi, Pototo), los menos conocidos (su ex novia Anita Aizenberg, su mecánico y amigo Roberto Mouro, el compositor y productor Rafa Arcaute o su coach vocal Grace Cosceri) y los de quienes compartieron en algún momento su cotidianeidad pero la historia no los registró como merecían (el monitorista Leo Calicchio, el guitarrista Nicolás Ibarburu, el fotógrafo Hernán Dardick, entre muchos otros). Entendí que el motivo de mi obsesión por charlar con personas que alguna vez cruzaron su camino con Spinetta era tratar de descifrar por qué su obra había impactado en todos de un modo tan brutal. Así que voy a comenzar con mi testimonio: “De repente lo tenía parado en frente de mí, se le había pasado la calentura porque la gente lo silbó durante el show porque esperaban a Los Fabulosos Cadillacs. Yo tenía puesta una remera con la tapa de La, la, la. Él la miraba, me preguntó si me había gustado el show, como pude le dije que sí. Me saqué la remera y se la di y me regaló la púa de su guitarra. Al año siguiente me metí en la conferencia de prensa, me puse a su lado, me pasó la mano por el hombro. Sin mirarme, me dijo: ‘Todavía tengo la remera de La, la, la del año pasado’”.

Machi: “Cuando yo perdí a mi hija, entré en un cono del que no podía salir. Hablaba dos palabras y estaba todo el día llorando. Entonces el Flaco me propone hacer un trabajo de rescate de una grabación de Almendra en el Teatro del Globo y me dice: ‘Bomba, te queremos pedir en plural, porque es Almendra, algo que pensamos que sos la única persona que lo puede hacer’. Era una grabación muy precaria, monoaural, hecha con un grabador de cinta. Lo digitalicé y fuimos a escucharlo con Rodolfo y él a La Diosa Salvaje, y cuando se estaban por ir, me dice: ‘Ah, antes de irnos, cenamos’, y al final de la reunión preguntó si queríamos repetirlo el miércoles siguiente. Y yo me fui pensado ‘ojalá que no lo haga’, pero al miércoles siguiente volvió a llamar y tuve que ir, siempre con la excusa de lo de Almendra, y el otro miércoles y el otro, y después de un mes yo ya me sentía cómodo yendo a comer a la casa de él. Todo eso lo hizo por mí”.

Nico Ibarburu: “Estaba en mi casa en Montevideo, sonó el teléfono y se escuchó su voz, inconfundible. Ahí me dijo que le gustaba cómo tocaba. Finalmente grabé en Un mañana en ‘Tu vuelo al fin’, ‘Canción de amor para Olga’ y ‘Para soñar’. Lo que fue insólito es que cuando fui a grabar, llegué a la casa y me dijo que le pidiera cualquier tema. Yo le pedí ‘Cisne’, la tocó entera al lado mío. Luego le comenté que estaba grabando un disco. Conclusión: terminé mezclando mi disco en su estudio. Él estaba todo el tiempo ahí, trayendo matecitos”.

Anita: “Fui su novia por poco más de un año. Me respetó y me cuidó, como ninguna otra persona en toda mi vida. Fuimos amigos eternos. Nos juntábamos con Rodolfo, los tres, yo llevaba la picada y charlábamos hasta tarde, siempre fue generoso y gran anfitrión. Me regaló ‘Credulidad’, la compuso sentado arriba del ropero de mi pieza, en la casa de mi vieja”.

Hernán Dardick: “Mi profe de fotoperiodismo me encargó un trabajo práctico: debía elegir un personaje y contar una historia. A mí desde el primer momento se me había ocurrido hacerlo con Luis. Le conté para qué las necesitaba y me citó al día siguiente en La Diosa. Se tomó todo el tiempo del mundo, hicimos las fotos, presenté el trabajo y… ¡me bocharon! Le conté lo que había pasado y las hicimos de nuevo y por fin aprobé”.

Pototo: “Yo iba con mi mujer y mis tres pibes, que tenían la misma edad que Dante, Cata y Valentino. Les tenía prohibido a mis hijos hacer comentarios halagadores sobre las cosas de Luis. Por ejemplo, un día mi hijo mayor le dice: ‘Luis, qué buena viola esa’. Era una Fender de color fucsia alucinante. Y Luis le dice: ‘¿Te gusta? Te la regalo’. Y yo le digo: ‘Pero vos estás en pedo, si ni siquiera sabe tocar’. Entonces lo miró y le dijo: “Entonces te la presto y me la devolvés dentro de cien años”.

Roberto Mouro: “En 1982 iba a su casa de Olivos y mirábamos todo el Mundial allí y seguimos la guerra de Malvinas. Yo tenía un amigo en la guerra y Luis le escribió una carta. A los meses mi amigo volvió de ese calvario y Luis lo invitó a comer en su casa. Lo recibió con uno de los primeros ejemplares de Kamikaze como regalo”.

Grace Cosceri: “Una tarde en La Diosa me dijo: ‘Grace, quedate un rato conmigo que tengo unas tonadas para mostrarte’. Así comenzó a tocar lo que sería ‘Tema de Titania’. Y agregó: ‘Necesito una voz femenina para cantar esto, debo presentar un demo para una obra de teatro’. Comenzó a tocar y a cantarme al lado. Cuando terminó, me levanté en shock y salí corriendo del estudio llorando como una niña. A la noche me dio un casete y me dijo: ‘Estudiátelo para mañana, ya sé lo lindo que cantás, me lo contaron’. Al día siguiente me pidió que le cantara un poco el tema por el asunto de la tonalidad. Yo le canté suavemente y él se emocionó y me dijo con una mano en su corazón: ‘Perdón que no te conocí antes’”.

Rafa Arcaute: “Laburamos una semana seguida para hacer cinco demos para Silver Sorgo. Me preguntaba cosas, me dejaba opinar y grabamos voces y empezamos a armar estructuras. Terminábamos de laburar, cocinaba y cenábamos, y cuando me iba, me acompañaba hasta el auto y nunca cerró la puerta antes de que yo arrancara el auto y siempre me hacía la seña de ‘ponete el cinturón’. Era un tipo muy paternal”.

Leo Calicchio: “Un día fui a hacer una prueba de sonido con mi hijo Maxi. Cuando terminamos, Maxi le comenta que es músico y el Flaco le dice: ‘Mi estudio, con todo lo que tiene, está disponible para vos, con todos mis instrumentos, cuando lo necesites usar’. Es la persona más generosa que conocí”.

Basta de sarasa, mejor me voy a escuchar a Spinetta, lo único mejor que hablar sobre Spinetta.

Escrito por
Jorge Kasparian
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