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En el país del no me acuerdo

José Luis Cabezas nació en Wilde, Avellaneda, el 28 de noviembre de 1961. Hincha fanático del Rojo, se formó en la escuela pública, la Nº 36 de Sarandí. Combinaba su pasión por el fútbol con el gusto por la Fórmula 1 y “los fierros”. Tenía 16 años cuando su vecina Azucena Villaflor era secuestrada por una patota de la ESMA. No podía imaginar que alguna de esa despreciable gente iba interferir más tarde en su vida y a provocar su muerte. Empezó a interesarse por la fotografía en forma amateur y se fue convirtiendo en un notable profesional con enorme creatividad. En 1989 ingresó en una de las revistas más influyentes, Noticias, de editorial Perfil. José Luis estampó su mirada sobre los principales personajes de la vida social, cultural y política argentina, desde Ernesto Sabato, María Kodama, Mario Pergolini y Les Luthiers hasta represores como Guillermo Suárez Mason y el jefe de la Maldita Policía bonaerense, Pedro Klodczyk, dueño de un prontuario que incluía protección a la prostitución, el juego clandestino y el atentado a la AMIA. Allí, Cabezas comenzó a molestar a gente con pocas pulgas, amigos de la oscuridad.

En 1996 a José Luis le tocó “hacer temporada” en Pinamar, para retratar a ricos y famosos. Le habían pedido la foto imposible, la de un invisible que se jactaba de que ni los servicios de inteligencia tenían una foto suya: Alfredo Yabrán, un magnate que había hecho su fortuna durante la dictadura militar y la había incrementado notablemente durante los años del menemato con sus empresas vinculadas con el correo, el traslado de mercaderías y negocios varios en los aeropuertos. El nombre había saltado a las primeras planas de los diarios cuando el superministro Domingo Cavallo lo denunció en el Parlamento por ser “el jefe de la mafia” y llevar adelante negocios turbios con la complicidad del gobierno del que formaba parte el padre de la convertibilidad. José Luis consiguió aquellas fotos que fueron tapa de la revista e irritaron notablemente al hombre que le había confesado a Mariano Grondona que para él el poder era la impunidad. José Luis y su compañero Gabriel Michi volvieron a cubrir la temporada en 1997. Yabrán había tomado sus prevenciones. Le había dicho a su enorme estructura de seguridad, formada en gran parte con ex represores de la ESMA (una de sus agencias de seguridad se llamaba Bridees, Brigada de la ESMA) y del Ejército, que no quería que nadie lo molestara, en referencia a las fotos que lo habían desencajado en el verano anterior. Contaba además con excelentes contactos en la Policía Bonaerense, como el subcomisario Gustavo Prellezo, que hacía horas extra para la seguridad del empresario telepostal. Los dos periodistas hicieron guardia frente a su casa y comenzaron los aprietes. Pinchaduras de neumáticos del auto que les había alquilado la editorial y amenazas directas que incluían a la hijita de cinco meses de José Luis. El 25 de enero, cuando salía de una fiesta, Cabezas fue secuestrado por una patota compuesta por hombres de la Bonaerense y delincuentes. El comisario de Pinamar, Alberto “la Liebre” Gómez, hizo lo suyo liberando la zona. El fotógrafo fue conducido a un camino vecinal, donde fue esposado, asesinado y su cuerpo calcinado. Detrás de todo estaba Alfredo Yabrán. La sociedad reaccionó con vitalidad frente a la impunidad, que incluyó la recepción oficial en la Casa Rosada del principal sospechoso y el apoyo incondicional del presidente y más que amigo del empresario, Carlos Menem. La familia de José Luis –su hermana, Gladys; sus padres, Norma y José, y su mujer, Cristina– movió cielo y tierra para que el crimen no quedara sin castigo. Hubo multitudinarias movilizaciones a lo largo y ancho del país. La consigna era “No se olviden de Cabezas”. La contundencia de la presión popular ayudó a encarcelar a los autores materiales y dejar constancia judicial de que se trataba de un crimen por encargo de “Don Alfredo”. Los asesinos fueron condenados a perpetua. Alguno murió en la cárcel, pero la mayoría iría saliendo con diferentes prebendas y artimañas judiciales. Hoy no queda ninguno tras las rejas. Este número especial de Caras y Caretas está dedicado a José Luis Cabezas, notable fotógrafo, valiente periodista gráfico, muy buen compañero, padre y marido amoroso, a quien el poder fáctico de nuestro país le arrebató los sueños y la vida a los 35 años. Decía Borges: “La verdadera muerte es el olvido”. Mantengamos viva la memoria de este mártir argentino y advirtamos de una vez por todas los peligros que entrañan el olvido y el desprecio por la historia.

Escrito por
Felipe Pigna
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