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“Al sol de cada tango te presiento”

“Te duele como propia la cicatriz ajena”, dijo Homero Manzi para explicarles a él y a los demás cómo sentía Enrique Santos Discépolo. Nacido en Buenos Aires en 1901, cuando era muy pequeño quedó huérfano de padre y madre. Vivió desde entonces con su hermano Armando, catorce años mayor.

“De mi infancia conservo pocos recuerdos. Mejor dicho, procuro no conservarlos. Tuve una infancia triste. Nunca pude decir aquello de ‘cachurra monta la burra’ ni hallé atracción alguna en jugar a las bolitas o a cualquiera de los demás juegos infantiles. Vivía aislado y taciturno. Por desgracia, no era sin motivo. A los cinco años quedé huérfano de padre y antes de cumplir los nueve perdí también a mi madre. Entonces mi timidez se volvió miedo y tristeza, desventura”, diría Discepolín.

Su hermano lo crio en las tablas, que fueron el escenario de sus alegrías y tristezas. Debutó como actor a los 16 años y poco después como autor teatral, mientras iba coqueteando con el tango.

El primero que compuso fue “Bizcochito”, que era parte del sainete La Porota, de José Antonio Saldías. Pero la fama llegaría en 1926 con “Qué vachaché”, cantado por Tita Merello: “Pero no ves, gilito embanderado,/ que la razón la tiene el de más guita,/ que la honradez la venden al contado/ y a la moral la dan por moneditas”. A Azucena Maizani le gustó otro tango maravilloso de Enrique, “Esta noche me emborracho”, y lo estrenó en Montevideo al año siguiente.

En 1930 acompañó a Carlos Gardel en aquellos pioneros videoclips filmados por Enrique Morera. Allí se da el famoso diálogo entre aquellas figuras gigantescas del tango. Carlitos le pregunta por “Yira… yira”, y Enrique le resume el espíritu de aquella maravilla que condensa el clima de la crisis del 30. Discepolín sufrirá la censura del Ministerio de Marina, que prohíbe la difusión radial de sus tangos “Que vachaché”, “Chorra” y “Esta noche me emborracho”, por promover el lenguaje vulgar y, sobre todo, porque llamaban la atención del pueblo sobre la dura realidad argentina.

Discépolo será en la Década Infame, junto a Marambio Catán y el Negro Celedonio Flores, la voz de los silenciados. “Yo veo el dolor en todos los que tengo delante, me posesiono de su situación, comprendo cuáles son sus problemas, y enseguida me pongo en su lugar y siento como sienten ellos mismos, percibo, como si fuera mío, el sufrimiento ajeno, el tango sale como si les doliera a ellos mismos”, decía Discepolín.

En 1935, ya con Tania como compañera, viaja por el mundo y recorre España, Portugal, Francia y el norte de África. Cuando vuelve escribe “Cambalache”, uno de sus tangos más recordados y actuales.

Es de aquellos años su acercamiento al cine, que lo tendrá a veces como actor, otras como guionista o como director. Algunas de sus películas más recordadas son Mateo, Cuatro corazones y El hincha.

Adhirió fervorosamente al peronismo pero nunca pidió favores. Admiró profundamente a Evita, a quien trató en la peña de artistas y escritores que ella animaba en el Hogar de la Empleada.

La amistad con Mariano Mores rindió frutos musicales en obras como “Uno”, “Sin palabras” y “Cafetín de Buenos Aires”.

En 1951, en medio de la campaña por la reelección de Perón, decidió comprometerse a fondo con un programa radial, Pienso y digo lo que pienso, con su célebre personaje, el contrera Mordisquito. No se lo perdonaron. Rompieron sus discos, le compraban funciones enteras de teatro para que no hubiera nadie en la platea cuando saliera a escena. Tuvo que bajar de cartel sus obras.

Su enfermedad pulmonar crónica se fue agravando, y Enrique decía con su humor negro: “Estoy tan flaco que las inyecciones me las tienen que dar en el sobretodo”. Pesaba 37 kilos. El dolor ajeno, que sentía como propio, la muerte de su querido amigo Homero Manzi y tantas cosas que no llegó a decir se lo fueron llevando. Partió de este mundo en brazos de su querido hermano de la vida Osvaldo Miranda. Era el 23 de diciembre de 1951 y sonaba como nunca aquel tango póstumo de Manzi con música de Pichuco: “Conozco de tu largo aburrimiento/ y comprendo lo que cuesta ser feliz,/ y al son de cada tango te presiento/ con tu talento enorme y tu nariz;/ Con tu lágrima amarga y escondida,/ Con tu careta pálida de clown,/Y con esa sonrisa entristecida/ Que florece en verso y en canción”.

Escrito por
Felipe Pigna
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