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Mirar la vida desde otros ángulos

Luis Alberto, Luisito, el Flaco, es una de las personas más respetadas y queridas de nuestro país. Nació en 1950 y vivió muchos años en la casa familiar de la calle Arribeños 2853, cerca del barrio River y de la cancha del club de sus amores. Su papá, Luis Santiago, era cantante de tangos, y Luisito empezó a enamorarse de la música escuchándolo y, desde muy chico, cantando algunos tangos. La casa se llenaba de música también gracias a unos tíos que trabajaban en la por entonces célebre discográfica CBS Columbia y les acercaban los más variados estilos en vinilo. Mientras cursaba la escuela primaria, sonaba el rock por todos lados, de la mano de Elvis y Bill Haley. También eran los años del boom del folklore entre nosotros. Según él mismo recordaba, debutó en Tucumán durante un viaje familiar en el marco de un festival donde, con total falta de inhibición, cantó “Pity, Pity”, de Billy Cafaro. Pero el antes y después fue su presentación en el programa Escala musical, que emitía canal 13, donde cantó “Sabor a nada”, de Palito Ortega. Con lo que ganó en el concurso pudo comprarse su primer disco, Beatles for Sale, que le cambiaría la vida. Sin embargo, su primera composición musical fue folklórica, la bella “Barro tal vez”, que muchos años después interpretaría magistralmente junto a Mercedes Sosa en Cantora, aquel disco inolvidable de despedida de la Negra. Tenía quince años y por entonces también compuso “Plegaria para un niño dormido”. Se fue vinculando con amigos que ya tenían sus grupos, como Los Larkins y Los Sbirros, hasta formar Almendra con Edelmiro Molinari, Rodolfo García y Emilio del Guercio. A finales de 1969 sale el primer LP, con aquella emblemática tapa y temas que son parte de la historia grande del rock nacional, como “Ana no duerme”, “Plegaria para un niño dormido” y “Muchacha (ojos de papel)”. Tras un viaje a una Europa todavía convulsionada por los ecos del 68, regresa con mucho arte visto, mucho cine, mucho happening y mucho rock. Vendrá entonces Pescado Rabioso y luego, según algunos, el primer disco conceptual de nuestra música, Artaud, lanzado en un año tan esperanzador como conflictivo, el 73. El Flaco había tenido algún contacto con la izquierda peronista, le había dedicado una canción al Che y, claramente, se iba ubicando de un lado de la historia. No creyó necesario un compromiso político partidario y seguramente sintió, y no se equivocó, que podía hacer mucho desde su poesía y su música para mejorar y cambiar un mundo que, como a muchos, no le gustaba. Sería interminable detallar toda su carrera, que está extensamente desarrollada en este número especial de Caras y Caretas.

A través de su obra, el Flaco nos fue enseñando a mirar la vida desde otros ángulos, con arte, con la locura tan necesaria; a que la poesía puede ser algo cotidiano, que cada uno puede interpretarla como quiera. Hay en su obra lo mejor de muchas cosas: del folklore, de los poetas llamados “malditos”, de sus admirados Beatles, de las rebeliones de los 60, de las nuevas formas del amor, ecos de una generación a la que la vida y la política atravesó dejando huellas. El Flaco solidario, el de los recitales por la tragedia del Colegio Ecos, el Flaco en la Carpa Blanca, el Flaco siempre presente contra el olvido, la impunidad y a favor de la vida y la buena memoria, invitando a la lucidez y la sensibilidad y alertándonos contra el odio y la estupidez, que muchas veces van juntas. Se dio un gusto final con las Bandas Eternas, se lo vio feliz en el estadio de Vélez repleto, como un chico, tocando con todos los que quiso, 31 músicos que tanto lo querían y que cada día lo quieren más. Tuve la suerte de tratarlo. Iba a hacerle una entrevista para un canal. Fui con el equipo y mis dos hijos, fanáticos absolutos del Flaco. Me dijo: “Loco, ¿y si en vez de hacer la entrevista los invito a tomar la leche a vos y a tus hijos?”. La invitación era tan cálida como imposible de rechazar. Fue un momento mágico que nunca olvidaremos. Hablamos de todo y esas horas fueron suficientes para confirmar la clase de persona que era Luisito, un imprescindible, alguien de quien siempre tendremos un buen recuerdo, una buena memoria. A diez años de su partida, va nuestro homenaje en este número especial y el deseo de que pronto la calle Iberá, donde tenía su estudio y pasó sus últimos años, se llame Luis Alberto Spinetta.

Escrito por
Felipe Pigna
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