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Mujeres en las universidades

Los movimientos feministas y la búsqueda de la igualdad también tuvieron su correlato en múltiples facultades. A continuación, un repaso para entender de dónde venimos y hacia dónde vamos

A comienzos del siglo XX, un amplio sector de la sociedad argentina consideraba que el espacio de la mujer y sus actividades correspondían a la organización de la familia o al mundo privado. Sin embargo, los movimientos feministas, las asociaciones y las numerosas publicaciones que apoyaban la causa de las mujeres mostraron que otro sector de la sociedad, tanto de mujeres como de hombres, quería generar un cambio –con distintos matices según la postura ideológica– respecto de los papeles tradicionalmente asignados a las mujeres, así como de sus derechos civiles y políticos.

La presencia de mujeres en las universidades se fue incrementando poco a poco, en un proceso paulatino pero constante. Esto fue posible gracias al contexto de crecientes reclamos y de luchas feministas por la igualdad de derechos. También fue clave la creación de escuelas normales en diferentes capitales del país, que permitieron que gran cantidad de mujeres se formaran.

Las primeras médicas de Buenos Aires, Cecilia Grierson, Elvira Rawson de Dellepiane, Julieta Lanteri y Alicia Moreau, entre otras, fueron protagonistas de las luchas iniciales por la conquista de los derechos femeninos. También las primeras egresadas de Filosofía y Letras en Buenos Aires, Sara Justo y las hermanas Elvira y Ernestina López, fueron parte de los movimientos feministas que buscaban un cambio social para las mujeres. Muchas de ellas luchaban además por la conquista de los derechos políticos, especialmente por el voto femenino. A ellas se unieron las universitarias de distintas ciudades (La Plata y Córdoba, principalmente) y algunas profesionales formadas en el extranjero.

El acceso a la universidad fue conquistado. Eso no implicó que se dejaran de lado las diferencias sociales y políticas entre los sexos ni las desigualdades de clase. Las elecciones de carrera estaban marcadas por fuertes mandatos respecto del lugar que ocupaban las mujeres, no solo en la vida cotidiana sino también en la producción de saberes. Así, muchas optaron por las carreras consideradas como “típicamente femeninas” como farmacia, obstetricia y otras ramas “menores” de la salud, o por profesorados de ciencias humanas y sociales.

MÚLTIPLES HISTORIAS

La historia nunca ha sido lineal ni unívoca. También hubo quienes eligieron carreras como ciencias naturales, química, ciencias exactas, derecho, ingeniería o agronomía. Tomemos el caso del Museo de La Plata. Allí, como estudió la investigadora del Conicet Susana García, la poca concurrencia de alumnos a inicios del siglo XX favoreció la formación de las mujeres. Las estudiantes accedieron a becas y pasantías y fueron convocadas como colaboradoras y ayudantes en oficinas de investigación aplicada en instituciones estatales, como ayudantes de clases, o en tareas como dibujo, ordenamiento de colecciones, elaboración de fichas y registros, entre otras. El acceso a la posición de profesoras fue mucho más difícil y fue un proceso más lento que el de sus compañeros varones.

La inserción laboral fue una de las cuestiones más complejas en todas las disciplinas. Las universitarias de la primera mitad del siglo XX tuvieron que enfrentar sucesivas trabas y prejuicios en distintas instancias de la formación y el ejercicio profesional. Como ha mostrado Dora Barrancos, muchas trayectorias de las primeras graduadas terminaron en el hogar y la familia. Otro ejemplo: María Angélica Barreda, primera abogada del país, tuvo que presentar una defensa legal para poder matricularse en la provincia de Buenos Aires y ejercer su profesión, en 1910.

Aquellas que optaron por un perfil académico vieron sus logros muy lentamente. Algunas se orientaron hacia tareas consideradas como “naturalmente” femeninas, especialmente la enseñanza en primaria y secundaria, pero también el cálculo, la ilustración o el trabajo como secretarias, bibliotecarias o asistentes. Esta división sexual de tareas actuó como mecanismo no explícito en la asignación de labores y, si bien las mujeres realizaron tareas fundamentales, contaban con menor reconocimiento o remuneración. Además, los puestos de mayor jerarquía eran ocupados por hombres. En el caso de las egresadas de medicina, sólo unas pocas accedieron a la docencia superior, muchas de ellas relacionadas a espacios de enseñanza vinculados a la mujer y al niño. Aunque, claro, no todas las historias son iguales. Está el caso de Juana Cortelezzi, quien desde 1920 trabajó como profesora de práctica pedagógica de Mineralogía y Geología en la Universidad Nacional de La Plata, en 1928 fue nombrada Jefe de Trabajos Prácticos de la cátedra de Mineralogía y Geología del Museo de La Plata y en 1933 ganó el concurso para el cargo de Profesor Titular de la cátedra de Mineralogía y Petrografía. Su carrera fue relativamente rápida si se compara, por ejemplo, con la médica Teresa Ferrari y otras de la Universidad de Buenos Aires, donde la titularidad de las cátedras fue obtenida a partir de 1940. También podemos mencionar a las primeras químicas, que obtuvieron puestos de trabajo en fábricas e industrias o en reparticiones estatales como las Oficinas Químicas Nacionales o la Comisión Nacional de Energía Atómica.

ABRIR CAMINOS

El tesón de estas mujeres científicas las llevó a abrir sus propios laboratorios domésticos o emprender sus propias investigaciones. Muchas publicaron sus ideas, con más o menos éxito y difusión. Algunas se dedicaban a coleccionar objetos y especímenes científicos sin pertenecer a ninguna institución. También hubo maestras que se desempeñaron como intelectuales al escribir sobre sus experiencias educativas. Otras, al calor del hogar (o a la sombra de su marido), se formaron y realizaron investigaciones que no han trascendido en la historia.

Lo cierto es que, como bien anticipa Lanteri en 1919, las reivindicaciones por los derechos de las mujeres llegaron para quedarse. Para 1960 muchas matrículas estaban equiparadas en términos de género. Las brechas no han desaparecido, pero las conquistas se multiplicaron, sin jamás dar marcha atrás.

Escrito por
Ana Carolina Arias
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