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Lanteri y su tiempo

La reconocida médica feminista llegó a nuestro país desde Italia en 1879. Por aquel entonces la Argentina se organizaba a partir de un Estado autoritario que se pretendía moderno, pero que usufructuaba las prácticas explotadoras de la colonia.

Julieta Lanteri apenas ingresaba en la etapa de una mayor comprensión del mundo que habitaba cuando se lo cambiaron. Partió, en barco, de su Italia natal y a los seis años pisó el puerto de Buenos Aires, en un país que por entonces, 1879, buscaba definir un perfil que se concretaría en los términos que pretendía el patriarcado agroganadero, lanzadísimo a adueñarse del poder para siempre. Esa intención se consolidó, como era previsible, con el esquema de un Estado autoritario, es decir, con una institucionalidad que se pretendía moderna pero que heredaba, sin disimulo, las prácticas explotadoras de la colonia.

Estado autoritario, entonces. Visión elitista que no implicaba el juego social libre y abierto de la ciudadanía sino que empaquetaba a “los otros”, a los no propietarios –tanto a los criollos que ya estaban como a los gringos que venían de Europa–, como estrictos subordinados.

El diseño falsamente constitucionalista se tejía con un régimen electoral amañado y con un Estado entendido casi como fuerza policial. Hacia abajo de la sociedad lo que se pretendía no era mucho más que un servilismo pasivo. Julieta Lanteri acumuló fuerza y adherentes para sus causas feministas e inclusivas, jugando en el campo que la resistencia popular le opuso a ese Estado pretoriano. La organización con fórceps implicaba tensiones permanentes y recurrentes series de muertes argentinas: desde el olor a sangre de la Campaña del Desierto a los episodios circulares de represión y matanzas exacerbadas en la Patagonia Rebelde, la Semana Trágica, el primer golpe militar, el de José Félix Uriburu, alias von Pepe, y la aparición de la picana como gran contribuyente a la siempre eléctrica energía reaccionaria.

Ante las amplias multitudes que, para el poder oligárquico, integraban la categoría de reales o potenciales “vagos y malentretenidos”, la situación y la visión de la mujer no podría sino estar aún un escalón más abajo. Si, de la mano del positivismo, cualquiera ingresaba rápidamente en la categoría de “rezago fisiológico”, a las chicas les estaban destinados epítetos que rozaban la bestialización.

VISIÓN MASCULINA

La literatura del último tramo del siglo XIX, en pleno auge de la novela naturalista, sirve para dar cuenta de esa visión masculina sobre la mujer de los ámbitos populares. El médico Antonio Argerich en Inocentes y culpables, novela escrita como impugnación al envión inmigratorio, entrega –más en lo microscópico que en discurso público– la caracterización del personaje de Dorotea, una joven embarazada. He aquí solo algunas joyas: “Siempre su imaginación enfermiza soñando lo imposible y fatigando su pobre espíritu en deliquios ilusorios que sólo podrían realizarse en la fantasía de un cerebro afiebrado”. Su “sentimentalismo enfermizo concluía en verdaderas crisis nerviosas que se deshacían luego en prolongados sollozos”.

El corifeo muestra su mirada de la preñez y en este caso hay que usar el resaltador ya que su criterio se pretende genérico y universal: “La mujer en ese estado es una pobre enferma, tal vez una loca”. Como para exhibir cierta bondad cristiana la compadece, pero más aún compadece a los hombres. La embarazada “debe ser considerada en todo sentido. Pero todos los hombres no son filósofos y los que pueden reputarse como tales dejan de serlo en su respectivo hogar”. Y, al final, una incriminación sin vueltas que las deja fuera de los humano y casi casi de los animal: “La idea de matar al inocente ser que alimentaba en sus entrañas no le traía ningún pensamiento doloso”.

El patriarcado evoluciona hacia oligarquía en los años en que Lanteri reproduce en la Argentina el movimiento sufragista que había dado sus primeras señas en la Revolución Francesa y que emerge con fuerza en Inglaterra antes de brotar en todo Occidente. En paralelo, transcurren las grandes rebeliones obreras y las nuevas clases medias pelean su representatividad, que recién se conseguirá para el voto que en la Argentina es presentado como “obligatorio, universal y secreto”. Faltaba una palabra allí: obligatorio, universal, secreto, sí, y masculino. O sea solo para los machos que, si perteneces al vasto conjunto de no-propietarios, también serán denostados. Los hombres de pro a esta altura estaban asustados por la “plebe ultramarina” (Leopoldo Lugones), por un lado. Pero también se celebraba que “los indígenas americanos, los nuestros, pocos numerosos se han extinguido, otros se irán mezclando y así desaparecerá la raza” (Juan Alsina).

GUERRAS Y REVOLUCIONES

A Lanteri le toca vivir la efervescencia de entresiglos en esa etapa en que el juego revolución-contrarrevolución oscila en varios rincones del mapamundi; también la gran guerra y el período de entreguerras que para las clases altas implicará los breves suspiros danzantes de la belle époque. Pero además transcurrirá a su vera la aceleración del industrialismo y de las comunicaciones, el surgimiento de las vanguardias artísticas, el crecimiento de los ferrocarriles, el perfeccionamiento de la imprenta, el teléfono, la popularización de la prensa, el fonógrafo, la máquina de escribir, la lámpara eléctrica, el cine y la ametralladora, entre un instrumental que cambiará la escenografía y la sensibilidad a escala planetaria.

En todo este tiempo el discurso del poder tratará de arrinconar a la mujer (ostensiblemente a la mujer blanca y occidental y, de preferencia, cristiana) en un hogar y a cargo del naciente consumo de chiches electrodomésticos. El resto del mundo femenino era una cuestión de “chinitas” y no valía la pena ni mirarlo más allá de la necesaria condición de sirvientas. En el pelotón de vanguardia ellas tratarán de liberarse de esas y otras cárceles mal coloreadas. La Lanteri estuvo en todas las movidas que implicaran emancipación, ampliación de derechos culturales y materiales. Sería bueno borrarla de la cartelería que la nombra en una calle de Puerto Madero y transportarla, como ícono bruñido de las luchas que siguieron, por esas calles donde tanto voceó sus verdades, allí en los alrededores del Congreso Nacional.

Escrito por
Vicente Muleiro
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