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MARECHAL Y SU TIEMPO

La vida del escritor se desarrolló en paralelo a muchos de los grandes acontecimientos políticos de la Argentina del siglo XX. Fue un reconocido militante del peronismo, pero desde mucho antes se manifestó en forma pública para defender causas justas y a los que menos tienen.

Leopoldo Marechal fue uno de los más grandes escritores argentinos, muy cerca de sus contemporáneos Jorge L. Borges y Julio Cortázar. La diferencia con ellos no fue de calidad literaria, sino de compromiso con su tiempo.

Nació el 11 de junio de 1900, en el barrio de Almagro, en la que hacía nada más que dos décadas se había convertido en la Capital Federal de la Argentina. Fue hijo de un mecánico uruguayo y de un ama de casa argentina, y a los diez años su familia se mudó a Villa Crespo, en la misma ciudad.

Cuando terminó la primaria se empleó como obrero en una fábrica de cortinas en la calle Lavalleja, donde al poco tiempo organizó una huelga y fue despedido. Después, en 1919, vio morir a su padre, víctima de la epidemia de la gripe española. Él mismo contó que pudo haberse salvado si el patrón del aserradero no lo hubiese obligado a salir de la convalecencia. Era la Argentina en la que Hipólito Yrigoyen gobernaba con las contradicciones de una Semana Trágica que tiñó a Buenos Aires con la sangre de los obreros en huelga de los talleres Vasena.

Años más tarde, Marechal sostuvo: “Por eso fui socialista y después peronista”. Desde entonces, fue acuñando el espíritu que marcó su vida y su obra. Según Hipólito Paz, que mucho después trabajó con él en la Subsecretaría de Cultura de la Nación, don Leopoldo forjó el concepto de la “caridad intelectual”, a la que definía como la capacidad “para ponerse en el lugar de otro, como otro”.

En 1922 publicó sus primeros poemas, Los aguiluchos, y en 1926, Días como flechas. Al año siguiente se pronunció públicamente en contra de la ejecución de Sacco y Vanzetti que conmovió al mundo, y fue entonces cuando fue designado vicepresidente del Comité Yrigoyenista de Intelectuales Jóvenes que presidió Borges. Fue en el marco de la campaña de Yrigoyen, que culminó en su segunda presidencia, a la que accedió por tantos votos que aquella elección quedó registrada en la historia como “el plebiscito”.

Los años del gobierno de Marcelo T. de Alvear (1922-1928) habían amenguado el nacionalismo y el anticolonialismo del partido radical y era tiempo de recuperar las viejas banderas.

LA DÉCADA INFAME

Producido el golpe de 1930, durante la llamada Década Infame, Marechal se acercó al nacionalismo. Se incorporó en la parroquia de Balvanera a un grupo de intelectuales que conformaban los Cursos de Cultura Católica, cimiento de lo que sería la Universidad confesional. Allí alternó con Marcelo Sánchez Sorondo, Hipólito Paz, Máximo Etchecopar, Mario Amadeo y Federico Ibarguren, entre otros.

Mientras tanto, seguía ejerciendo su oficio de maestro, que mantuvo durante dos décadas hasta 1944, en la escuela Juan B. Peña de la calle Trelles 938, en Flores.

Tras la Revolución de 1943 se entusiasmó con la recuperación de la Argentina de las garras del colonialismo y de los negociados. En 1944 fue director de Cultura Estética y Presidente del Consejo General de Educación de Santa Fe, donde actuó un año. La jornada del 17 de octubre de 1945 lo encontró otra vez en Buenos Aires y en medio de la muchedumbre.

Vivía entonces con su mujer, gravemente enferma, en un departamento de la avenida Rivadavia. “De pronto –escribió después– me llegó desde el oeste un rumor como de multitudes que avanzaban gritando y cantando por la calle Rivadavia: el rumor fue creciendo y agigantándose, hasta que reconocí primero la música de una canción popular, y en seguida su letra: ‘Yo te daré/ te daré, patria hermosa,/ te daré una cosa,/ una cosa que empieza con P./ Perooón’. Y aquel ‘Perón’ resonaba periódicamente como un cañonazo”.

Y después agregó: “Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo. Vi, reconocí y amé los miles de rostros que la integraban: no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina ‘invisible’ que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas, y que no bien las conocieron les dieron la espalda. Desde aquellas horas me hice peronista”.

LA COMUNIDAD ORGANIZADA

A fines de 1945 se sumó junto a José María Castiñeira de Dios, Hipólito Paz y Arturo Cancela a un comité procandidatura del coronel Perón, y durante el primer gobierno peronista fue designado director del Departamento de Institutos de Enseñanza Superior y Artística. Además, fue uno de los principales colaboradores de Perón en la elaboración del discurso que pronunció en el cierre del Primer Congreso de Filosofía celebrado en Mendoza en 1949, que luego se publicó con el título de La comunidad organizada, texto doctrinario fundamental del peronismo.

Su adhesión a esta fuerza política signó su carrera literaria. Tras el golpe de 1955, él mismo se definió como el “poeta depuesto”. Como sucedió con otros exponentes de la cultura, sus conocidos dejaron de saludarlo, se cruzaban de calle a su paso y fue rechazado por los cenáculos inTelectuales. Lejos habían quedado los tiempos de la revista Martín Fierro, y sus amigos del Grupo Florida nada querían saber de él. Decidió jubilarse y recluirse en su departamento, donde lo visitaban unos pocos amigos: Castiñeira de Dios, Antonio Barceló, Rafael Squirru, y los más jóvenes Alfonso Sola González, Graciela Maturo, León Benarós, Fermín Chávez y Luis Soler Cañas.

En 1964 se ilusionó con el regreso de Perón, pero el intento fue fallido. Un año después publicó El banquete de Severo Arcángelo, que tuvo éxito y lo devolvió a la vida pública. Pero Marechal, en plena resistencia peronista, insistía con declarar su pertenencia. En 1967, tres años antes de morir, durante un reportaje que le hizo Paco Urondo, dijo: “Yo no era un político; era un adherente y un combatiente. Fui, soy y seré peronista. Me sigo sintiendo peronista. Para mí el justicialismo es la única solución para la Argentina”.

Escrito por
Araceli Bellotta
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