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Los Redondos: el final de un fenómeno que cambió la cultura argentina

Hace 20 años Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota emitía un comunicado oficial para anunciar un impasse que se transformó en separación definitiva. Crónica de una crisis no anunciada y el análisis de un legado de libertad y audacia.

El país no daba para más, y los Redonditos de Ricota tampoco. La fecha pautada del concierto en la cancha de Santa Fe, para el 8 de diciembre, no dejaba dormir a nadie: la banda iba a tocar sobre un volcán en erupción. Con la sabiduría con que siempre manejaron las tensiones y los hilos de ese muñeco misterioso que fue, es y será “Patricio Rey”, el terceto encargado de tomar decisiones dijo “basta”. Hace 20 años, el 2 de noviembre de 2001, Poli Castro, Skay Beilinson y el Indio Solari lanzaron el comunicado oficial que decía que paraban. No fue el anuncio de una separación. Fue la idea de un impasse. Un impasse que se volvió definitivo.

Más allá del abismo social y económico al que asomaba la Argentina, no había grandes motivos para un divorcio. Ese marco político empujó al parate, pero en sí no aparecían causas firmes para enterrar a la banda que, ya por ese entonces, se había transformado en una leyenda. El reciente libro La última noche de Patricio Rey (Gourmet Musical) se basa en una larga entrevista en bruto, sin editar, de Martín Correa, Humphrey Inzillo y Pablo Marchetti a Skay, Poli y el Indio en un bar de Palermo para la Revista La García, realizada el 30 de octubre de 2001. Fue una charla de tres amigos con tres periodistas, regada de alcohol, risas y complicidades. Horas después, cuentan, la noche de cristal se hizo añicos. Hubo reclamos, asignaturas pendientes, gritos. Al toque redactaron el comunicado oficial.

Tuve la fortuna de entrevistar muchas veces a los Redonditos. También a muchos de sus integrantes por separado. Además, para la investigación del libro Fuimos reyes (Planeta), que escribimos a cuatro manos con Pablo Perantuono sobre la historia de Patricio Rey, conversamos con casi cien involucrados en la banda. Voy a mi archivo personal, y vuelvo a leer algunas notas de aquellos años de principio de milenio. En 2002 entrevisté para Clarín a Skay y a Poli, por la salida del primer disco solista del guitarrista, A través del Mar de los Sargazos.

Así empezaba la nota:

-Skay, ¿te agarraste a piñas con el Indio Solari?

(…)

Skay: Se dijeron tantas cosas. Que habíamos comprado un teatro, que el Indio tenía sida, que nos íbamos a vivir a España. Barbaridades. ¿Cómo nos vamos a agarrar a piñas con el Indio?

(…)

-¿Qué pasó?

Skay: Sencillamente se había vuelto todo muy previsible. Se acabó la magia, el misterio. El Indio también hacía tiempo que quería parar y el nacimiento de su hijo habrá influido. La verdad es que todos necesitábamos un cambio. Entonces decidimos tomarnos un año sabático.

-¿A partir de cuándo?

Poli: El 2 de noviembre de 2001. Coincidió con la programación del recital de Santa Fe. Veníamos de tocar en Uruguay y Córdoba.

Skay: Dos conciertos muy lindos, cero quilombo.

–Es decir que el año sabático termina ahora, en un mes

Poli: Bueno, un año sabático no tiene que durar exactamente un año. Pueden ser dos, tres años. Quién sabe.

–Cuando decís que se había vuelto todo previsible… ¿A qué te referís?

Skay: Llega un momento en que uno no se sorprende con las ideas del otro. Y eso afecta a la química de una banda de rock. Hay una consecuencia positiva y es que la banda suena afiatada, madura. Pero falta sorpresa. Por eso para mi disco decidí arrancar de cero y no llamar a ningún músico ni técnico ni asistente de los Redondos. Solo le pedí el arte de tapa a Rocambole, que es como mi hermano y que nos conocemos desde antes que existieran los Redondos.

(…)

–¿Es posible pensar a los Redondos aplicando la fórmula Rolling Stone: que se junten cada tanto sólo para grabar un disco o tocar en vivo?

–Skay: No lo hemos pensado. Ya veremos.

Al poco tiempo, entrevisté al Indio Solari. Transcribo un pequeño fragmento del extenso reportaje realizado en su casa de Parque Leloir:

–¿Sabés que en los conciertos de Skay cantan eso de “sólo te pido que se vuelvan a juntar”?

–Sí. A mí me encantaría que nos juntáramos. Yo haría el esfuerzo.

–¿Seguís sin hablar con Skay?

–Hablamos últimamente porque tenemos que vernos, más que nada por intereses en común, cosas que quedaron, cosas que podrían hacerse con material grabado, videos grabados de los conciertos de Racing y de River.

–¿Por qué se separaron finalmente Los Redondos?

–Son problemas que hemos tenido en la intimidad. Bastante duró la joda. Digo: fueron casi treinta años. Cada uno tiene la personalidad que tiene. Sé que soy medio nazi y exigente con un montón de cosas, que no relego mis voluntades y mis caprichos con facilidad. Qué sé yo, todos tenemos defectos. Y al querer ser honestos con nuestros sentimientos, el proyecto del cual pendían miles de personas se diluyó en la nada. A mí eso no me gustó. Yo prefiero –por más que cada uno esté entusiasmado con proyectos personales– tratar de hacer una despedida mejor. A mí me quedó un sabor agrio. Cuando miro para atrás, a veces está nublado.

–¿De qué más hablaste con Skay?

–No, eso. Nos mandamos cariños, esas cosas. El está atareado con sus proyectos y yo con los míos. Supongo además que el resto de los chicos de la banda también quedó resentido. Yo creo que es algo difícil de volver a capturar. Pero yo tengo la voluntad para juntarnos. A mí no me pasaron cosas más importantes en la vida que formar parte de una banda como los Redonditos…

El derrotero de la democracia

Resulta revelador releer los testimonios hechos sin la erosión del paso del tiempo. Se sucedieron gobiernos, se publicaron infinidad de libros, se popularizaron las redes sociales, y el mito está ahí: siempre vigente. Y si bien no se apagan las esperanzas de muchos de que se vuelvan a juntar en un escenario o en un disco, el futuro se achica año tras año. Skay y el Indio son gente grande e inteligente. Saben lo que significaron los Redonditos, saben que hay cosas que no tienen retorno.

En esta fecha, precisamente, redonda, es importante recordar que ningún regreso en el rock está a la altura de período original, que de ocurrir sería un hecho básicamente emocional. Pase lo que pase, la historia no se mancha. Y esa historia define una parábola perfecta. Nacieron en dictadura y se forjaron en el medio de la cacería desaforada del terrorismo de Estado de los aciagos 70. Pero sus letras y el ánimo de muchas de sus músicas definen  etapas del derrotero de la democracia. Son comentarios sutiles, nunca subrayados. Del efusivo disco debut de 1985, Gulp! (y su frase insignia: “¡a brillar mi amor”) y la anarquía de izquierda que sugiere Oktubre, de 1986, hasta Momo Sampler, del 2000  (“¡No da más la murga de los renegados! ¡no da más!”), los Redondos retrataron a su manera los barquinazos de los 80 y 90. La lúcida lírica del Indio, sí, pero también los riffs intrépidos de Skay, las capas sonoras programadas, las luces y las sombras.

Bien escuchada, la obra de los Redonditos es ciertamente un psicodélico manual de historia. Ahí late la breve fiesta alfonsinista, la inmediata decepción, las asonadas militares, el cinismo menemista (“el lujo es vulgaridad”), el gatillo fácil (“Sheriff”), la impericia del gobierno de Fernando De la Rúa. Pero también esa obra tiene, desde sus pliegues operativos, una enseñanza anti-sistema. Con su terca independencia demostraron que no hay una sola manera de hacer las cosas, que el circo del rock and roll tiene un límite, que a un discurso blindado y a una verdad artística hecha de obstinación e incluso capricho, no hay con qué darle.

Ese es, al fin, el gran legado de la banda. No es solo rock and roll: es política pura, es la libertad, la autogestión, incluso el federalismo. No hay nada que extrañar. Ahí están las enseñanzas, ahí perduran a mano los discos. Vibra una verdad. Por eso no necesitaron enmascarar el discurso de demagogia cuando cambió la conformación social del público, drásticamente, a partir de la década del 90. Nunca hubo tanta distancia entre el escenario y la gente. Mientras su música se complejizaba sin perder la impronta de rock and roll, las salas comenzaron a quedar chicas y llegaron chicos y chicas de otros barrios, expulsado del sistema por el menemismo. Solari los definió como los pibes de  “los barrios desangelados”: una tropa suburbana. ¿Cómo resonaban en esas almas desarrapadas versos como “Vamos las bandas, rajen del cielo”, o “Me voy corriendo a ver qué escribe en mi pared la tribu de mi calle”, o “Esos chicos son como bombas pequeñitas”? ¿Qué tenía que ver un guitarrista que había estado en el Mayo Francés y visto a Jimi Hendrix en Londres con esos chicos de faso y cartón de Resero? ¿Y ese pelado de chomba o camisa que hacía cine independiente experimental en La Plata y que no oculta su devoción por el whisky importado? 

No hubo condescendencia alguna. Esa fue la gran honestidad de la banda. No tocaban para la hinchada. Su música era cada vez más oscura y, paradójicamente, los misas itinerantes cada vez más festivas. Ya está: no habrá nunca una banda así. Ese nivel de distancia es imposible en tiempos de celulares e instagram. Los Redonditos cantaron su época, y la época los cantó a ellos. Fueron un medium, una antena, una procesadora de energías. Pasaron dos décadas ya. Como dijo el Indio entre la melancolía y la sabiduría: “Bastante duró la joda. Fueron treinta años”.

Sólo queda agradecer tanto arte, tanto noble rock and roll.

Escrito por
Mariano Del Mazo
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