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Nirvana y la refundación del rock

Hace 30 años la banda de Kurt Cobain lanzaba el álbum “Nevermind” y provocaba un terremoto en la escena musical global. Punk, pop y el insoportable dolor del ser.

Todo comenzó con el chiste que decía “Kurt smells like teen spirit”. Corría 1990 y la nueva escena del rock nacido en el noroeste estadounidense era una gran bola de intercambio y ebullición underground. En medio de una fiesta realizada en Seattle, Kathleen Hanna, cantante del grupo Bikini Kill, escribió en una de las paredes del lugar un mensaje dirigido al líder de Nirvana. La frase vinculaba a Kurt Cobain con Tobi Vail, baterista de las Bikini y amigovia del músico. Hanna se refería a que Kurt olía a desodorante de chicas. Cuando la canción inspirada en una broma nimia empezó a dominar el planeta como la mejor muestra del potencial que contenía Nevermind, el segundo y genial disco de Nirvana, las ventas de desodorantes se dispararon y el gigante Colgate-Palmolive compró la marca Teen Spirit por una cifra millonaria de dólares.  

La sugerente foto de tapa de Nevermind, en donde un bebé nada feliz hacia el anzuelo-dólar, marcó otro hito para inaugurar la última gran revuelta del viejo rock. El punk retornaba con furia y desencanto, la generación de adolescentes criados en la era Reagan planteaban una vuelta al “no future” británico de los indignados de la promoción 1977. La sede mundial fue Seattle y bandas como Soundgarden, Mudhoney y Pearl Jam, entre otras, acompañaron el envión que varió de rótulo: en un principio bajo el amplio término “alternativo” y luego enmarcado  en los límites del sonido “grunge”, rock duro en donde conviven influencias tan variadas como The Velvet Underground y Black Sabbath.     

Nirvana y las melodías adhesivas de Kurt Cobain marcaron casi desde el vamos enormes diferencias con todos sus pares. Luego de un debut tímido en una discográfica independiente, Bleach (1989) sigue siendo un buen muestrario de intenciones pero está a años luz de la contundencia de su sucesor, el trío recién se consolida poco antes de grabar Nevermind. A la química emocional que existía entre  Cobain y el bajista Krist Novoselic se suma la solvencia enérgica de Dave Grohl. El contrato con la multinacional Geffen Records, gracias a la recomendación de los integrantes de Sonic Youth -pioneros del llamado Nuevo Rock U.S.A., fabulosa escuadra integrada por bandas como R.E.M., Pixies y Hüsker Dö-, supuso un cambio de piel: mayor presupuesto para que esas canciones destinadas a dominar el planeta rock tuvieran el equilibrio exacto entre desencanto y belleza, ruido valvular y alta fidelidad.

Para el budismo, nirvana significa la última etapa de la contemplación caracterizada por la ausencia del dolor y la posesión de la verdad. En Cobain funcionó como un estímulo para expulsar demonios que arrastraba desde su más tierna infancia: desamor, abandono y maltrato escolar sólo son algunas de las escalas de una infancia compleja en Aberdeen, un pueblo perdido dentro del estado de Washington que desde hace décadas figura entre los lugares con las tasas más elevadas en materia de desempleo, drogadicción y suicidio. David Lynch capturó los paisajes naturales de Aberdeen para crear la ambientación de la galaxia Twin Peaks.  

De ahí provienen muchos de los alaridos primales que le dan sustento a Nevermind, un título conectado con la patada histórica de los Sex Pistols a través de Never Mind the Bollocks. El proceso para mejorar esos borradores cargados de distorsión y baja fidelidad convirtió a Butch Vig en el cuarto elemento de una fraternidad incómoda, el productor -hasta ese momento desconocido y futuro mentor de Garbage- limpió muchos prejuicios sonoros del trío y puso al frente la voz de Cobain. El ingeniero Andy Wallace clavó un pleno en las mezclas del disco y elevó aún más la capacidad expansiva de Nirvana.

A pocas semanas de la edición de Nevermind, tres pibes de Seattle vestidos de calle desplazaron de las listas de éxitos a tanques como Michael Jackson o Guns N’ Roses. La fórmula era muy sencilla y a la vez brillante: “Es una mezcla de material apto para la radios y lo que podías escuchar en Bleach. Llevamos los dos últimos años advirtiendo a todo el mundo de que estamos escribiendo canciones más pop”, dijo Cobain ante la sorpresa de la prensa especializada que nunca imaginó semejante vendaval. Pop era la palabra prohibida para la nación alternativa, todavía faltaba un poco de tiempo para que la etiqueta territorial del grunge empezara a plantar bandera.

“Pop significa sencillez y eso es lo que el punk-rock ha sido desde el principio hasta que se convirtió en hardcore”, explicó el cantante que creció a la sombra de sus gustos raros como los discos de Devo que tanto molestaban a sus amigos  metaleros, John Lennon era otro emblema de afinidad y admiración, y también  buena parte de la llamada música AOR (Adult Oriented Rock) de los ’70 podía escucharse en sus canciones. Acaso “Smells Like Teen Spirit”  no es un cruce entre “More Than a Feeling” de Boston con el clásico oculto de los Pixies llamado “Debaser”. Dos ecos para sintetizar la dinámica de quietud y explosión que domina a muchas canciones del disco.     

A 30 años de la edición de Nevermid todavía retumba el triunfo de tres desconocidos activando la preciosa fórmula de ruido y melodía contra el machismo en “Territorial Pissing”, o revela empatía universal cuando Cobain invita en “Come As You Are”. Un momento único del rock de canciones perfectas y energía al palo. Aquí pegó fuerte en una enorme adhesión juvenil traducida en el deseo de formar una banda. Nombres como Peligrosos Gorriones, El Otro Yo o Catupecu Machu son deudores de ese impulso que a un año de la salida de su segundo álbum llenó el estadio de Vélez Sarsfield. Esa noche Nirvana no brilló, ya Cobain había comenzado un viaje doloroso del que no pudo escapar. Sus canciones permanecen como insuperables retratos de rabia y desilusión sin fecha de vencimiento.   

Escrito por
Oscar Jalil
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