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LAS VIDAS DE GILDA

A 25 años de su muerte y al calor de la marea verde, los feminismos encontraron en la figura de la artista una mujer aguerrida, rebelde y solidaria, que representa en esencia las banderas de la lucha.

“La muerte alarga la vida”, le dice una chica a otra mientras la maquilla y cantan juntas una parte de la canción que están escuchando: “Y no me importa nada porque no quiero nada/ Tan sólo quiero sentir lo que pide el corazón”. Están hablando de Gilda, están escuchando a Gilda y están escribiendo sin tinta una teoría sobre el mito. La muerte alarga la vida. Cuando Gilda murió ellas no habían nacido. Sus familias no la conocían ni la escuchaban, hoy las dos saben las letras de casi todas las canciones. Sin dogma ni herencia, Gilda irrumpió en sus vidas en una marcha, en una fiesta, en una tarde y se volvió cuerpo en el cuerpo de ellas sin modificarlo. No perdieron ningún gesto propio, ningún músculo, ningún hueso, no hay rastros de piel perdida. Una metamorfosis translúcida pero no invisible que acompaña búsquedas, acción y danzas. No resulta complejo pensar en la invariabilidad de esta metamorfosis porque no se trata de copiarla ni de parecerse a ella, aunque un día decidan ponerse una corona de flores en la cabeza como homenaje. Cantar con Gilda imitando sus movimientos no es perderse, no es la puesta en escena del parecido como salvación ni la saturación, triste pie de universo en que se apoya, de una app de caras calcadas. Su cuerpo no nació para borrar otros cuerpos sino para afianzar la certeza metódica de la transformación como un ciclo de renacimientos. “Yo soy Gilda”, dice la cantante, y lo repiten las voces ardientes antes de poetizar algunas de sus canciones componiendo una sinfonía de diversidad corporal. Nunca ese yo fue tan numeroso. “Yo soy Gilda.” Esa transformación, esa marea, nació en la transformación que Gilda hizo con ella misma antes de que le cambiaran el nombre. Miriam era una maestra jardinera, madre de una nena y de un nene, esposa y ama de casa, cuando un día, después de leer un aviso en un diario donde pedían vocalistas, se presentó a una audición, consiguió un lugar en una banda y se convirtió en lo que siempre quiso ser: una cantante.

“Una mujer muy valiente que tuvo que superar mucho prejuicio social y familiar”, dijo Natalia Oreiro cuando presentó Gilda. No me arrepiento de este amor, la película que protagoniza con la exquisitez de una admiradora, en la cárcel de mujeres de Ezeiza. “Valiente” suele ser la palabra que más se elige para definirla, ¿cuál otra podría dibujar mejor la silueta de su decisión transformadora? Eran los neoliberales años 90 y ella era una maestra que no ostentaba ningún pendular retórico que la movida tropical acunaba. No era rubia, no meneaba un cuerpo voluptuoso. Gilda no era fragmento del canon, así que creó uno nuevo, sin tintura ni cirugía, y fue arte y parte de la música tropical sin dejar de ser Miriam. Nunca sabremos cuánto debe de haber sufrido. Un lugar sin límites donde las batallas no alcanzan para extinguir la guerra.

GILDA CON PAÑUELO VERDE

Veinticinco años después de su muerte, la dueña del cuerpo propio replica anatomías y saberes, será tal vez por eso que no sorprende haberla visto con pañuelo verde en remeras, en tatuajes, en banderas de sábana y en dibujos de carpetas escolares. La muerte alarga la vida. La transformación valiente que eligió Gilda cruza el aire de tiempo que se junta a la memoria y que la evocación feminista no pierde. Gilda es musa, santa, una capa, estampita pagana de religiosidad rockera, mito y la ola de una marea que desconoce el estado de interrupción. La muerte alarga la vida. Gilda, autora de la canción “Como marea”, es además génesis de otra canción: “La marea feminista”, estrenada por el colectivo NiUnaMenos en la calle un 8M: “Cómo libera la marea feminista, cómo libera la marea antimachista, cómo libera la marea del deseo, cómo libera la marea NiUnaMenos”, un estreno que había unido entre otrxs a Cecilia Palmeiro, Fernanda Laguna, Carolina Stegmayer, Natalia Oreiro y Fabricio Cagnin, hijo y heredero de Gilda. Las chicas lo idearon, Natalia lo cantó y Fabricio cedió los derechos. “Accedió de inmediato –le contaron a Página /12–, diciendo que hiciéramos lo que quisiéramos con la canción, que era para él un orgullo que su mamá pudiera ser parte de la lucha” (Stegmayer). “La marea libera la propiedad privada sobre el lenguaje y sobre el arte (…) un sujeto colectivo (…) un amor global, Gilda revive en la marea” (Palmeiro).

No son muchos los videos donde podemos verla cantar, la reconstrucción imaginaria se recrea en el deseo que su voz inventa, pero hay uno que deslumbra y eterniza cualquier ausencia de imagen, es un video de 1995 en el que se la ve cantando en el patio de la Unidad Penal N° 9 de La Plata, al que llegó con sus músicos en un colectivo de color amarillo. En un escenario improvisado, Gilda con una minifalda celeste, un chaleco del mismo color y botas blancas deslumbra en un recital glorioso que destruye cualquier intento de análisis desapacible. Gilda canta, baila y arenga; los presos aplauden, hacen el pogo que la situación permite y algunos hasta se suben al escenario para bailar junto a ella. En ningún momento la vemos perder la delicia de su yo caudaloso ni el control de la escena. Gilda estira el brazo cuando uno de ellos está por subir, dirige el cuadro musical y, con naturalidad de coreógrafa, hasta le marca el lugar en el escenario a uno de los presos bailarines. Una maestra.

Dicen que después del show hubo almuerzo y que Gilda fue una más en esa mesa, dicen también que cuando murió llevaba con ella muchas de las cartas que recibía a diario de aquellos presos de La Plata. Cantar con Gilda es abrir un diario íntimo hecho biblia, un manual de astrología, es un sabroso batido –trago– de voces amigas y es orientar el timón del barco ebrio que descendió a los impasibles ríos rimbaudianos. Si el amor lastima, hay una canción de Gilda que ayuda a cicatrizar rápido: “Ay, corazón herido, no llores más/ Ay, corazón herido, vuelve a empezar”; si un hombre nos harta, hay otra: “Basta, hombre, ya me tienes cansada/ Duerme afuera, arriba de un árbol, donde quieras/ Pero aquí no duermes nunca más, te lo he dicho/ ¡No, te dije que no, no y no!”, y si no hay que arrepentirse de un amor no nos arrepentimos aunque nos cueste el corazón.

“Yo por ti volveré”, cantan las chicas perfeccionando esa despedida de vapor en el espejo que hizo Gilda para descartar cualquier día sin arista de cita donde las opciones no son réplica de remembranzas. Nadie bueno se marcha del todo cuando hay que quedarse, y menos Gilda.

Escrito por
Marisa Avigliano
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