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MORIR COMO UNA RATA

En las tierras de Manuel Puig, un viejo vecino
de su infancia terminó sin vida por consumir veneno no tan accidentalmente.

Es posible que, el 22 de julio de 1990, don Virginio Juan Battistino sintiera un ramalazo de tristeza al saber –por un flash de Nuevediario– de la muerte, en la ciudad mexicana de Cuernavaca, del escritor Manuel Puig. La mala nueva lo sorprendió en su hogar de General Villegas, una localidad bonaerense situada a 450 kilómetros de la Capital Federal.

Entre tales paredes había transcurrido la infancia de ese ya sexagenario empleado del ferrocarril que aún seguía soltero. Dicho detalle inmobiliario no era ajeno a su pesadumbre: Puig, dos años menor que él, se había criado en la propiedad contigua. Allí, en la parte delantera, estaba la fraccionadora de vino que atendía su padre, Baldomero Puig.

Lo cierto es que Virginio conservaba de ese niño recuerdos difusos, no más que algunas postales borrosas: las caminatas compartidas hacia la escuela y ciertas tardes en el Cine Español, el único del pueblo, al cual Manuel solía ir no menos de cuatro veces por semana. Nada más.

Claro que Virginio no suponía que el autor de Boquitas pintadas había dejado de existir un lustro antes de su propio final. Una historia escabrosa que, seguramente, a Puig le hubiera encantado escribir.

DELICIAS DE LA VIDA CONYUGAL

Al promediar el otoño de 1995, Gladys Leal había llegado a General Villegas desde Junín en busca de mejores horizontes. Tenía 25 años y dos hijas de corta edad. Primero se alojó en la casa de su hermana, Ana María. Luego, a través de ella, conoció a Battistino, ya jubilado, quien le alquiló una habitación.

El tipo se deslumbro por ella, y no tardó en proponerle matrimonio. La joven le dio el sí. La boda se celebró unos días después.

Desde luego, fue la comidilla del pueblo e inspiró un variado repertorio de comentarios. Los más filosos provenían de la familia del novio, que no veía con buenos ojos a la mujer. Al punto de que los hermanos del hombre, Haydeé y Nelson Battistino, ni siquiera asistieron a la celebración. Ellos suponían que el encandilamiento de la muchacha hacia Virginio no se debía precisamente a su glamour sino a una motivación económica.

La familia Leal tampoco bendijo esa unión. Ana María sabía realmente los fines que perseguía la ambiciosa esposa. Y que tenía un amante: Ricardo Galdona, un jornalero de la zona.

Los acontecimientos se precipitaron 36 días después.

Corría la noche del 2 de junio. Ella preparó la cena: carne con papas y, para beber, una jarra con jugo de naranja. Pero antes de sacar la comida del horno, dejó a las nenas en lo de Ana María. Regresó para atender al esposo y volvió a salir; ahora para ir con Galdona a una bailanta. Y durmió con él.

A la mañana siguiente, al ingresar en el domicilio conyugal, se topó con un cuadro escalofriante: Virginio, a quien evidentemente la cena le había caído mal, yacía tieso en la cocina, tenía los ojos desorbitados y una nube de espuma le asomaba por la boca.

Gladys llamó a un médico. Y dijo:

–Doctor, mi marido está como descompuesto.

Semejante inexactitud fue piadosamente remediada por el médico Juan Rodríguez, ya que esa muerte no le causó sospechas. De hecho, la atribuyó a un paro cardíaco, tal como lo asentaría en el certificado de defunción.

Pero sus hermanos empezaron a desconfiar. Un estado de sospecha que se extendió hacia los vecinos del finado. En parte, porque Gladys comenzó a descuidar su rol de viuda desconsolada al iniciar apuradamente los trámites de la sucesión. Y no con menos rapidez, comenzó a convivir en la casa de la tragedia nada menos que con su amante.

De manera que las dudas de esa extraña muerte fueron creciendo en el seno de la familia Battistino. Fue entonces cuando nació la idea de solicitar una autopsia. El fiscal de Trenque Lauquen, Natalio Mútolo, se hizo cargo de la investigación. Una pesquisa en la cual la declaración de la hermana Ana María fue clave para llegar a la verdad.

En el expediente quedaron asentados sus dichos: “Gladys me dijo que el pobre hombre tenía tos. Y que le habían recetado un remedio. Y que ella lo diluyó en un vaso con jugo. Incluso aseguró que, al revolver la medicina en el líquido, hubo una efervescencia como si fuera soda. En ese momento le dijo al marido: ‘Te lo tenés que tomar; es fuerte, pero te lo tenés que tomar’. Y él se lo tomó sentado en la mesa. Después, ella cerró la puerta con llave y se fue con las nenas a mi casa. Al rato volvió a la suya para ver al esposo a través de una ventana. Estaba ya en el piso de la cocina; tenía convulsiones. Ella, al final, fue al baile. Al terminar el entierro supe por ella que no le había dado precisamente un remedio”.

La autopsia fue realizada por el forense Juan Rouaux, quien le anticipó al fiscal sus conclusiones con las siguientes palabras:


–El tipo murió como una rata.

En su informe supo consignar que Battistino falleció por una ingesta de estricnina; nada menos que diez gramos. Un récord, puesto que se trataba de la mayor dosis de envenenamiento en la historia policial argentina.

Gladys fue detenida unos días después.

EL CORAZÓN DELATOR

Según los investigadores, ella había ideado un frío plan para acabar con la vida del esposo. Pero se trataba de una asesina algo impulsiva. De otro modo no se explica que haya dejado tantos rastros de su autoría.

Primero, había pedido la estricnina a un pariente que era peón en un campo. Ante la negativa de este, acudió a una farmacia. En el cuaderno de registro, ella estampó con su puño y letra un nombre de fantasía: “Susana Traverso”, tal vez en homenaje a la vedette. Pero también tenía un plan B para ver muerto a Battistino: encargar el crimen a un tercero; entonces no dudó en ofrecerle sexo y dinero a un albañil del pueblo para que este se encargara de liquidar al marido. El broche de oro en su inexplicable campaña para levantar sospechas fue haber vendido las alianzas matrimoniales al día siguiente del crimen.

A fines de 1997 fue juzgada por un tribunal oral de Trenque Lauquen. El 28 de septiembre, uno de los jueces le ofreció decir sus últimas palabras de su descargo, antes de ser leída la sentencia.

Entonces, Gladys Leal dijo:

–No sé lo que pasó. Pero nos cortaron lo que teníamos con Virginio. Quiero decir que cortaron todos nuestros proyectos. Porque fue muy poquito el tiempo que viví con él.

Minutos después fue declarada culpable de “homicidio agravado por el vínculo” y con “uso de veneno”. La sentencia fue a reclusión perpetua.

Desde entonces está alojada en el penal de Bahía Blanca.

Escrito por
Ricardo Ragendorfer
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